Un año atrás en España Claire
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Claire

—Señora, esto es demasiado.

—¡Quédeselo! —le gritó mientras corría hacia la entrada del edificio.

Sin embargo, cuando llegó allí, se estrelló contra la puerta de cristal.

¿Qué? ¿Por qué no se abría?

Buscó un tirador por todas partes, pero no, eran puertas correderas, unas puertas en las que nunca se había fijado en visitas anteriores porque se abrían nada más acercarse.

Intentó leer las palabras grabadas en el cristal. Había un horario (de 8:00 a 20:00), que coincidía con el horario de visitas. Pero no entendió el resto, así que sacó el móvil para escanearlo con la app de traducción.

Para emergencias fuera del horario de atención, diríjase por favor a Urgencias →

Corrió hacia ese sector.

Allí había un guardia de seguridad en la entrada.

¿Por qué había un guardia? En la entrada principal, nunca había visto a un guardia. ¿Se debía a que era plena noche?

— Buenas noches. ¿Necesita ayuda, señora? —Claire entendió lo que le decía.

— Sí —contestó ella—. Quiero… —Tuvo que pensar cada palabra para decir algo coherente en español, y eso le costaba horrores, porque lo único que oía en su cabeza en ese preciso instante era: «Por favor, Matías, tienes que estar bien, por favor, tienes que estar bien, por favor, tienes que estar bien»—.

Quiero visitar a mi novio —dijo al final en español.

— Lo siento, pero ahora no se puede. —El hombre meneó la cabeza—. Puede volver a las ocho. —Se señaló el reloj y luego levantó ocho dedos.

—¿A las ocho en punto? Eso es dentro de seis horas y media, ¡no puedo esperar hasta entonces! —Claire intentó ver detrás del guardia con la esperanza de llamar la atención de la mujer que estaba sentada en el mostrador de admisión—. Esto… es importante. Ya… ¡ahora!

El guardia cambió de postura para bloquearle la visión de la sala de urgencias y cruzó los brazos por delante del pecho.

— Señora, no.

—Pero ¡es una emergencia!

— ¿Tiene una emergencia? —La señaló. Eso también lo entendió.

«Sí —quería decir—. El alma de mi novio está intentando regresar a su cuerpo comatoso y necesito entrar para saber si lo ha conseguido o…».

— Mi novio está… —Sin embargo, Claire no sabía cómo explicar nada de eso en español ni tampoco quería usar el teléfono para traducirlo, porque tampoco tendría sentido, ¿verdad?

Soledad y Araceli habían reaccionado a su revelación sobre el alma de Matías como lo haría cualquier persona en su sano juicio.

¿Por qué no iba a hacer lo mismo ese guardia?

Se dio cuenta de que parte del trabajo del hombre consistía en mantener a personas histéricas como ella lejos de los pacientes que sí necesitaban cuidados.

Estaba claro que no iba a poder entrar en el hospital a través de aquel sector.

—Mmm…, muy bien. Gracias —dijo Claire, que retrocedió.

El guardia de seguridad la miró con recelo.

Así que levantó ocho dedos.

— A las ocho. Volveré a las ocho.

Seguro que había otra manera de entrar. Aunque las visitas solo podían estar en el hospital doce horas a lo largo del día, el hospital en sí funcionaba las veinticuatro horas. Tenían pacientes a los que cuidar, alimentar y vestir.

«Tiene que haber una entrada trasera para la comida y la lavandería», pensó.

El muelle de carga que había en la parte trasera del hospital era un hervidero de actividad.

Tal como sucedía en muchos ámbitos, la madrugada era el mejor momento para hacer las entregas, porque era cuando menos interfería con la actividad diurna.

Había un enorme camión frigorífico del que estaban descargando cajas llenas de paquetes de leche y de verduras, y un camión de la lavandería estaba aparcado marcha atrás en otro muelle.

Aprovechó todo el ajetreo del trabajo para hacerse con un camisón de paciente de un burro lleno de ropa limpia y entró corriendo por la puerta de la lavandería.

