Soledad
—No me puedo creer que se hayan ido —dijo Guadalupe—. Sigo esperando que mi Diego entre por la puerta en cualquier momento, llevando a sus gemelas en cada brazo.
—Yo tengo las mismas alucinaciones —replicó Lucía—. Anoche me pareció oír a Carlos llamando a la puerta. Eran Sofía y Carlitos, pero habría jurado que era el toque de mi hijo. —Golpeó tres veces rápido y luego dos veces lento en la mesa del sofá.
—Pobres niños —dijo otra madre.
—Y sus esposas.
Todas se quedaron sentadas con la cabeza gacha durante un minuto. Hasta que Guadalupe dio una palmada y dijo:
— ¡Se acabó! Queríamos reunirnos hoy para compartir nuestros mejores recuerdos de Diego y Carlos. Rezaremos por sus almas, pero también debemos celebrar sus vidas.
Soledad asintió con la cabeza, conteniendo a duras penas las lágrimas.
No solo porque Carlos y Diego habían muerto, sino porque ella todavía tenía a Matías, y la culpa le retorcía las entrañas, aunque no fuera culpa suya y nadie se lo echara en cara.
Al contrario, eran amables con ella, al igual que con las familias de Leo y de Facu, que seguían en Valencia con ellos.
Nadie quería que los supervivientes murieran. Perder a dos ya era demasiado.
Las mujeres cerraron los ojos y unieron las manos mientras Lucía empezaba a rezar.
—Señor, Carlos y Diego ya no están en esta morada terrenal y han dejado atrás a los que lloramos su ausencia.
Ayúdanos a guardar su recuerdo con cariño, sin amargura por lo que hemos perdido ni arrepentimiento por el pasado, sino siempre con la esperanza del reino eterno donde nos reunirás de nuevo. Por Cristo, nuestro Señor.
—Amén —susurraron todas a la vez.
Las llamas de la velas parpadeaban a su alrededor. Todas las flores parecían más mustias.
Sin embargo, después de otro minuto de silencio, Lucía abrió los ojos y esbozó una sonrisa valiente.
—Y, ahora, vamos a contar anécdotas sobre momentos más felices, por favor. Muchas habéis conocido a nuestros hijos durante mucho tiempo, y nos encantaría escuchar cómo han marcado vuestras vidas, aunque sea algo mínimo.
Soledad se secó una lágrima.
—Me gustaría empezar. ¿Os parece bien?
Guadalupe y Lucía asintieron con la cabeza. Estas historias sobre sus hijos eran tan importantes para ellas como para la práctica de recordar a los que ya no estaban.
—Esto sucedió antes de que muchos estuvierais ya en el barrio —siguió Soledad—, pero algunos lo recordaréis.
Los niños tenían siete años y era mayo. Eran bastante mayores como para creerse las mentes más brillantes del planeta y lo bastante pequeños como para creer que nadie se daría cuenta de sus travesuras.
Todos los presentes sonrieron un poco.
—Habían decidido que ese año querían preparar sus propios regalos para el Día de la Madre , y ¿qué es lo que más desean las madres ese día?
Dulces. Por lo menos, esa fue su conclusión.
Pero, en vez de prepararlos ellos mismos con los ingredientes que había en la cocina, como habrían hecho sus hermanas más inteligentes, ¿qué decidieron hacer?
Lucía empezó a reírse, porque recordaba bien lo que había pasado. Guadalupe también sonreía.
—¿Qué hicieron? —preguntó una de las otras mujeres.
—Decidieron robar en las pastelerías del barrio —contestó Soledad.
Muchas de las presentes se quedaron boquiabiertas y las demás chasquearon la lengua.
—Aunque ya os he dicho que tenían siete años y eran lo bastante inteligentes como para saber que los atraparían si intentaban robar bandejas enteras de galletas para sus queridas madres.
Sin embargo, pensaron que si solo robaban un dulce o dos de cada establecimiento, nadie se daría cuenta. No sé de quién fue ese brillante plan…
—Tuvo que ser mi Diego —replicó Guadalupe—. Siempre fue el más temerario de un grupo que ya de por sí era intrépido.
—El plan tiene las huellas de Diego —convino Lucía.
—Como las galletas —añadió Soledad, y se produjo un coro de risas en el salón.
Esas carcajadas casi histéricas que acompañan al dolor, cuando todo es más triste y más gracioso y demasiado descarnado, todo a la vez—.
Bueno —siguió, intentando hablar entre lágrimas y risas—, pues los chicos pusieron en marcha el plan el sábado, la víspera del Día de la Madre .
Pero había cinco madres para las que reunir dulces y solo cinco pastelerías en el barrio.
