Claire #2
La tía Juanita y el tío Víctor se levantaron de sus asientos al otro lado de la cama.
Llevaban allí una hora, y la abuela Gloria había estado una hora antes, cantándole; era el turno de otra persona.
La dedicación de la familia De León era asombrosa.
Siempre había alguien en la habitación durante las horas de visita, asegurándose de que Matías pudiera sentir su amor y supiera que, en ese lado de la conciencia, muchas personas se preocupaban por él y anhelaban su regreso.
La familia de Claire no había sido numerosa. Ni siquiera recordaba a sus padres biológicos, que murieron antes de que se le fijaran los recuerdos. Y la familia que los siguió fue reducida. Rebosante de amor, pero solo eran un pequeño trío.
¿Cómo habría sido crecer rodeada de tantos familiares? ¿Saber que si te caías, había tantas manos dispuestas a levantarte?
«Traidora», pensó. Había tenido suerte de contar con Jim y Sarah.
Algunos de los otros niños de su hogar de acogida nunca consiguieron un lugar permanente donde quedarse ni los adoptaron.
Pasaban de una casa a otra, año tras año, hasta que cumplían dieciocho y los arrojaban al mundo, completamente solos.
Ella había tenido familia durante un tiempo por lo menos.
Araceli y Soledad entraron en la habitación. Claire sonrió al verlas.
Soledad no le devolvió la sonrisa.
—¿Dónde has estado?
—Yo… tuve que trabajar hasta tarde por la diferencia horaria —contestó—. Así que me quedé dormida. Y luego tenía que ocuparme de una cosa antes de venir. Se lo dije a Araceli.
Soledad se dejó caer en su asiento con pesadez, cruzando los brazos.
—No deberías trabajar mientras estás aquí.
—Lo sé. Pero mi trabajo…
—Los estadounidenses estáis casados con el trabajo. Pero un trabajo no es la vida.
Claire torció el gesto. Lo sabía. Todo el mundo lo sabía.
Pero también le encantaba su trabajo; la emoción de trabajar en acuerdos que luego aparecían en los titulares de la prensa; la adrenalina de hacer malabarismos con tantas cosas importantes a la vez sin que se le cayera ninguna, de saber que sin ella nada de eso sería posible.
Que ella era la hechicera detrás de la cortina.
Lo cierto era que los estadounidenses se volvían adictos al trabajo en detrimento de otras facetas de sus vidas.
Pero, en su caso, tenía claro que no quería la fantasía con la que soñaban tantos otros: pasarse la vida sentada disfrutando del tiempo libre sin más.
Se volvería loca (y volvería loco a Matías) en menos de un mes si no tuviera un objetivo de alta intensidad por el que luchar.
Sin embargo, no quería que Soledad y Araceli pensaran que estaba ausente solo por el trabajo. Eran la única familia con la que contaba en ese momento, aunque todavía no formara parte oficialmente de ella, y necesitaba que entendieran que estaba tratando de ayudar a Matías.
¿La creerían?
No lo sabía. Pero tenía que intentarlo.
—He… estado con el alma de Matías —confesó—. Fuera del hospital. Por eso me ausentaba.
Araceli y Soledad la miraron sin comprender.
Claire tragó saliva y lo intentó de nuevo.
—Creo… que su conciencia está separada. Pero fue a verme al hotel y he hablado con él. Por eso no he estado aquí. Siento que necesito estar con el alma de Matías, para intentar que vuelva a conectar con esta realidad.
—Ya vale —la interrumpió Soledad—. No quiero oír excusas tan ridículas.
—Pero yo…
Araceli meneó la cabeza.
—Es un momento difícil para todos, Claire. Sé que es duro y lo siento. Pero si quieres ayudar a Matías, tienes que centrarte.
—Él está aquí —dijo Soledad—. No es un fantasma en tu hotel.
Claire sentía el escozor de las lágrimas en los ojos.
—No he dicho que fuera un fantasma. No me lo estoy inventando…
—Mañana por la mañana se celebrará una reunión —le dijo Araceli mirándola con tristeza, como si le doliera que estuviera enloqueciendo—, la reunión conmemorativa , para recordar a Carlos y Diego.
Eran como hermanos para Matías. Él siempre estaba en sus casas y ellos siempre estaban en la nuestra.
Han estado con nosotros desde que tengo uso de razón y eran como hermanos para mí.
Claire se secó las lágrimas que amenazaban con derramarse.
Había sido una apuesta arriesgada contarle a Araceli y a Soledad lo de Matías, pero ni siquiera le habían dado una oportunidad.
Habían descartado sus palabras con la misma facilidad con la que alguien se encoge de hombros al oír las historias fantásticas que cuentan los niños pequeños y, en ese momento, sentía su desapego con fuerza.
Sin embargo, tenía que seguir contando con su apoyo. Soledad y Araceli controlaban el acceso a Matías.
— Reunión conmemorativa mañana por la mañana —repitió—. Por supuesto. Allí estaré.
—No —la contradijo Soledad—. ¡Estarás aquí! En esa silla. —Señaló con el dedo el lugar donde estaba sentada.
—¡Oh! —Sintió que le temblaba todo el cuerpo mientras intentaba mantener su orgullo y, al mismo tiempo, ceder a la voluntad de Soledad—. Mmm, de acuerdo. Creía que Araceli me estaba pidiendo que fuera a la reunión, pero, por supuesto, me quedaré con Matías.
—Él es tu vida —añadió Soledad, meneando la cabeza—. Se suponía que ibas a venir a España con él. Sin embargo, te quedaste en Nueva York por tu trabajo. Pero él iba a pedirte que te casaras con él. ¿Lo sabías, Claire?
—Sí… —Sorprendida por la dura reprimenda, fue incapaz de mentir.
Araceli soltó un gritito ahogado.
—¿Lo sabías? ¿Y decidiste no venir?
Claire bajó la mirada al suelo.
—Cometí un error.
—Y no es el único —replicó Soledad—. Mi Matías está aquí, sufriendo, cada minuto, cada segundo de cada día.
El resto de la familia está aquí, cada minuto, cada segundo de cada día, todo el tiempo que nos permiten.
¿Y tú dónde estás? ¿Trabajando? ¿Durmiendo?
¿Visitando un estudio vacío y buscando un fantasma?
—Yo…
—No sé lo que estás buscando, Claire —la interrumpió Soledad—, pero no está ahí fuera.