Claire #2
—No entiendo cómo puedes olvidarte de comer, porque yo, literalmente, apunto las comidas en mi calendario, pero me gusta que seas capaz de involucrarte tanto en lo que haces que te olvides por completo de las necesidades básicas.
Él sonrió.
—No creo que mi madre y mi hermana estén de acuerdo con tu valoración de mí, pero gracias. Es una forma muy generosa de… interpretarme.
—Creo que el mundo sería un lugar mejor si todos nos interpretáramos unos a otros con un poco más de generosidad.
—Incluidos nosotros mismos —replicó Matías.
Rodearon el Palacio Real dando un paseo, atravesaron las amplias plazas y acabaron llegando a los Jardines de Sabatini.
Era curioso que, aunque en un principio estaba en su lista de «cosas que hacer», había logrado ir sin planearlo.
El sol se estaba poniendo, y el palacio y el cielo se reflejaban en un estanque alargado en tonos pastel, como una acuarela de colores muy saturados.
—Qué bonito —murmuró Claire, mirando del resplandeciente reflejo del estanque al Palacio Real y el cielo.
—Esta fue una de las primeras escenas que pinté cuando era pequeño —dijo Matías—.
Todavía no sabía mezclar colores ni conocía ninguna técnica, pero recuerdo que cada pincelada parecía magia, ¿sabes?
Al principio, solo había un papel en blanco delante de mí.
Pero luego esbocé la forma del palacio y el largo estanque rectangular y las siluetas de los árboles, y luego añadí pintura, capa sobre capa, hasta que el papel se deformó por la humedad y el peso.
Era una interpretación infantil de una puesta de sol en el Palacio Real, pero pintarla fue una experiencia pura.
—Alegría sin límites —replicó Claire, pensando que esa era también una descripción perfecta del propio Matías.
—Bueno, antes esa era mi filosofía sobre cómo debería ser la vida —le aseguró él mientras se adentraba en los jardines—. Pero ahora creo que, a veces, las barreras de seguridad son buenas.
—¿Ah, sí? —le preguntó mientras lo seguía por el sendero.
—Sí. No se puede vivir solo en busca del hedonismo. No se puede atropellar a todo el mundo que se cruza en tu camino y reorganizar la vida de los demás para adaptarla a la tuya. —Le dio un golpecito a un seto—. Hay que renunciar a ciertas cosas.
«Vega», pensó Claire.
—Pero la alegría y el hedonismo no son necesariamente lo mismo —protestó ella—. Creo que se puede aspirar a la alegría sin límites y seguir siendo responsable.
Matías reflexionó al respecto mientras se adentraban en los jardines en dirección a una gran fuente.
—Quizá tengas razón. Pero es como jugar con fuego. Si vas a hacerlo, debes asegurarte de tener agua cerca.
«¿Eso es lo que soy? —se preguntó ella—. ¿Agua para su fuego?». A lo mejor Vega y él eran dos llamas, y juntos acabaron ardiendo sin control. A lo mejor por ese motivo Matías se mudó a Nueva York, por eso se sintió atraído por alguien tan rígido como ella.
«Soy una aguafiestas —pensó—. Maravilloso».
Y, sin embargo, era lo más cerca que había estado de encontrar un motivo que explicara que alguien como Matías estuviese con alguien como ella.
Cuando el sol se hundió todavía más en el horizonte, Claire le preguntó:
—¿Qué hacemos ahora?
Matías frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
—Has dicho que me ibas a enseñar Madrid de noche. Y ya no hay sol; por lo tanto, es oficialmente de noche.
—¡Ah, cierto! En fin, veamos. ¿Tienes hambre?
—¡No!
No podía dejar que la llevara a un restaurante.
¿Qué iba a hacer, comer comida fantasma mientras ella comía algo real?
Pero, aunque Matías no se diera cuenta de que no estaba comiendo de verdad, notaría que ella pedía al camarero lo justo para una persona.
Y no pensaba pedir una botella de vino entera solo para ella.
Y, ¡por Dios!, el momento de entrar en el restaurante, si el jefe de sala le preguntaba si quería mesa para uno…
—Has contestado con mucho énfasis —dijo Matías—. Pero ¿estás segura? Me ha parecido oír que te rugía el estómago en el laberinto de setos. Podríamos tomarnos unas tapas.
—No tengo nada de hambre —mintió.
«Nada de cena. Ni hablar».
—Vale, si no tienes hambre —dijo él—, ¿has visto alguna vez flamenco en directo?
