Matías
Una semana antes
—Bueno, colega, ¿estás listo para esto? No sé si te has vuelto un blando viviendo en Estados Unidos o si todavía puedes con nosotros.
—Hablas mucho para ser alguien que se pasa el día cambiando pañales y durmiéndose a las siete de la tarde en la cama de sus hijos, rodeado de peluches. Además, ¿no he estado a la altura estos últimos días? Creo recordar que fui el que menos se asustó al bucear de noche en la más absoluta oscuridad.
Claro que a ella no le habría gustado lo que estaban a punto de hacer, no solo porque se mareaba en los barcos, sino porque Diego iba a conducir, y eso significaba velocidad, velocidad y más velocidad. No importaría adónde fueran ni qué vieran, siempre y cuando fueran más rápido que los demás.
Llegaron al embarcadero donde estaba su lancha y Carlos, que tiraba de la nevera detrás de ellos, soltó un silbido de admiración.
—¡Sí, esto va a ir de lujo! —exclamó Diego mientras se frotaba las manos. Fue el primero en embarcar de un salto y se dirigió de inmediato a los mandos para acariciar el volante de cuero y la palanca de cambios como si nunca hubiera visto nada tan hermoso en su vida.
—Cuidado —dijo Facu— o tu mujer se pondrá celosa.
—No necesita enterarse de lo que pasa durante nuestros viajes de chicos —replicó Diego, y todos se echaron a reír porque, en primer lugar, todo el mundo sabía lo mucho que le gustaba a Diego la velocidad (era capaz de recitar de memoria la velocidad máxima de todos los aviones, trenes y automóviles que alguna vez habían pasado por delante de sus ojos) y, en segundo lugar, Matías y sus amigos eran tan fieles a sus parejas que nunca tendrían nada que ocultar sobre un viaje de chicos.
A ninguno de ellos se le ocurriría ser infiel.
Carlos, Leo, Facu y él también subieron a la lancha.
Matías guardó su mochila en un compartimento para que no se mojara, pero la nevera de Carlos no cabía en ninguno de los compartimentos, así que la colocó en un rincón junto a sus piernas.
De todos modos, daría igual si la nevera se mojaba con un poco de agua salada.
—¿Listos, chicos? —preguntó Diego mientras empujaba la palanca hacia delante. El motor rugió y abandonaron el puerto deportivo, primero despacio y luego acelerando al adentrarse en mar abierto.
El viento le azotaba el pelo a Matías, que respiró hondo y dejó que el cálido aire salino le llenara los pulmones.
A su lado, el sombrero de Leo salió volando hasta el agua y Facu (guiado por su lealtad instintiva) se lanzó a por él.
Leo lo agarró por la cintura y Facu se quedó paralizado, atónito por un momento al darse cuenta de que estaba a punto de saltar al agua, hasta que Leo lo tiró hacia atrás sobre el banco y le dijo:
— Gracias, bombón, pero solo es un sombrero.
—Te compraré otro en cuanto volvamos a tierra —dijo Facu.
—Ya lo sé —replicó Leo antes de besarlo.
Matías suspiró con melancolía. Eso mismo era lo que quería con Claire. Solo tenía que convencerla de que aceptara pasar el resto de la vida con él.
Al timón, Diego gritó de alegría mientras aceleraba el motor casi al máximo.
Carlos gritó algo, pero el viento se tragó sus palabras.
Matías se acomodó en el asiento y les sonrió a sus amigos.
Habían crecido juntos y tenían una relación muy estrecha, y los echaba de menos.
Le encantaba su vida en Nueva York, pero esos chicos siempre estarían en su corazón, y se alegraba mucho de volver a estar con ellos.
Volaron a lo largo de la costa, dirigiéndose hacia el sur desde Valencia en dirección a Alicante.
El plan era disfrutar de la velocidad sobre el agua durante un rato, yendo a donde el corazón amante de la velocidad de Diego quisiera, y luego echar el ancla cerca de una de las muchas calas apartadas para nadar, bucear, comer y beber algo.
