Un año atrás en España Claire #3
76%

Claire #3

—¡Shh! —le soltó el hombre que tenía al lado con el ceño fruncido. La mujer que tenía delante se volvió y la miró enfadada.

Claire se pegó el bolso al regazo y esperó que no se tratara de un baile sobre la muerte.

Sin embargo, durante los primeros segundos, quedó claro que así era.

Un proyector lanzaba la imagen de un cementerio en el lado izquierdo del escenario, detrás de quienes iban vestidos de negro, como sombras en el más allá.

Al mismo tiempo, un colorido telón de fondo de la vida nocturna madrileña se proyectaba detrás de quienes iban vestidos de blanco, los que todavía estaban vivos.

Supuso que las sombras negras perseguirían a las almas blancas, las agarrarían y las arrastrarían al inframundo. Y deseó poder estirar el brazo y tomar la mano de Matías, cuyo fuerte apretón le aseguraba que, mientras estuvieran juntos, todo iría bien.

Claro que no estaban juntos, ¿verdad? No en realidad.

En el escenario, los muertos no perseguían, sino que bailaban con los otros muertos, y los vivos bailaban con los otros vivos, cada uno con su propio estilo apasionado, pero todos al son de la misma canción.

Eran como un océano negro por un lado y uno blanco por el otro, con los cuerpos doblándose y curvándose los unos sobre los otros como las olas.

Por raro que pareciera, le recordó a esas veces que Matías la hacía bailar a altas horas de la madrugada en Nueva York por las calles vacías, y se entregaban al momento con la energía y la despreocupación que demostraban los artistas en el escenario.

Sin embargo, apartó ese recuerdo de su mente. Porque se negaba a pensar en la obvia analogía que seguía: ella, viva, bailando con Matías, muerto.

Como si hubieran captado ese pensamiento expulsado, algunas de las sombras comenzaron a bailar despacio a través de la niebla y tomaron a personas vivas como sus parejas. La frontera entre el blanco y el negro en el escenario comenzó a difuminarse hasta tornarse gris.

Aunque estaban atrayendo a almas metafóricas hacia el más allá, lo hacían con un esplendor entusiasta que solo el flamenco podía demostrar, una nueva clase de dúo que celebraba tanto a los vivos como a los difuntos.

El hombre que estaba sentado a su lado sorbió por la nariz. Pero no estaba afligido; sonreía mientras se secaba una lágrima.

El número de personas que cruzaba la línea entre la vida y la muerte fue cediendo, y a medida que las almas cruzaban a la tierra de las sombras, los bailaores se arrancaban dramáticamente los trajes blancos para revelar otros negros más elegantes debajo.

E incluso así, seguían bailando, y todavía así, sus movimientos eran preciosos, quizá hasta más increíbles que cuando estaban vivos.

A medida que la melodía se desvanecía y solo quedaba una guitarra que acabó silenciándose, las almas siguieron bailando como una sola, unidas en un último y coordinado taconeo. La paz de la muerte.

Los bailaores saludaron a la par, y luego la niebla del escenario los envolvió por completo.

El público estalló en un aplauso estruendoso. Furioso. Hubo muchos silbidos. Muchas lágrimas de asombro.

Una reacción entusiasta, menos la suya. Ella, que había perdido a sus padres en un accidente de tráfico un día que se suponía que era de celebración. Ella, que tenía a su novio en coma en el hospital y su alma errante al lado.

Ella entendió el mensaje que los bailaores intentaban transmitir: que la muerte no tenía por qué ser triste.

Que la Señora del Tiempo acabaría yendo a por todos, pero que se podía conseguir que la vida mereciera la pena antes de que eso pasara, de manera que cuando se acabara el tiempo, no se tuviera la sensación de ser arrancado del mundo, sino de trasladarse a la otra vida bailando.

Seguramente eso haría el alma de Matías. Desde luego que él vivía cada minuto al máximo, tanto en potencial como en exuberancia.

Aunque ¿qué pasaba con las personas que se quedaban atrás después de la muerte de sus seres queridos? No había valses en la funeraria, ni taconeaban felices sobre sus tumbas. Cuando Jim y Sarah murieron, fue una tragedia, simple y llanamente.

Si Matías muriera…

—¿Podemos irnos? —preguntó.

—Por supuesto —contestó Matías—. Lo siento. No esperaba que el espectáculo fuera tan filosófico. Y con tu amigo en el hospital… Lo siento.

—No es culpa tuya. El espectáculo ha sido increíble, de verdad. Es solo que…

—Sí.

Cuando salieron, Claire tomó una honda bocanada de aire, como si eso pudiera llevarse el dolor y el miedo. No fue así; no era tan sencillo. Pero se sintió un poco mejor después de caminar unos minutos.

—¿Cómo te sientes? —le preguntó Matías.

—Estoy… bien —contestó—. Más tranquila ahora.

—¿Quieres hablar del tema?

—Quizá algún día —respondió—. Pero esta noche no.

Él asintió con la cabeza.

—Pues muy bien. ¿Quieres seguir explorando Madrid? O si es demasiado y quieres volver al hotel, lo entiendo.

—No, sigamos. —No estaba preparada para volver a estar sola. Y tampoco quería dejar que Matías se fuera, mucho menos con la imagen de las almas bailando en el más allá.