Claire
Tampoco quería ir, la verdad. Deseaba con desesperación formar parte de la familia, pero también necesitaba alejarse, y mucho.
«¡Ay, Matías! —pensó—. Así no era como quería conocer a tu familia por primera vez.
Siento mucho haberlo estropeado. Lo estoy intentando con todas mis fuerzas, pero…
Ojalá estuvieras aquí para ayudarme a lidiar con todo esto.
Podrías decirme qué hacer, y podrías traducirme, porque tengo la sensación de que se me están escapando muchos matices.
Y hay muchas cosas que querías enseñarme de tu ciudad natal, pero ahora estoy sola.
No sé qué hacer durante las horas que no estoy a tu lado. Es que me siento… sola».
Cuatro manzanas después de que saliera del hospital, Matías apareció de repente a su lado.
—¡Joder!
—Lo siento, no quería asustarte —dijo Matías.
—Tú… Yo… Da igual. Estoy, mmm, bien —replicó mientras se miraba la mano.
Tenía los dedos cerrados, con las uñas clavadas en la palma.
Así que en ese momento había funcionado, pero antes no. ¿Por qué?
Claro que el motivo le daba igual. Soltó el aire y dejó que los tensos músculos de sus hombros se relajaran un poco, porque Matías estaba allí. Su alma no se había desintegrado después de que lo besara y lo dejara en el sofá de su estudio.
Y su presencia también quería decir que ella podía hacer algo más que recibir sermones de su familia. Podía ayudar a Matías a volver, por todos ellos.
—¿Qué hacías en el hospital? —le preguntó él, que echó a andar a su lado mientras se dirigía a la boca del metro.
—Mmm… Estaba visitando a… un colega. Está enfermo.
—¿Se pondrá bien? —le preguntó él.
—Eso espero.
—¿Ese era el motivo de las llamadas de teléfono que recibiste en mi estudio y por lo que saliste corriendo?
Claire se mordió el labio y asintió con la cabeza. Claro, ¿por qué no? Era una explicación razonable, aunque se basara en la mentira que acababa de contarle.
—Bien —siguió Matías—. A ver, ¡que no está bien que tu colega esté mal!
Siento mucho oírlo. Me refería a que no saliste corriendo ayer porque te besé y compliqué las cosas…
—La miró con una sonrisa tímida, y Claire sintió que unos cálidos temblores le recorrían el cuerpo, porque era la misma sonrisa esperanzada con la que la había mirado la primera vez que quedaron en Nueva York, cuando se presentó en el bufete con la cena.
Parte del atractivo de Matías residía en la combinación de ese cuerpo fuerte y rudo con ese encanto juvenil y alegre.
Claire seguía derritiéndose, incluso después de casi un año con él, y eso la ayudó a dejar atrás el desánimo y a creer que quizá habría un futuro para Matías.
—Fue un beso estupendo —replicó ella, colorada—. Pero…
—¡Uy!
—Me gustas, Matías. Mucho. Y quiero conocerte mejor mientras ambos estamos en Madrid si no te importa. No quiero esperar a que te mudes a Nueva York. Pero quiero hacerlo a la antigua, que sea en plan inocente y contenido, para que nos entendamos.
—¿Eso quiere decir que no puedo besarte ahora mismo? —le preguntó él—. Porque tal como te ilumina la cara la luz de esa farola, me están entrando ganas de pintarte.
Soltó una carcajada al oírlo.
—¡Qué frase más mala! ¿Se la dices a todas las mujeres?
Matías sonrió.
—La culpa la tiene mi mal uso de tu idioma.
—Lo hablas perfecto.
—No si algo sale mal. En ese caso es un problema de traducción, está clarísimo.
Claire se rio de nuevo. Por Dios, qué bien le sentaba hacerlo, y además con su persona preferida.
—Para responder a tu pregunta —le dijo ella—, sí que quiero besarte, pero prefiero que no lo hagamos.
Creo que hay algo romántico en las películas antiguas, cuando el chico y la chica quedan y se enamoran de la mente y de la personalidad del otro, no solo de sus cuerpos.
Las mujeres llevan guantes y cuellos hasta la barbilla y nadie se toca hasta el final de la película.
Sabía que eso era todo lo contrario a como habían empezado, haciendo el amor en el suelo enmoquetado de la biblioteca jurídica, llevados por un impulso. Y lo contrario de la relación tan carnal que él había tenido con Vega, a juzgar por el cuadro de su estudio.
Sin embargo, era la única manera que se le ocurría para mantener su interés sin romper esa tenue conexión entre el estado intermedio de Matías y su propia realidad.
—Mmm —murmuró él al tiempo que se pasaba una mano por el pelo, despeinándose.
Justo como a ella le gustaba—. Creo recordar —siguió— que, en aquellos tiempos antiguos, incluso ver la parte posterior del cuello o la piel de los tobillos era escandaloso.
No tendremos que llegar tan lejos, ¿verdad?
Porque hoy me gusta cómo te queda esa coleta.
Claire se llevó instintivamente la mano al pelo y a la parte posterior del cuello.
Él le guiñó un ojo.
Sintió que se ponía colorada de nuevo.
