Un año atrás en España Claire
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Claire

Madrid era preciosa en la oscuridad, con los monumentos iluminados como faros resplandecientes, y estuvo paseando y hablando con Matías hasta el amanecer.

Él no la tocó en ningún momento, aunque ella se daba cuenta de que quería hacerlo: un movimiento aquí, una inclinación allá, antes de recordar su petición de hacerlo a la antigua usanza, así que se apartaba con una sonrisilla tímida.

Cuando salió el sol, Matías soltó un suspiro feliz mientras observaba el cielo cambiar poco a poco de morado a rosa.

—Me encanta esta hora de la mañana. Es como si pudieras sentir que el mundo gira.

—Si fuera más tarde y el embarcadero estuviera abierto, te llevaría a dar un paseo en barca —dijo Matías.

—No puedo. Me mareo —replicó. Además de que no podía dejarlo remar, porque él no podría manejar los remos—. ¿Crees que hay algún sitio donde podamos sentarnos un rato? Necesito descansar los pies. Creo que no había caminado tanto… en la vida.

Lo cierto era que seguramente podría haberse quedado dormida de pie.

A veces se pasaba toda la noche en vela en el bufete, pero incluso en esas ocasiones estaba sentada en una silla o podía acurrucarse unos minutos en el saco de dormir que guardaba debajo de su mesa.

Pero merecía la pena caminar toda la noche si eso significaba tener a Matías cerca.

—Vamos a los Jardines de Cecilio Rodríguez —sugirió él—. Son como un jardín de cuento de hadas. Y hay pavos reales.

Claire levantó una ceja.

—¿En serio?

—Sí, en serio. Pero no tienes por qué creerme. Puedes verlo con tus propios ojos.

La entrada a la parte de los Jardines de Cecilio Rodríguez del parque del Retiro era como un enorme tablero de ajedrez hecho con baldosas, y Claire sonrió al recordar el día que Matías la llevó a aquel bosque cercano a Nueva York donde los artistas tenían permitido crear sus obras.

Allí se había sentido como Alicia entrando en el País de las Maravillas, y la sensación mágica era muy parecida a la que sentía en ese momento.

Justo delante de ellos había un camino flanqueado por ornamentadas farolas de hierro forjado y altos setos cilíndricos.

A ambos lados, había pérgolas con hileras e hileras de columnas blancas rodeadas por la hiedra que las envolvía con un verde intenso.

En cuanto pisó una de las baldosas del damero, un pavo real azul zafiro cruzó el camino justo delante de ella. Se detuvo para mirarla y sus plumas del color de las piedras preciosas se asemejaron a una cascada de flores; luego inclinó la cabeza y miró directamente a Matías.

—Buenos días —lo saludó él con una sonrisa.

Claire no se rio. ¿Podía verlo el pavo real?

El animal se alejó pavoneándose antes de que ella pudiera examinar más detenidamente su mirada.

—¿Banco o césped? —le preguntó Matías.

—Césped sin duda —contestó ella. Los bancos eran de piedra y, después de haber tenido piedra, baldosas y hormigón debajo de los pies toda la noche, quería algo blando en lo que hundir los dedos.

Encontraron un sitio, y Claire suspiró feliz mientras se quitaba los zapatos. La hierba todavía estaba fresca por la noche y un poco húmeda por el rocío de la mañana, pero no le importaba en absoluto.

—¡Aaah, qué maravilla…! —Se tumbó y estiró los brazos por encima de la cabeza, alargando la columna vertebral y soltó un gemido satisfecho al sentir los crujiditos y los chasquidos que liberaban la tensión de su espalda.

Matías, por su parte, se quedó mirando la franja de piel que quedaba al descubierto entre el borde de su camiseta y la parte superior de sus vaqueros, y soltó un pequeño gemido.

—Dios mío. Las cosas que te haría si pudiera…

Claire se echó a reír y se bajó la camiseta para cubrirse el abdomen.

Él puso los ojos como platos.

—¿Has entendido lo que acabo de decir?

—Sé un poco de español. —No le dijo que él siempre le decía esas mismas palabras cada vez que hacían el amor. «Dios mío. Las cosas que te haría si pudiera…».

A lo que ella siempre contestaba en español: « Puedes ».

Se miraron a los ojos, y el lazo invisible que los unía se tensó un poco más.

Matías se puso colorado.