Una vez dentro, se agazapó entre dos enormes contenedores de ropa sucia (tapándose la nariz, porque los camisones de hospital estaban sucios de cosas que no tenían que ver con la ropa normal), y se apresuró a ponerse el camisón limpio.

Se metió el bolso por la cinturilla de los pantalones, pegado al cuerpo.

Una paciente real no andaría dando vueltas con un bolso.

Pero el suyo era lo bastante pequeño como para que, si se encorvaba y dejaba que la tela le colgara por delante, pareciera una barriga abultada.

Vestida «adecuadamente» para estar dentro del hospital, empezó a zigzaguear entre los contenedores en dirección a una puerta de doble hoja que parecía conducir a los pasillos del hospital.

Estuvieron a punto de descubrirla en dos ocasiones, pero se escondió detrás de unas estanterías y unas papeleras.

Al final, consiguió atravesar la puerta de doble hoja.

Salió de ese pasillo en cuanto pudo y buscó un ascensor que la llevó a la tercera planta, aunque estaba en el otro extremo del edificio en el que se encontraba el ala de Matías.

Estaba a medio camino cuando un enfermero salió de una de las alas y la miró con el ceño fruncido.

— ¿No debería estar en su cama?

Claire no tenía ni idea de lo que había dicho el enfermero, pero ya había preparado una historia mientras se escabullía por el hospital.

— Ejercicio — replicó. Había visto lo mucho que las enfermeras del ala de Matías animaban a los pacientes que se ponían a pasear por la planta para hacer un poco de ejercicio durante su estancia en el hospital.

Las enfermeras les sonreían a los pacientes que deambulaban despacio, porque comprendían lo mucho que les costaba moverse y que sería mucho más fácil quedarse en la cama.

— Es un poco tarde —le dijo el enfermero. Eso sí que lo entendió.

— Un poco más —replicó. Señaló hacia el ala de Matías, al final del pasillo, para indicarle su destino.

El enfermero titubeó mientras se lo pensaba.

— Vale —accedió antes de hacerle un gesto para que continuara.

Porque ¿qué podía hacer si ya iba de vuelta al lugar que le correspondía? ¿Impedirle que siguiera andando para ir a buscar una silla de ruedas? Eso iría en contra del objetivo de las enfermeras de animar a los pacientes a moverse por sí solos cuando fuera posible.

— Gracias —dijo Claire—. Buenas noches.

Una vez en el ala de Matías, Claire se agachó para que las enfermeras no la vieran desde detrás del mostrador situado en mitad de la sala.

No podría usar lo de «paciente dando un paseo» con ellas porque o la reconocerían de sus visitas, o no la reconocerían pero sabrían que no era una de las pacientes a su cargo.

Se quitó los zapatos y avanzó con los calcetines, dejando atrás diez habitaciones antes de llegar a la de Matías.

Sin embargo, una vez allí, titubeó. El corazón le latía contra las costillas y le temblaba todo el cuerpo mientras seguía agazapada sobre el suelo de linóleo.

«Por favor, que estés bien, Matías. Por favor, por favor, por favor, que estés despierto y sonriendo…».

No quería abrir la puerta.

Pero tenía que hacerlo.

Tomó una trémula bocanada de aire, giró el pomo y entró sin hacer ruido.

—No…

Matías tenía la piel gris y flácida, y los ojos hundidos.

Había perdido muchísimo peso, y tenía el torso hueco y le resaltaba mucho las clavículas, sin parecido alguno con el hombre atlético con quien acababa de hacer el amor.

Incluso los pitidos de las máquinas parecían más resignados que la última vez que ella estuvo allí.

—¡Ay, Matías! —Se acercó a la cama de puntillas—. Lo siento. —Le apartó un mechón de pelo apelmazado de la frente. Le recorrió con los dedos el mentón, que a esas alturas tenía una barba áspera y larga.

Deseó poder meterse en la cama con él. En cambio, le apoyó una mejilla en uno de los pocos huecos de su torso que no estaba cubierto de vendajes o de electrodos.

