Un año atrás en España Gloria
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Gloria

Había salido del hospital poco después de que Claire se fuera.

La familia la mimaba mucho, pero en esa ocasión estaban demasiado ocupados echando a Vega de la habitación de Matías como para darse cuenta de que ella se había ido sin que la vieran.

Seguro que, a esas alturas, estarían frenéticos, pero se limitó a reírse al pensarlo.

Aunque su cuerpo de noventa y dos años era lento y crujía mucho, su mente seguía tan aguda como siempre.

Mientras pudiera sentarse, como en el taxi de camino hasta el hotel o en ese momento, en ese lujoso sillón, estaría estupendamente.

Además, no le quedó más remedio que irse del hospital sin que se dieran cuenta, porque si Soledad o Araceli hubieran sabido que iba al hotel, seguramente habrían intentado detenerla.

Los De León tenían fama de ser muy rencorosos si alguien les hacía daño a uno de los suyos, y Claire acababa de unirse a Vega en su lista de enemigos.

Sin embargo, sonrió para tranquilizarla.

Era muy joven, una abogada prestigiosa, sí, pero demasiado joven todavía.

Sabía que había que permitirles a los jóvenes cometer sus propios errores en la mayoría de los casos.

En otras ocasiones, como en ese momento, solo quería ayudar.

Quería estrechar a Claire entre sus brazos y decirle que todo acabaría bien.

Claro que ¿cómo iba a hacerlo, cuando era posible que acabara mal?

—Gracias por bajar a verme —dijo despacio, recitando la frase en inglés que había buscado en su teléfono durante el trayecto en taxi.

Una chispa de titubeante esperanza apareció en las comisuras de los labios de Claire.

—Hola, abuela Gloria.

—Yo… perdón. Mi inglés muy malo. —Ojalá fuera mejor, pero no podía cambiar la historia.

La enseñanza de idiomas extranjeros era inexistente durante su infancia, en plena guerra civil española, y después Franco se convirtió en dictador y declaró el español como única lengua del país.

Todos los demás idiomas fueron prohibidos o fuertemente «desaconsejados».

Claire le restó importancia a sus palabras con un gesto de la mano mientras se sentaba en el sillón contiguo.

— No pasa nada. Yo estoy … No, yo soy una mala estudiante de español.

Gloria agradeció el intento de Claire de hablar español. Era un poco mejor que su inglés, pero igual de sincero.

Claire se sacó el móvil del bolsillo, tocó la pantalla y luego dijo algo muy rápido en inglés.

—Esto es un programa de traducción —le informó una voz robótica a Gloria en español.

— Dios mío, qué útil —replicó ella.

La voz femenina y robótica tradujo con claridad sus palabras a un inglés reconocible, porque Claire asintió con la cabeza. Sin duda, eso iba a ser muy útil.

—Pues muy bien —siguió con una sonrisa, y el teléfono tradujo de forma automática sus palabras a algo que Claire pudiera entender—. Supongo que te gustaría saber por qué he venido.

—Siento curiosidad, sí —replicó Claire a través del teléfono—. Sobre todo por lo que el resto de la familia opina de mí ahora mismo.

—No deberían proyectar sobre ti su experiencia con Vega.

Claire suspiró.

—No creo que sea eso… No he estado en el hospital todo el tiempo que les gustaría.

—¿Desde que se abren las puertas hasta que te echan las enfermeras? —preguntó Gloria, que resopló con sorna—. La silla que Soledad marcó como tuya es un regalo y una cárcel a la vez.

Claire entreabrió los labios por la sorpresa.

Seguramente no se había dado cuenta de que ella la había estado observando siempre que habían estado juntas en la habitación de Matías.

Pero tenía claro lo mucho que Claire quería a su nieto y que deseaba ayudarlo, y al mismo tiempo lo atrapada que estaba la pobrecilla bajo el magnánimo, aunque aplastante, peso del amor que Soledad le profesaba a su hijo.

—Mmm, pero la familia tiene buenas intenciones —dijo Claire, después de recuperar la compostura—. Entiendo que estén enfadados. Pero tengo un buen motivo para no estar allí.

Gloria asintió con un gesto solemne de la cabeza.

—Lo sé. Y por eso he venido al hotel. Por favor, háblame de Matías.

Claire soltó una carcajada breve y seca.

—Dudo mucho que me creas. Intenté explicárselo a Soledad y a Araceli, y ellas tampoco me creyeron.

Pero, claro, ¿por qué iban a hacerlo cuando a mí también me parece una locura?

Lo normal es que yo sea la persona más lógica y racional en cualquier circunstancia, y yo tampoco me creería. —Se encorvó en el asiento.

Gloria se había pasado tiempo de sobra observándola durante la última semana como para saber que no era una mujer que se doblegara con facilidad.