Por lo tanto, necesitaban un horario para poder entrar por la puerta trasera de los establecimientos a diferentes horas del día y tomar un par de galletas.
Calculaban que al final del día habrían reunido suficientes.
Lucía meneó la cabeza, con una sonrisilla todavía en los labios.
—Esa parte suena muy a Carlos. Mi hijo siempre se encargaba de organizar las travesuras. No nos sorprendió que de mayor se convirtiera en director de logística.
—Es increíble lo mucho que se puede saber de la personalidad de una persona desde la infancia —comentó otra mujer.
—Sí —dijo Soledad—. El momento crucial de la vida de Matías fue cuando se dio cuenta de que era más divertido pintar con los dedos que comerse la pintura.
La sala estalló en otro coro de carcajadas teñidas de tristeza.
—¿Acabasteis todas con una caja de galletas el Día de la Madre ? —preguntó una de las señoras mayores cuando todas se calmaron.
—Todo lo contrario —respondió Soledad—. Para empezar, los niños de siete años saben que a sus madres les gustan las galletas, pero no piensan en lo importante que es que las galletas estén enteras.
—¿Qué quieres decir?
—Quiere decir —contestó Lucía— que aunque mi Carlos tuviera aptitudes tempranas para la planificación, todavía no había comprendido los detalles más sutiles de la gestión de proyectos. No se dio cuenta que necesitaban una caja para las galletas que robaron.
—¡Se las metieron en los bolsillos! —exclamó Guadalupe, resoplando.
—¡Ay, no! —replicó alguien.
—¡Ay, sí! —confirmó Soledad—. Las galletas que lograron robar eran migajas cuando por fin nos las dieron.
Pero no creas que se fueron de las pastelerías a darnos las galletas, ¡el plan no se ejecutó tan bien!
Porque lo segundo que debemos recordar sobre los niños de siete años es que no son tan sigilosos como creen.
Sus robos matutinos tuvieron éxito porque las pastelerías estaban muy concurridas a esa hora.
Era muy fácil para un niño menudo entrar sin que lo vieran por la puerta trasera, tomar un par de galletas de las estanterías y salir a toda prisa.
Al parecer, los robos que hicieron a última hora de la mañana también fueron un éxito.
Pero en la tercera ronda, después del parón del mediodía, fue cuando su arrogancia les pasó factura.
Dio la casualidad de que Lucía, Guadalupe y las madres de Leo y de Facu, Pilar y Carmen, estaban en mi casa para tomar café y hablar un rato como solíamos hacer los sábados, cuando me llamaron por teléfono.
Era el dueño de la Pastelería la Favorita, que me dijo: «Tengo aquí a un ladronzuelo que dice que se llama Matías. ¿Es vuestro?».
Las mujeres que estaban en la habitación se rieron. Como también eran madres, no les resultaban desconocidas las travesuras infantiles.
—Le pedí que esperara —siguió Soledad— y les conté a Lucía y Guadalupe el motivo de la llamada.
Y entonces, como era de esperar, volvió a sonar el teléfono.
Era el marido de Lucía, Esteban, que llamaba para decir que los habían llamado de El Pan Dulce para decirles que habían descubierto a Carlos robando galletas.
Le dijimos que lo llamaríamos pronto para darle instrucciones sobre qué hacer.
Y luego llamó el marido de Guadalupe, Salvador, para informarnos de que tenían a Diego en la Panadería Corona por el mismo delito.
A esas alturas, estaba claro que no se trataba de una coincidencia.
Por lo tanto, el Consejo de Madres Sabias (Lucía, Guadalupe, Pilar, Carmen y yo, por supuesto) deliberamos y decidimos que el mejor regalo que podíamos pedir para el Día de la Madre era divertirnos un poco con nuestros hijos.
Las mujeres que estaban junto a Soledad pusieron los ojos como platos y las que estaban en el sofá más alejado se inclinaron hacia delante para oírla mejor.
—Le pedimos a un policía que los recogiera. Y llegó con un cura.
—¡No!
— ¡ Dios mío !
— ¿ De verdad ?
—Sí, de verdad —contestó Soledad con una sonrisa—.
Carmen tiene un amigo policía. Estaba fuera de servicio, pero se puso el uniforme, recogió al cura por el camino y fue deteniéndose en las pastelerías para recoger a los chicos.
Les dijo una mentira piadosa; que podía arrestarlos, pero que el cura había suplicado clemencia por ellos.
Los llevaron a la iglesia y los «penalizaron» con trabajo en beneficio de la comunidad durante la tarde en vez de llevárselos a la comisaría.
Guadalupe se rio.
—Fuimos unas madres terribles por asustarlos así.
—Pero, a partir de aquel momento, fueron mucho más inteligentes a la hora de meterse en problemas —señaló Lucía.