Sin embargo, media hora después de iniciar el viaje, Diego vio una boya roja y blanca que se balanceaba a unos tres kilómetros de distancia.
—¿Cuánto tiempo creéis que puedo tardar en llevaros hasta allí?
— ¡Hombre, no! —gritó Matías por encima del ruido del viento.
Sin embargo, Diego se limitó a sonreír y empujó la palanca hacia delante.
La lancha, que ya iba a toda velocidad, salió disparada como una bala sobre el agua, tan rápido que todo se volvió borroso alrededor de Matías.
Se agarró al borde de su asiento mientras el agua salada golpeaba su cara como miles de pequeñas agujas.
La parte inferior de la embarcación rebotaba con violencia cada vez que golpeaba la cresta de una ola.
Matías intentó leer el velocímetro, pero el rugido del viento y el agua que le escocía en los ojos le impedían ver con detalle y solo pudo confirmar que Diego estaba a punto de alcanzar la velocidad máxima.
Quizá no les habría pasado nada si lo hubieran tenido todo despejado por delante.
Sin embargo, Carlos se levantó.
—¡Cuidado! —Señaló hacia un grupo de delfines que se cruzaban con ellos en el agua.
—¡Mierda! —gritó Diego antes de dar un volantazo.
A la velocidad a la que iban, el repentino cambio de dirección hizo que se soltase la nevera de Carlos, que salió despedida hacia la cabeza de Diego.
A partir de ese momento, fue como si todo pasara a cámara lenta.
Matías gritó, y el sonido le llenó los oídos como un timbal, cuando la nevera golpeó a Diego, dejándolo inconsciente en el suelo de la lancha.
Carlos, que era quien estaba más cerca de los mandos, se lanzó a por el timón y lo agarró, pero ya era demasiado tarde.
La caída de Diego había hecho que se desviaran todavía más de su rumbo, y la lancha salió por los aires.
Se precipitaron hacia la boya, girando a toda velocidad.
El metal rojo y blanco, que parecía tan pequeño e inofensivo desde la distancia, se alzaba sobre ellos en ese momento. También poseía una robustez implacable, ya que estaba hecho para soportar turbulentas tormentas, la corrosión de la sal y años y años de estar anclado al fondo del duro mar.
Mientras la lancha quedaba casi boca abajo y seguía acercándose a la boya, el cliché que tanto había oído Matías se convirtió en realidad.
Las partes más importantes de su vida pasaron por delante de sus ojos, un montaje final de sus grandes éxitos antes de que Dios acudiera para llevarse su alma al cielo.
Las sonrisas cálidas y los abrazos de su madre, su padre y la abuelita Gloria.
Araceli en su primer día de colegio, cuando la llevó de la mano mientras caminaban juntos.
Acunando a Luis de bebé, con solo unas horas de vida.
Y Claire: desde que la vio por primera vez en la Galería Rose hasta la sensación de tenerla entre los brazos cuando la tumbó en el suelo enmoquetado de la biblioteca del bufete.
Su forma de entrar por las mañanas en la cocina, parpadeando y con los ojos entrecerrados porque todavía no se había puesto las lentillas; y que roncara como un ratoncillo por las noches, pero que le diera demasiada vergüenza admitirlo siquiera.
La costumbre de hacer un mohín con la nariz o de morderse el labio cuando se topaba con un problema legal complicado. Su forma de acurrucarse por las noches en su regazo y apoyarle la cabeza en el hueco del cuello.
La certeza de no haberse sentido nunca tan seguro, tan centrado y tan sólido como cuando estaba con Claire.
Y el anillo en forma de sol, con el diamante y los topacios, que la esperaba. Que los esperaba a ambos. Que esperaba un futuro que quizá ya nunca tendrían.
En el último momento antes de que la lancha chocara con la boya, Matías vio el rostro de Claire rodeado por la luz del sol que se reflejaba en la superficie del agua.
«Te quiero —pensó—. Te querré siempre».
Y, luego, la lancha chocó con la boya a ciento ochenta kilómetros por hora, y todo se volvió negro.