Claire #2
Matías se levantó de la cama de un brinco y se acercó a ella con los brazos extendidos para consolarla.
—¡No me toques! —exclamó.
Él levantó las manos y retrocedió.
—No quería…
—Lo siento —se disculpó Claire, que apretó los puños y empezó a golpearse ambos lados de la cabeza—. No es por ti. Es que…
—No pasa nada —dijo Matías, que se sentó a sus pies en el suelo enmoquetado—. Estás en estado de shock . Pero aquí me tienes para ayudarte.
Claire se desplomó en la silla.
—Acaban de echarme del proyecto que estaba dirigiendo. Llevaba ocho meses trabajando en él. Se suponía que iba a ser mi gran logro, el que me convertiría en socia.
Matías frunció el ceño.
—Pero ¿no estás aquí en Madrid por trabajo? ¿Por qué te han echado?
—Estoy aquí por… otro cliente —contestó.
—Bueno, entonces no es justo. Si tienes que trabajar en otra cosa, ¿por qué te culpan por no poder ocuparte de ese proyecto?
Claire soltó una carcajada carente de humor.
—Los bufetes de abogados no son precisamente lugares humanos para trabajar, sobre todo los más importantes y de ámbito internacional, como Windsor es porque mi trabajo me consume, porque hacerlo bien es importante para mí.
Tú, por el contrario, confundes el amor por lo que haces con el amor por el lugar donde trabajas.
Te crees valiente por ser capaz de aguantar las mierdas que te echan encima tus socios, tus supuestos futuros «colegas».
Pero hay otro tipo de valentía y es la capacidad de afrontar la verdad, aunque sea incómoda.
Claire resopló.
—¡Uf, es gracioso que precisamente tú digas eso! Si ni siquiera eres real.
Él la miró muy serio, con el ceño fruncido.
—¿Qué has dicho?
«¡Mierda!», pensó Claire . Se le había escapado sin querer esa referencia a la incapacidad de su alma para lidiar con lo que estaba sucediendo de verdad. Pero se le había soltado la lengua por la crispación del momento.
—Olvídalo.
Matías volvió a mesarse el pelo y, al verlo, Claire se preguntó si se habría pasado de la raya.
Sin embargo, este Matías no se había mareado como cuando lo besó en el estudio. En cambio, levantó los brazos.
—No, no quiero olvidarlo —replicó—. Estaba empezando a enamorarme de ti, pero quizá sea mejor que digamos lo que tenemos que decir ahora. Así no perderemos el tiempo el uno con el otro cuando estemos en Nueva York.
Claire se quedó blanca.
—Matías…
—En realidad, creo que ya he oído suficiente —la interrumpió mientras se levantaba del suelo enmoquetado—. Ha sido un placer conocerte, Claire. No hace falta que me acompañes a la puerta.
—¡Matías, espera!
Echó a andar hacia la puerta sin mirar atrás y desapareció.
—¡No, vuelve! —Claire se frotó la palma de la mano—. ¡Te necesito, Matías! Y tú también me necesitas a mí. Pero no lo sabes, por favor…
Sonó el teléfono del hotel.
—¿Matías? —dijo al contestar, rebosante de una esperanza sin sentido. Porque ¿cómo podría un alma llamarla por un teléfono real?
—Señora Walker —oyó que le decía la recepcionista—, perdón por molestarla, pero hay una persona que quiere verla.
Todavía esperaba que fuera Matías, dispuesto a disculparse. Pero se dio cuenta de que no podía ser él, porque acababa de marcharse. Y la recepcionista no podría verlo de todos modos.
¿Serían Soledad o Araceli, que habían ido a reconciliarse?
—¿Quiere bajar? —preguntó la recepcionista—. ¿O le digo que suba?
—¿Quién es? —quiso saber.
—Dice que la conoce como la abuela Gloria.