—Lo siento. No ha sido muy caballeroso por mi parte.

Claire suspiró, todavía perdida en el recuerdo. Pero luego se recompuso y se volvió hacia él con una sonrisa.

—No pasa nada. Seguramente era lo que pensaba el señor Darcy cada vez que miraba a Elizabeth Bennet.

Matías se rio entre dientes.

—¿Eso quiere decir que me perdonas?

—Solo por esta vez.

—A partir de ahora, me comportaré lo mejor posible —le aseguró mientras se llevaba una mano al corazón.

«¡Qué pena!», pensó ella. Pero también era necesario.

Se tumbaron uno junto al otro en la hierba durante un rato, casi sin tocarse, contemplando la salida del sol.

La gente solía interpretar el amanecer como el comienzo del día y el atardecer como el final, pero para ella la puesta de sol de la noche anterior había sido un comienzo, y la salida del sol de esa mañana le parecía otro comienzo distinto.

El tiempo con Matías estaba lleno de un sinfín de comienzos.

—Es precioso —dijo ella, refiriéndose tanto al cielo como a la idea de que Matías, de alguna manera, hacía que el mundo fuera infinito.

Hasta que recordó que él estaba en coma. Y que las cosas podían llegar a su fin.

—Estás frunciendo el ceño —señaló él.

—Sí… Mmm, no pasa nada. —Esbozó una sonrisa forzada—. Cuéntame algo bonito. ¿Qué hacemos ahora?

—¿No estás cansada todavía?

—Solo un poco —contestó, aunque tenía la sensación de que los párpados le pesaban cinco kilos cada uno—. ¿Y tú?

—Nada de nada —le aseguró Matías. Claro que a ella no le sorprendió. No tenía las limitaciones de un cuerpo físico que exigía dormir.

Matías miró de nuevo las nubes.

—¿Alguna vez has hecho paracaidismo?

—Por Dios, no.

Matías se echó a reír.

—Pareces muy segura de algo que nunca has probado.

—Me gusta tener el control —dijo Claire.

—Deberías soltarlo.

—¿Qué?

—El control. —En sus labios apareció el asomo de una sonrisa.

Claire conocía esa expresión. Guasona y desafiante a partes iguales.

Así era como Matías ponía a prueba sus límites.

Al principio de su relación, ella había cedido, pero en los últimos meses se había aferrado a su estable statu quo .

Al fin y al cabo, uno de los dos tenía que ser el práctico en la relación.

Y si lo hubiera acompañado en el viaje original a España, podría haber insistido para que ni sus amigos ni él condujeran la lancha motora como especialistas de Hollywood, o habría conseguido incluso que no se subieran.

—El paracaidismo queda descartado por completo —dijo.

—¿Por qué?

—Es demasiado peligroso.

—No si vas con alguien con experiencia —insistió Matías—. Además, si te parece que ver el amanecer y el atardecer desde tierra es hermoso, hacer caída libre mientras se pone el sol es una obra maestra. Tienes que probarlo sí o sí.

—Matías…

—Esta noche, a las nueve. Volaremos con Nubes Aladas, en el aeródromo de Ocaña. Tienen los mejores instructores y puedes saltar en tándem con uno de ellos. Y yo estaré a tu lado.

—No.

—Piénsatelo.

—Ya lo he hecho. La respuesta sigue siendo no.

Matías suspiró.

—Tú te lo pierdes… Pero yo creo que voy a ir de todas formas. Ahora que lo hemos hablado, me he dado cuenta de que quiero hacerlo una vez más antes de irme de Madrid. Seguro que las puestas de sol en Nueva York son bonitas, pero no hay nada como el sol español. Si cambias de opinión…

—No lo haré.

—Ya sabes dónde voy a estar.

Claire pensó en echarle un sermón sobre los peligros de saltar de un avión a miles de metros de altura y de confiarle tu vida a una lona frágil y ondulante.

Pero luego recordó que eso no importaba, porque el verdadero Matías ya estaba en peligro de muerte, y las nubes y el aire no podían dañar a un alma.

Tendría que volver a lo que había investigado en el ordenador sobre las actividades que el alma de Matías y ella podían hacer sin tener que saltar de un avión.

De hecho, tal vez pudiera recordar la lista en ese momento.

Tenía la mente nublada por la falta de sueño y de comida, pero si cerraba los ojos, a lo mejor conseguía visualizar lo que había escrito…