—De acuerdo —dijo Claire—. Pero cuando te enamores de mí, más te vale que sea primero por mi mente.
—Trato hecho —replicó Matías—. Y ¿me dejarás que te vea los tobillos entonces?
Ella resopló y luego se tapó la boca al oírse.
—Haz como si no hubieras oído nada. Bueno, ¿qué vas a hacer ahora?
—Espero que llevar a una mujer preciosa a ver Madrid de noche.
Con los atardeceres tardíos del verano, el Palacio Real (la residencia oficial de la familia real española y el palacio más grande de la Europa continental) estaba bañado por la suave luz del atardecer.
Había algunos turistas desperdigados por la zona, pero la mayoría no parecía saber que aunque el interior del palacio estaba cerrado a esa hora, los jardines que lo rodeaban permanecían abiertos hasta las diez.
—No me puedo creer que haya gente que viva en un lugar tan grandioso —dijo Claire mientras admiraba las columnas y las esculturas del palacio barroco.
—Siento desilusionarte —replicó Matías—. El Palacio Real se usa principalmente para actos oficiales y ceremoniales.
Claire frunció el ceño.
—Pero el cartel de la entrada decía que era la residencia de la familia real.
—Es la residencia oficial en Madrid —explicó Matías—. Pero no viven en la ciudad.
—¡Ah! Tantos palacios y tan poco tiempo.
Matías se echó a reír.
—No me molestaría tener ese problema.
Ella meneó la cabeza.
—No creo que te gustara tener tantas propiedades inmobiliarias.
Sería un quebradero de cabeza logístico demasiado grande.
Piensa en el mantenimiento de la propiedad y en los gastos anuales de jardinería de varios palacios.
A ver, mira este sitio. —Claire abarcó el espacio que los rodeaba con un gesto del brazo, señalando todos los árboles, los setos y las flores cuidados a la perfección.
—Y eso que no has visto los jardines del palacio —dijo Matías.
—¡A eso me refiero! Necesitarías contratar a un ejército de jardineros. Y solo de pensar en las implicaciones fiscales internacionales…
—¿Quién ve un palacio y lo primero que se pregunta es cuántos impuestos se deben pagar? —replicó Matías, con arruguitas alrededor de los ojos por la risa.
Claire volvió a resoplar y, en esa ocasión, no se molestó en disimularlo.
—No puedo evitarlo. Soy abogada de los pies a la cabeza.
Matías se detuvo en medio de la plaza y se limitó a mirarla.
—¿Qué? —dijo Claire.
—Nada.
—No, en serio, ¿qué? —Miró por encima del hombro, pero no había nada allí. Desde luego que la estaba mirando a ella.
—Eres muy sensata —contestó Matías—. Diferente de la mayoría de mis amigos y… de otras personas que conozco.
Estaba bastante segura de que se refería a Vega, que, en ese momento, era su exnovia desde hacía muy poco tiempo.
—No puedo evitarlo —repitió—. Soy como soy.
—¡No es algo malo! —le aseguró Matías—. Seguramente necesite más de eso en mi vida.
Soy la clase de persona que se olvida de lo básico cuando estoy pintando.
Cuando era más joven, mi madre o mi hermana, Araceli, llamaban a mi puerta a la hora de comer y me sorprendía al descubrir que habían pasado diez horas desde la última vez que había probado bocado.
Pero a mis años soy capaz de perder días enteros si estoy inmerso en la pintura.
Claire asintió con la cabeza, pero cerró los ojos un momento. Porque era algo que ya sabía de él y, aunque estaba disfrutando de ese rato con él, también le resultaba doloroso que Matías no supiera que ya se conocían, que ya se querían, que ya tenían muchos recuerdos en común.
Ya sabía que era un hombre brillante y con mucho talento, pero despistado y sin sentido del tiempo.
Ella le pedía que hiciera algo, como sacar la basura, y él le aseguraba de buena fe que lo haría «ahora mismo», pero luego, cuatro horas después, el cubo de la basura seguía a rebosar mientras él estaba dibujando una nueva idea, tocando algo nuevo en el ukelele o jugando una séptima partida de ajedrez online.
Eso la había estado desquiciando durante los últimos meses.
Pero allí, en Madrid, con la posibilidad real de que él muriera, tenía muy claro que se había equivocado.
Al igual que ella no podía evitar ser organizada al extremo y tener un cerebro que funcionaba como un calendario, Matías no podía evitar volcarse en todo lo que hacía.
Eso era lo que lo convertía en un artista maravilloso y con tanto éxito.
Pero esa misma capacidad de sumergirse en el profundo estanque de su imaginación cuando pintaba también significaba que se sumergía con la misma intensidad en todo lo demás (el ajedrez, el dibujo, tocar el ukelele) y que, a veces, se olvidaba de pequeñas preocupaciones mundanas como la basura.
Cada persona tenía un precio de admisión.
Lo había leído en un libro de consejos sobre relaciones hacía años, pero no lo había entendido hasta ese momento.
El precio de admisión para estar con ella era aguantar su necesidad de control absoluto.
El precio de admisión para estar con Matías era aceptar que no se le podía controlar de ninguna de las maneras.
Abrió los ojos y le sonrió.