Un año atrás en España Claire
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Claire

—¡Ay! —Se echó hacia atrás.

El pavo real graznó con la misma sorpresa.

Sin embargo, el animal solo sacudió la cabeza, como si la considerase una idiota, antes de alejarse.

—¡Joder! —exclamó entre dientes. No había sido su intención quedarse dormida, pero el desfase horario y la falta de sueño parecían haberse confabulado contra ella esa semana.

Se llevó la palma de la mano izquierda a la boca.

Por supuesto, no pasó nada.

¿Por qué Matías aparecía solo a veces?

Lo intentó un par de veces más, pero estaba claro que no funcionaba.

Le rugió el estómago. Tenía la ropa arrugada y manchada de hierba, y estaba convencida de que le olía el aliento, porque seguro que le había crecido una espesa y blanca colonia de bacterias en la lengua durante la noche.

Miró la hora en el móvil.

—¡Joder!

Les había prometido a Soledad y Araceli que estaría sentada junto a la cama de Matías toda la mañana mientras la familia asistía a la reunión donde iban a recordar a Carlos y Diego. Les había jurado que Matías no estaría solo, que ella estaría en esa silla.

Y ya era más de mediodía, y ellas llegarían pronto al hospital, si no estaban ya allí.

Se levantó de un salto y echó a correr.

Una vez en el hospital, Claire suspiró aliviada. La sala de espera estaba vacía, no había ningún De León. Debían de estar todavía reunidos con los familiares de Carlos y Diego.

Echó a andar hacia la habitación de Matías, pasando por el mostrador de enfermería.

— Disculpe —le dijo una enfermera.

— ¿ Sí ? —Claire no la reconoció.

—¿ A quién está buscando ?

—Lo siento, ¿podría repetirlo más despacio?

La enfermera frunció el ceño, sin entenderla.

— Lo siento —dijo Claire traduciéndolo al español—.

No entiendo . ¿ Más lento ? —Todas las frases formaban parte del listado de «frases útiles» de las lecciones que había estado estudiando esa semana en la habitación de Matías.

Pero no le servía de nada si la respuesta estaba formada por palabras desconocidas.

— ¿ A quién va a visitar ? —le preguntó la enfermera, hablando más despacio.

¡Ah, así sí! Era una construcción gramatical bastante básica. Así que desgranó las palabras una a una para entender la pregunta.

—A Matías de León —contestó.

— ¿ Cómo se llama usted ?

— Mi nombre es Claire Walker .

— ¿ Y su relación con el paciente ?

—¿Mi relación con Matías? Soy su novia .

La enfermera levantó una ceja mirándola fijamente y luego negó con la cabeza.

— No. Su novia ya está aquí .

Claire tradujo las palabras una a una en su cabeza.

—¿Qué? —preguntó—. No, eso es… es imposible . —Se señaló a sí misma—. ¡ Yo soy su novia !

La enfermera señaló el registro de visitas.

En la primera línea de ese día, nada más empezar el horario de visita, había un nombre escrito a mano:

08:00 Vega Castillo

Por suerte, nada más leer el nombre, se abrieron las puertas de la sala a su espalda y entró Araceli, seguida de Soledad y del resto del clan De León, todos vestidos de negro.

Al ver a Claire en la sala de espera, Soledad preguntó:

—¿Qué pasa? ¿Matías está bien?

No, no, no, no, no. Eso no estaba pasando.

Claire miró con impotencia a Soledad, que al interpretar su desaliño como un indicio del mal estado de su hijo, echó a correr hacia la habitación de Matías. Abrió la puerta de golpe, entró y se quedó paralizada.

Se dio media vuelta como si lo hiciera a cámara lenta, hecha una furia.

—¿Qué está haciendo ella ahí dentro? —preguntó enfatizando cada palabra. La otra mitad de la pregunta quedaba implícita, aunque no la dijo en voz alta: «¿Y qué haces tú aquí fuera?».