—Lo siento mucho, muchísimo.

—¿Por qué?

Se apartó de un salto.

—¿Por qué… lo… sientes? —le preguntó él con voz ronca.

Claire soltó un gritito ahogado, porque Matías acababa de entreabrir los ojos. Lo justo para que pudiera ver su brillo dorado.

—¡Matías! —Se abalanzó sobre él.

—¡Aaay…! Con cuidado, churri. —Habló despacio porque tenía la mandíbula rota sujeta con un alambre.

—¡Por Dios, lo siento, lo siento! —Se apartó de inmediato.

—Por favor…, deja… de… decir que… lo sientes —replicó él, aunque con una mueca por el dolor que ella acababa de provocarle.

Claire no podía dejar de llorar.

—Estás despierto.

Matías tosió, así que corrió a su lado.

—¿Necesitas agua? ¿O quieres que te ponga una almohada detrás de la cabeza?

Él hizo una mueca de dolor y se tocó las costillas.

—No…, estoy bien. Mejor que bien. Gracias a ti.

Las máquinas pitaban de fondo, pero los latidos del corazón eran ya más regulares. La cánula de oxígeno silbaba, y Matías le pidió que se la quitara de la cabeza.

Claire seguía llorando y las lágrimas caían al suelo.

—Has vuelto —dijo—. Estás aquí. Estás…

—Vivo —terminó él.

—Vivo —repitió ella.

Matías intentó sonreír, pero el alambre de la mandíbula apenas le permitió mover los labios. De todas formas, fue suficiente.

—Ven aquí, churri .

Ella se apoyó en la barandilla de plástico de la cama y le tomó la mano.

—Creía que te iba a perder.

—Nunca —replicó Matías en voz baja, todavía ronca por la falta de uso—.

Has estado apoyándome incluso cuando estaba perdido y no sabía quién eras.

Y, gracias a eso, tenía algo a lo que aferrarme: cada palabra, cada mirada, cada vez que casi nos tocábamos.

Dejaste que recordara poco a poco quién era y me ayudaste a volver.

Y…, aunque ahora me duele todo, mejoraré.

Lo sé con tanta certeza como que te quiero.

Las lágrimas de Claire cayeron sobre el torso desnudo de Matías antes de empaparle el camisón.

—Matías, antes de que te fueras de Nueva York…

—No importa.

—Sí que importa. Encontré el anillo y sabía que ibas a pedirme que me casara contigo si te acompañaba. Fue un alivio enorme tener una excusa preparada para cancelar los planes. Es que… creía que éramos demasiado diferentes.

—Sí, pero…

—Por favor, déjame terminar.

—Perdona. —Matías le acarició la mano.

Claire tomó una honda bocanada de aire.

—Pero, después de todo lo que ha pasado desde entonces, ahora lo entiendo.

Somos perfectos el uno para el otro precisamente porque somos diferentes.

Me obligas a pensar de formas nuevas y a intentar cosas que ni se me habrían pasado por la cabeza de estar sola.

Yo soy el ojo de tu huracán, donde todo es predecible y ordenado, para que puedas girar alrededor todo el tiempo que necesites, pero teniendo un hogar al que volver.

—Tú eres la otra mitad de mi naranja —dijo Matías.

—¿Qué? —Claire se echó a reír, aunque seguía llorando.

—Es algo que se dice en España: mi media naranja. En inglés, dices que alguien es tu mejor mitad. Pero en español…

—Somos mitades de la misma naranja. —Claire sonrió.

La puerta se abrió de golpe y ella se lanzó sobre Matías para protegerlo.

Sin embargo, era la abuela Gloria, que entraba sigilosamente con su andador, seguida de Soledad y de Armando primero y, luego, de Luis y de Araceli, que estaban despachando a la enfermera nocturna que intentaba decirles que el horario de visitas había terminado.

Claire se preguntó si también se habían colado por la entrada de la lavandería, pero enseguida recordó que Soledad era capaz de saltarse cualquier norma cuando se trataba de su hijo enfermo.

