Claire
Oyó que le llegaba una notificación al portátil, que estaba en la mesa.
Se le tensaron todos los músculos del cuerpo.
La última vez que lo encendió fue porque Yolanda le advirtió de que algunos de los socios dudaban de sus capacidades.
Así que se pasó toda la noche apagando incendios relacionados con la fusión, intentando delegar en los demás miembros del equipo para que se hicieran cargo de sus tareas.
Sin embargo, habían pasado más de treinta horas desde entonces.
Lo mismo daba. ¡Que se fueran a la mierda!
Había cosas más importantes en ese momento.
Aunque… no podía hacer nada con respecto a las otras cosas. El trabajo, en cambio…, era algo que todavía podía controlar. Era un mundo donde la gente escuchaba lo que tenía que decir. Aunque su vida se estuviera desmoronando, esa parte lo hacía más despacio y a lo mejor todavía podía arreglarla.
Se levantó de la cama, se detuvo en el minibar en busca de dos botellas pequeñas de vino barato y se dejó caer en la silla. Encendió la pantalla del ordenador mientras abría el chardonnay.
Tenía más de doscientos mensajes de correo electrónico sin leer. Sabría Dios cuántos tenía en Slack.
Claro que si hubiera pasado algo malo de verdad, Yolanda le habría enviado un mensaje, ¿no? Y no había recibido ninguno suyo.
Miró el móvil. La batería había muerto.
«¡No!».
Lo enchufó al cargador, pero tardaría unos minutos en tener suficiente batería para poder mirar los mensajes y, mientras tanto, la esperaban todos esos mensajes de correo electrónico y de Slack…
Se bebió la primera botella de vino de un trago, luego abrió la otra y también se la bebió. Era un cabernet igual de malo y tan fuerte que acabó con el ceño fruncido.
Luego respiró hondo y abrió la ventana de Slack.
¿Dónde están las notas de la llamada con el asesor jurídico de Atwood IP sobre la renegociación de la licencia de la patente 416?
¿Qué significan las casillas de color rosa claro en la hoja de cálculo del contrato corporativo? ¿Son diferentes de las de color rosa medio y rosa oscuro? ¿Y los diferentes tonos de amarillo?
No encuentro el diagrama de flujo que muestra las asignaciones de los diferentes contratos de la filial de Singapur a la filial italiana.
¿Qué relación tiene con la sociedad matriz finlandesa?
¿También estaba involucrada la filial alemana?
¿Por qué Einstein Corp. complica tanto las estructuras corporativas que ni su propia gente entiende qué es cada cosa y qué relación guarda todo?
Había un montón de mensajes parecidos a ese.
Cuando ella estaba al mando de un acuerdo, todo funcionaba a la perfección porque su rígido sistema organizativo le permitía encontrar de inmediato cualquier cosa que se necesitara.
Su código de colores era tan preciso que usaba treinta y ocho colores y tonos distintos, que indicaban no solo las categorías, sino también cómo se relacionaban las cosas, y las referencias cruzadas se guardaban en pestañas separadas, todas llenas de notas al pie de página.
El problema era que nadie más que ella podía descifrar su meticuloso sistema.
Se había vuelto indispensable, en parte por sus tendencias controladoras típicas de su personalidad tipo A y en parte para que el bufete siempre la necesitara y, por lo tanto, tuviera que ascenderla a socia tarde o temprano.
Pero, en ese momento, cuando era imposible estar presente para dirigir la fusión, era como si alguien hubiera pegado chicles en la maquinaria y no se moviera nada.
Si estuviera en su apartamento de Nueva York y la vida siguiera siendo normal, habría llamado a Matías y él habría aparecido en su puerta tan pronto como le fuera humanamente posible, con abrazos y una tarta de almendras de Épicerie Boulud.
Sin embargo, allí estaba. Completamente sola. Enterró la cara entre las manos.
—¿Qué voy a hacer, Matías?
—Primero, pide algo al servicio de habitaciones —contestó él—. Mi madre siempre dice que una comida no lo resuelve todo, pero puede hacer que las cosas sean un poco más fáciles.
Claire apartó las manos de la cara.
Matías estaba sentado con naturalidad en su cama, como si hubiera estado allí todo el tiempo.
Lo miró boquiabierta y luego se frotó los ojos para asegurarse de que lo estaba viendo de verdad.
Efectivamente. Allí estaba Matías.
—¿Cómo has entrado?
Él puso cara de no entenderla y luego miró hacia la puerta de la habitación.
Claire, sin embargo, se quedó mirando su palma izquierda.
—¿Por qué estás aquí? Quiero decir, ¿por qué has aparecido ahora ?
—¡Guau! —Matías se levantó de la cama, meneando la cabeza—. Si no me quieres aquí, me voy.
Claire se presionó las sienes con los dedos.
Matías estaba evadiendo de nuevo las preguntas cuyas respuestas no tenían sentido.
No podía presionarlo demasiado o correría el riesgo de que se diera cuenta de que algo no encajaba; de que ella no lo había dejado entrar, de que él no estaba allí un minuto antes.
—No, lo siento, no pasa nada —le dijo—. Es que… el trabajo es una locura ahora mismo y estoy pasando por un mal momento.