La novia de Matías era una luchadora. Se había visto atrapada en una situación espantosa, casi inimaginable, en un país extranjero, rodeada por la enorme y cariñosa, aunque a veces abrumadora, familia De León y no había tirado la toalla.

Intentó acompañar a Matías al tiempo que trataba de compaginarlo con su exigente trabajo, y si lo que Soledad había dicho en el hospital era cierto, la chica también lo había estado dando todo por Matías lejos de la mirada de la familia.

—Cuéntamelo —le pidió Gloria en voz baja—.

No te juzgaré. —Extendió un brazo y le dio unas palmaditas a Claire en la mano, consciente de pronto del contraste entre esa piel lustrosa y joven y la suya.

¿Cuándo había envejecido tanto? Claro que ese era el precio que se pagaba por la experiencia, y se alegraba de todo lo que había tenido que vivir.

Así era cómo, al final de la vida, se encontraba la paz—.

He visto muchas cosas a lo largo de los años y me gustaría creer que eso me ha concedido cierta sabiduría.

Claire soltó un largo suspiro. Gloria se preguntó si eso era lo que hacía a diario como abogada: armarse de valor para decir la verdad, aunque le diera miedo.

—Puedes hacerlo —dijo Gloria—. Te escucho.

—Muy bien… —replicó Claire. Todavía temblaba, casi de forma imperceptible, pero su voz sonó firme—.

Pues aquí va. He visto a Matías, fuera del hospital.

Por eso no he estado junto a su cama. He estado con él en su estudio, en un espectáculo de flamenco, quedándome dormida en el parque del Retiro…

—Se mordió el labio, como si se preparase para que le echara una bronca como había hecho Soledad.

En cambio, Gloria le preguntó:

—¿Como si fuera un fantasma? —Quizá Soledad y las generaciones más jóvenes de la familia les habían dado la espalda a lo que creían que eran supersticiones anticuadas, pero ella creció en plena guerra civil y en la España de Franco. Sabía que los fantasmas existían.

—No, era su alma. Está un poco perdido y vive como si estuviera en el año pasado.

Gloria recorrió con los dedos un botón del brazo del sillón mientras pensaba en el alma de Matías, separada de su cuerpo. Típico de su nieto ponerse a vagar por ahí.

Aunque Claire había dicho que estaba perdido, así que no era la curiosidad lo que propulsaba su alma.

—Mmm —murmuró—. Eso tendría sentido si está confuso.

Claire se quedó boquiabierta.

—Un momento. ¿Crees que puedo verlo? ¿Y que de verdad es el alma de Matías?

Gloria sonrió con tristeza.

—Como te he dicho, he visto muchas cosas en noventa y dos años y, más recientemente, eso ha implicado la muerte de muchos de mis amigos.

Nunca he podido ver sus almas, pero las he sentido en el momento en el que abandonaban sus cuerpos.

Y no se lo digas a Armando, pero a veces puedo sentir la costura donde está unida mi propia alma.

Ha empezado a deshilacharse. —No era una revelación alarmante, solo una observación, como cuando uno se daba cuenta de que un abrigo muy querido estaba empezando a desgastarse en los codos.

—¡Ay, no, por favor, no digas eso, Gloria!

Ella meneó la cabeza.

—No pasa nada, cariño. Ya he disfrutado de mi tiempo en la Tierra.

—Había pasado por la guerra, sí, pero también había disfrutado de lo mejor de ser humana: enamorarse de su vecino Pedro, tener hijos y verlos crecer, y luego estar allí cuando estos se enamoraron a su vez y tuvieron sus propios hijos.

La vida siempre conllevaba algunos traumas, pero lo más importante eran las alegrías.

Y Gloria había tenido toda una vida llena de bendiciones.

Ese no era el caso de Matías. Él se merecía vivir, casarse con Claire, tener hijos y enseñarles a montar en bici, a pintar y a cocinar. Las jóvenes vidas de sus amigos se habían truncado demasiado pronto; Gloria no soportaría que su propio nieto corriera la misma suerte.

—Claire —dijo al tiempo que se inclinaba hacia delante en el sillón, aunque le costó mucho esfuerzo incorporarse en el bajo y mullido asiento—, creo que todavía se puede hacer algo. Si el alma de Matías se siente atraída por ti, tú eres la única que puede salvarlo.

Sin embargo, al oír sus palabras, Claire se hundió más en el sillón.

—O quizá no sea yo. Quizá sea Vega. Su alma cree que está viviendo hace un año, y hace un año él todavía estaba enamorado de ella.

Gloria resopló.

—El alma de Matías no ha visitado a Vega. Créeme, si lo hubiera hecho, ella estaría gritándolo a los cuatro vientos, alardeando, en vez de colarse a la desesperada en su habitación del hospital. Y te equivocas al pensar que él la quería hace un año.

Claire parecía confundida.

—Pero… ¿no estaban comprometidos para casarse?