—Exacto —convino Soledad—. Además, la iglesia quedó limpísima para la misa del domingo.
Todas las presentes se rieron con cariño.
—¡Y después de todo nos regalaron galletas! —añadió Lucía—. Rotas y robadas, pero con amor.
—Para que quede claro, fuimos a pagar a las pastelerías —dijo Soledad—. Bueno, fueron los chicos, que también llevaban cartas de disculpa escritas a mano.
Guadalupe y Lucía sonrieron entre lágrimas.
—Yo tengo una historia que contar —dijo Isabel, una de sus amigas más antiguas—. Los padres de Leo y de Facu no pueden estar aquí porque están en Valencia al lado de sus hijos, pero sé que querrían que contara esto.
El grupo murmuró su aprobación.
—Fue el verano que los chicos tenían dieciséis años.
Los cinco conocían todos los aspectos de la vida de los demás hasta ese momento.
Pero con las hormonas llegaron los cambios, y mientras Carlos, Diego y Matías estaban ocupados mirando a las chicas, Leo y Facu habían empezado a mirarse de reojo, aunque solo cuando el otro no se fijaba.
Es cierto que la mayoría de los enamoramientos juveniles pasan relativamente rápido, pero para ellos fue distinto, porque ya eran muy amigos.
Sin darse cuenta, se habían enamorado el uno del otro, porque eran especiales.
A Leo le gustaban tanto los libros que hablaba de los personajes como si fueran reales.
Facu tenía una memoria enciclopédica de estadísticas de fútbol.
Leo mimaba a su hermana pequeña y compraba regalitos cada vez que pasaba por el escaparate de una tienda y veía algo que pensaba que le gustaría.
Facu siempre era el primero en ofrecerse como sacrificio a los monstruos cuando jugaban con la videoconsola para salvar al resto del equipo.
Pero no querían arruinar su amistad revelando sus sentimientos, porque ¿y si el otro no sentía lo mismo?
Y tampoco querían destruir la dinámica de su grupo, porque siempre habían estado juntos los cinco desde que sus madres se conocieron en el parque cuando ellos solo gateaban.
Así que un día, cuando Facu estaba ocupado y no pudo salir con ellos, Leo se lo confesó a Carlos, a Diego y a Matías.
Y unos días después, mientras Leo estaba con su hermana, Facu les confesó sus sentimientos a Carlos, a Diego y a Matías y les pidió consejo.
En fin, esos tres ni siquiera dudaron. Le dijeron a Facu que se lo contara a Leo.
Aunque ellos no podían revelar los sentimientos de Leo, le dejaron claro que lo ayudarían en todo lo que pudieran.
Aquel fin de semana, era el cumpleaños de Leo.
Los chicos le prepararon una búsqueda del tesoro y la primera pista lo llevó a la biblioteca.
Pero solo Carlos, Diego y Matías estaban con él.
Isabel siguió contando la historia como si estuviera viéndola:
—¿Dónde está Facu? —preguntó Leo.
Los chicos se encogieron de hombros.
—Dijo que vendría más tarde, pero que empezáramos sin él.
Leo bajó los hombros, con evidente decepción, pero todos entraron en la biblioteca, donde Leo resolvió acertijo tras acertijo, recogiendo papelitos escondidos en los libros. Cada papel contenía una palabra, el mensaje estaba mezclado:
«Tengo. Contarte. Secreto. Que. Un».
—¿Tengo que contarte un secreto? —preguntó Leo.
En ese momento, Facu salió de entre los pasillos de la biblioteca con otro papelito en las manos, que le entregó temblando a Leo.
Leo desdobló el trozo de papel y se quedó sin aliento.
—Creo que te quiero —leyó con un hilo de voz.
Facu sonrió.
—Creo que yo también te quiero.
El salón se quedó en silencio durante un momento, cuando Isabel concluyó la historia. Todas tenían lágrimas de tristeza y orgullo. Eran sus chicos. Habían vivido con intensidad, habían amado con intensidad y lo habían hecho todo juntos.
—Eran unos chicos muy tiernos —dijo Guadalupe—. Un poco traviesos, pero maravillosos. Tuvimos suerte de tenerlos.
«Matías es muy tierno», pensó Soledad, al tiempo que se avergonzaba de lo traicionero que era ese pensamiento en medio de ese momento, pensado para recordar a Carlos y Diego.
Miró a su alrededor, al salón en penumbra lleno de velas y del olor dulzón de las flores mustias. Pobres. Los padres no deberían enterrar a sus hijos. Era la peor de las crueldades.
Contuvo un sollozo.
Y rezó para no tener que reunirse de nuevo y recordar a Matías.