La expresión de su rostro se suavizó.
—¿Qué puedo hacer?
Ella suspiró.
—Solo estar aquí.
Él sonrió y volvió a sentarse en el borde de la cama, a solo unos centímetros de distancia.
—Puedo hacerlo. Estaré aquí siempre que me necesites.
Claire contuvo el aliento.
¿Era eso? ¿Matías aparecía no solo cuando ella tocaba la zona donde la había besado en la palma de la mano, sino también cuando lo necesitaba?
La primera vez que se besó la mano en el vestíbulo del hotel, dijo en voz alta: «Te necesito, Matías».
La segunda vez que apareció, estaba un poco asustada mientras intentaba comprar una simple Coca-Cola en el quiosco del parque.
La tercera vez estaba comprando ropa interior, pero le aterrorizaba que el número de bragas pudiera significar de alguna manera su confianza en la recuperación de Matías y pudiera meter la pata.
En cuanto al día anterior, acababa de salir del hospital después de que le dijeran que no estaba haciendo lo suficiente por él y llevaba el bolso agarrado con fuerza, molesta porque se pasaba los días haciendo todo lo posible por conectar con su alma, por intentar acercarlo para que pudiera reunirse con su cuerpo y, con suerte, despertar.
En cada uno de esos momentos, había dejado de lado parte de la coraza que solía llevar puesta. Y cuando presionaba la palma de la mano en esos momentos vulnerables, Matías acudía a su llamada.
Porque sabía que lo necesitaba.
Se le llenaron los ojos de lágrimas mientras lo miraba, allí sentado en su cama.
—No he hecho nada para merecerte.
Matías negó con la cabeza.
—No tienes que hacer nada para merecer a nadie, Claire. Solo sé tú misma.
—Dudo que eso sea suficiente.
—Estoy bastante seguro de que lo es.
Le rugió el estómago.
En los labios de Matías apareció una sonrisa.
—¿Qué tal si pedimos algo de comer?
Claire no podía comer mucho por la ansiedad que le provocaba lo que había en su bandeja de entrada, pero después de un poco de pan y de gazpacho, por lo menos ya no se sentía al borde del desmayo.
—Me da miedo mirar —confesó al tiempo que se alejaba del portátil.
—¿Quieres que lo lea por ti? —se ofreció Matías.
—Sí —respondió ella—. Pero no. Debería hacerlo yo.
Bebió unos sorbos más de Coca-Cola. Y luego, sin más excusas para postergarlo, se giró despacio hacia el portátil e hizo clic en la bandeja de entrada del correo electrónico.
Les echó un vistazo a los nombres de los remitentes.
Había tantos mensajes que tendría que priorizar a la hora de leerlos todos.
Se saltó los nombres de sus subordinados de primer año y pasó directamente a los mensajes de Bill Ngyuen, su mentor y socio a cargo de la fusión, y a los de Mitch Tahir, consejero delegado de Intelligentsia Tech.
Empezó a leer los mensajes en orden cronológico y vio que comenzaban con el habitual bombardeo de preguntas que Mitch hacía a diario para mantenerse al día de los miles de detalles de la fusión.
Sin embargo, cuando llegó a los mensajes de las últimas horas (el final de la jornada laboral del día anterior en Estados Unidos) se dio cuenta de que no había ninguno con Bill como remitente.
En cambio, Mitch le estaba enviando a ella sus respuestas a los mensajes de Bill… de los que este último la había excluido.
Hasta que por fin vio un mensaje de Mitch a Bill:
¿Claire ya no participa en el acuerdo? ¿Debería dejar de incluirla también en los mensajes?
—No… —Claire se quedó boquiabierta mirando la pantalla.
—¿Qué pasa? —le preguntó Matías.
No respondió. Le temblaba la mano mientras empezaba a desplazarse presa de los nervios por los siguientes mensajes. Mitch le había reenviado uno con el asunto «Lo siento, Claire», y debajo había un mensaje de Bill:
Para: [email protected]
Asunto: Claire Walker
Mitch:
Mis más sinceras disculpas. La ética laboral de Claire no está a la altura del estándar requerido en Windsor & Black, y no es apta para dirigir un acuerdo tan importante como el vuestro.
Pero ten la seguridad de que Intelligentsia Tech es mi prioridad.
Yo mismo me encargaré de gestionar todos los detalles relacionados con la adquisición de Einstein Corp.
, con Mia Kova č como mi segunda al mando.
(He puesto a Mia en copia en este mensaje).
Llámame cuando puedas. Quedo a tu entera disposición.
Bill
«¿¡Qué!?». ¿Por qué la había descartado Bill después de solo una semana fuera?
Siete días en los que ella se había comunicado siempre que había podido, pese al terror paralizante de perder al amor de su vida y a pesar de haber elegido trabajar en vez de dormir unas horas.
Había trabajado mucho para Bill durante años y pensaba que se merecía más respeto por su parte.
No solo eso, sino que ni siquiera se había puesto en contacto con ella para decirle que iba a sustituirla.
—¡Joder! —gritó, cerrando de golpe el portátil.