Claire negó con la cabeza.
—Perfecto. Conozco el mejor sitio.
Para asegurarse de que Matías no intentara acercarse a la taquilla, Claire insistió en comprar las entradas con su teléfono, alegando que podía cargarlas a su cliente como gasto de empresa.
(Era mentira, pero Matías no se enteraría).
Compró dos entradas, por supuesto, para asegurarse de que nadie intentara sentarse junto a ella y encima de Matías.
Pero era un único código QR para las dos y, cuando entraron por las puertas del teatro, el acomodador se limitó a escanear su teléfono y los invitó a entrar; Matías, al ser invisible, por supuesto, pasó desapercibido.
El teatro era bastante íntimo por su tamaño, y encontraron sus asientos sin problemas.
—¿Qué sabes del flamenco? —le preguntó Matías.
Ella pensó en su cuadro de la flamenca con el vestido rojo de volantes, bailando en la playa con almejas a modo de castañuelas.
—Es una forma de arte apasionada —contestó al recordar la concentración y el ardor de la cara de la flamenca en el cuadro—.
Los vestidos son preciosos y forman parte de la actuación, porque el movimiento de la tela contribuye a la danza tanto como el movimiento del cuerpo. Y el ritmo es muy importante.
—Muy bien —replicó Matías—. Estoy impresionado. ¿Seguro que nunca has visto flamenco? Lo describes como una española.
«Eso es solo porque llevo once meses y una semana enamorada de un español», pensó. Pero ¿quién llevaba la cuenta?
Pues ella. Porque con Matías en el hospital, de repente había comprendido que cada hora, cada día, cada semana, importaba.
—El flamenco tiene una larga historia y muchas formas —siguió él—, pero este tipo, en el teatro, es uno de mis preferidos.
Es como una emoción plasmada físicamente.
El ritmo, desde las castañuelas hasta el taconeo, es un corazón latente.
Y cada baile cuenta una historia. A veces, de fuerza; a veces, de amor o de tristeza; pero siempre con un espíritu profundo.
Al poco tiempo, las luces se atenuaron. Durante un minuto, el escenario se quedó completamente a oscuras y el público, en silencio.
Luego comenzó a sonar una solitaria guitarra. Se abrió el telón. Se encendió el foco.
Y una mujer con un vestido rojo apareció meciéndose al ritmo de la melodía.
El público contuvo la respiración.
La siguiente hora transcurrió en una vorágine de vestidos y volantes, pasos de baile ardientes y canciones apasionadas.
Hubo un baile sobre amantes despechados y venganza.
Una historia sobre inmigrantes empobrecidos y los sacrificios que hicieron por sus hijos.
Un dúo sobre una flor que se enamoró de un pez, y los ríos y las montañas imposibles que los separaban.
Matías le susurró las tramas mientras las veían, y ella estuvo embelesada todo el rato.
Para el número final, una bailaora entró en escena con un vestido diseñado para parecer un reloj de arena, con granos que caían desde el corpiño hasta la falda y la cola.
—Soy la Señora del Tiempo — dijo.
—Soy la Señora del Tiempo —repitió Matías en inglés, con la boca tan cerca de su oreja que Claire sintió un escalofrío.
—Y todos estáis a mi merced.
Matías le tradujo las palabras de nuevo.
Claire volvió a estremecerse, pero no por deseo. Se fijó en el maquillaje oscuro que delineaba la cara de la mujer, casi como si tuviera la intención de parecerse a una calavera o a una máscara de la muerte.
—Por favor, no —dijo Claire hablando consigo misma, aunque, al parecer, lo hizo en voz alta, porque Matías le preguntó:
—¿Estás bien?
—No… no sé si puedo ver esto.
—Vale. ¿Quieres que nos vayamos? —Matías, siempre dispuesto a sacrificarse por lo que ella quisiera, ni le preguntó el motivo.
Ella asintió con la cabeza y se agachó en busca del programa, que quería conservar, y de su bolso, que había dejado en el suelo.
Pero justo cuando estaba a punto de levantarse, una máquina de humo comenzó a cubrir el teatro con una niebla y el resto de los integrantes de la compañía salieron al escenario.
Unos cuantos llevaban vaporosos trajes negros con equis pintadas sobre los ojos.
La otra mitad llevaba trajes y vestidos completamente blancos.
El público estaba embelesado a su alrededor.
—No podemos irnos ahora —dijo ella.