—¡Mati! —sollozó Soledad. Claire retrocedió un paso cuando vio que se adelantaba para abrazarlo.

—¡Ay, Matías! ¡Te has despertado! —Araceli se tapó la boca y se echó a llorar.

Armando y Luis también se acercaron, incapaces de hablar, con los ojos enrojecidos.

— Os dije que ella lo iba a lograr —dijo la abuela Gloria. Fue la primera de la familia en darse cuenta de que Claire estaba allí. Aunque eso no era un problema. Matías acababa de despertar del coma. Por supuesto que debían concentrar en él toda su atención.

Sin embargo, lo que fuera que les había dicho la abuela Gloria hizo que todos miraran a Claire al mismo tiempo.

Soledad se secó las lágrimas de la cara, aunque seguían brotando más para sustituirlas.

— Claire, lo siento, lo sentimos mucho. Te hemos tratado mal. Perdimos la fe. Rezamos por un milagro y, cuando llegó, no lo creímos. Gracias por salvar a mi hijo. —Rompió a llorar, y Claire la imitó.

Araceli rodeó la cama y abrazó a Claire, pegándola a ella con uno de sus largos y suaves abrazos.

—Lo siento, Claire. Espero que puedas perdonarme algún día.

—No hay nada que perdonar —le aseguró ella contra su hombro—. Estabas protegiendo a Matías porque lo quieres. Tiene suerte de contar con una familia tan llena de amor.

—A veces, nuestro amor también es asfixiante —dijo Araceli con sorna. La estrechó durante un momento más antes de soltarla—. Pero se aprende a vivir con él. ¿Verdad, Matías?

—Nunca tuve otra opción —respondió él, y eso disipó el último rastro de tristeza que quedaba en la habitación, porque todos se echaron a reír, en parte por alivio, en parte por felicidad y en parte por un agotamiento casi delirante.

Sin embargo, a Claire todavía le quedaba algo por hacer.

En la mesita de noche, había un rollo de esparadrapo azul que las enfermeras habían estado utilizando para fijar los tubos de la vía a la piel de Matías. Claire extendió un brazo para hacerse con él.

Cortó unos centímetros de esparadrapo y lo dobló varias veces a lo largo, de modo que quedó una tira larga y fina. Acto seguido, enrolló dicha tira para formar un círculo cuyos extremos pegó con otro trocito de esparadrapo.

—Me alegro de que estéis aquí para participar en lo que viene —le dijo Claire a la familia de Matías, que le cedió el espacio junto a su cama de forma instintiva.

—¿Qué haces? —le preguntó Matías.

— Algo muy importante — contestó en español—.

Matías —siguió al tiempo que hincaba una rodilla en el suelo de linóleo y levantaba el anillo hecho con esparadrapo azul—, he vivido casi toda mi vida sin ti, pero no estaba viviendo de verdad hasta que te conocí.

Eres el caos para mi orden; el color para mi blanco y negro.

Estos últimos ocho años han sido los peores de mi vida, pero también han sido algunos de los mejores porque ya te veo con claridad y veo lo que somos juntos.

Soy mejor cuando estoy contigo y me gusta creer que, quizá, tú también seas mejor cuando estás conmigo.

Matías asintió con la cabeza y con los ojos brillantes por las lágrimas.

—En fin, que sé que me lo ibas a pedir —añadió ella—, pero voy a hacerlo yo primero porque, asumámoslo, me gusta estar al mando.

Matías se echó a reír.

—Matías de León, mi media naranja , ¿quieres casarte conmigo?

Una lágrima resbaló por la mejilla de Matías.

—Sí —contestó él—. Sin dudarlo, sí. Mi cuerpo y mi alma, todo, te pertenece, Claire.

Ella le tomó la mano izquierda y le deslizó el anillo azul en el dedo anular. Acto seguido, le dio la vuelta a su mano y le besó la palma.

—Si alguna vez volvemos a separarnos, Matías, presiona los labios contra la palma e imagina que tu beso se encuentra con el mío… Y estaré justo ahí contigo.