Claire tragó saliva.

—¿A qué se refiere mi madre? —quiso saber Araceli.

—Mmm… Vega… —susurró Claire.

Los ojos de Araceli echaron chispas. A su espalda, Luis meneó la cabeza. Armando se santiguó.

Araceli la agarró por el brazo y la arrastró hasta la puerta de la habitación de Matías.

Vega estaba sentada al lado de Matías, acariciándole el pelo desgreñado. Parpadeó al mirar a Claire, Araceli y Soledad con los ojos rojos e hinchados.

— Estaba solo —dijo en voz baja.

Claire la entendió, y la culpa le atenazó el corazón.

—Lo siento.

—¿Dónde estabas? —le soltó Araceli—. Sabías que íbamos a estar fuera esta mañana. Sabías que Matías necesitaría a alguien a su lado.

—Ha sido una metedura de pata.

—Otra. Has vuelto a meter la pata otra vez . ¿No entiendes lo importante que es que estés aquí para él? Leo y Facu, los amigos de Matías que estaban en coma en el hospital de Valencia, ¿sabes qué ha pasado hace solo media hora? Se han despertado.

Claire se quedó sin aliento.

—¿En serio?

—Sí —dijo Araceli—. Se despertaron a la vez. Porque están enamorados y compartían la misma habitación del hospital. Han seguido estando juntos pese al coma. He hablado con la hermana de Leo y me ha dicho que justo antes de que se despertaran, su ritmo cardíaco empezó a sincronizarse.

Soledad se secó las lágrimas de los ojos.

—Pero Matías no tiene eso —siguió Araceli—.

La mujer a la que quiere de verdad, que eres tú y no ella —dijo al tiempo que señalaba a Vega con un dedo—, parece incapaz de estar aquí a su lado.

No me puedo creer que Matías nos dijera que confiáramos en ti, que si alguna vez no podíamos localizarlo en Nueva York o si había una emergencia o cualquier otra cosa, podíamos llamarte y contar contigo.

Todos nos sentimos muy aliviados en ese momento, porque quiero a mi hermano, pero bien sabe Dios que puede perder el contacto con la realidad si se obsesiona demasiado con su trabajo o con cualquier afición nueva que descubra.

Creíamos que por fin había encontrado a una mujer que pudiera ser su contrapeso, que mantuviera el globo de sus caprichos atado al suelo.

Pero en cambio, es Vega quien está aquí cuando él necesita a alguien. Y tú no estás haciendo nada por él.

—¡Sí que lo hago! —gritó Claire.

—¡Shhh! —Soledad la miró, enfadada.

—¡Sí que lo hago! —repitió Claire en voz más baja. Las lágrimas le corrían por la cara—. Intenté explicároslo…

—No me vengas otra vez con esa mierda de los fantasmas.

—¡Estoy diciendo la verdad!

La abuela Gloria entró en la habitación.

—¿Qué pasa?

Soledad le dijo algo en español a toda velocidad.

—Vete, Claire —dijo Araceli, y la dejó sin aliento.

—No. Por favor —le suplicó Claire.

—Lo digo en serio —insistió Araceli—. Y no vuelvas hasta que te centres. Todos estamos sufriendo, pero los demás seguimos viniendo, Claire. Hemos pedido permiso en los trabajos. Sacrificamos horas de sueño. No ponemos excusas.

—Pero, por favor, entendedme… —dijo Claire, mirando a Soledad, que cruzó los brazos por delante del pecho y se volvió, dándole la espalda.

La abuela Gloria frunció el ceño y sus ojos desaparecieron debajo de las arrugas.

—Vete, Claire —repitió Araceli.

Claire empezó a llorar con más fuerza. Dio un paso hacia Matías para despedirse, pero Araceli se interpuso en su camino.

Lloraba con tanta fuerza que ni siquiera veía cuando pasó corriendo por delante del mostrador de las enfermeras en dirección al ascensor.