Claire
¡Matías!
Se abalanzó sobre el móvil, sin mirar siquiera la pantalla antes de contestar.
—¿Araceli?
—No ha sido un infarto.
—¡Gracias a Dios! —suspiró por el alivio, y todo el aire que tenía en los pulmones la abandonó de golpe—. Entonces, ¿su corazón está bien?
—Los resultados del TAC no muestran ninguna anomalía y acaban de hacerle otro electrocardiograma y también está bien. Van a seguir vigilándolo. Algo causó estrés en el corazón de Matías. No saben qué fue, pero su corazón está estable por ahora.
«Fui yo — pensó—. Yo le causé estrés al corazón al besarlo».
Sin embargo, a lo mejor solo fue como las otras veces que había estado con el alma de Matías y eso aumentó la actividad cardíaca del Matías real.
A lo mejor el contacto físico (el beso) fue una estimulación excesiva y cruzó la línea entre un aumento positivo y unos niveles preocupantes para los médicos.
Así que no podía volver a tocarlo.
Claro que debía considerar otra cosa. El alma de Matías se volvía cada vez más sólida según aumentaban sus encuentros.
Debía de estar funcionando. Estaba conectando con él, y eso estaba fortaleciendo su apego a este mundo.
Y como ya sabía que la parte física de Matías se encontraba estable en el hospital, tendría que encontrar su alma y disculparse por haber salido corriendo el día anterior del estudio. También tenía que inventarse una excusa para explicar por qué no podían tocarse.
—Claire, ¿vas a venir al hospital? —preguntó Araceli—. Mi madre está preguntando por ti.
—Lo siento, acabo de despertarme —respondió—. Tengo que hacer una cosa esta mañana, pero te prometo que iré más tarde.
Volvió a la cafetería del día anterior, donde apareció Matías. Se sentó en la misma mesa de la terraza. La repetición no había funcionado en el quiosco de bebidas, pero estaba agotada y no se le ocurría nada mejor.
Se acercó una camarera y Claire, que sabía que tenía que practicar el español si quería mejorar, respiró hondo y dijo despacio:
— Buenos días. Un café con leche, por favor .
— Vale —dijo la camarera—. ¿ Algo para comer ?
Claire repitió la pregunta en su cabeza, analizando las palabras. Entendió las tres sin problemas.
Por desgracia, todavía no sabía leer lo suficiente como para entender el menú, y no quería pedir churros con chocolate porque, por mucho que lo intentara, la descripción que hizo Vega contándole que Matías se los daba de comer estaba demasiado fresca como para no recordarla antes de tomarse el café.
Sin embargo, había aprendido otro truco con la aplicación del móvil.
Muchas palabras inglesas se parecían a las españolas, aunque no se escribieran exactamente igual.
— ¿ Una recomendación ? —le dijo a la camarera—. Una sorpresa, por favor.
La camarera sonrió.
— Vale —le dijo la chica, y eso no necesitó traducirlo.
El café llegó unos minutos después y se lo bebió despacio mientras miraba hacia las aceras y la calle, aunque en realidad no veía nada. Sus pensamientos estaban centrados en Matías.
¿Cómo le decía que no podían tocarse?
¿Y si se inventaba que había algo en su pasado que la hacía tímida?
En cierto sentido, era verdad. Después de la muerte de sus padres, no soportaba los abrazos ni las muestras de afecto.
El amor y los brazos fuertes eran asuntos familiares, y desde que le arrebataron a Jim y a Sarah, se negaba a que alguien mancillara el recuerdo de su ternura.
Tardó tres años completos en superarlo, mientras estudiaba en la facultad.
Cuando se graduó, se sentía lo bastante preparada como para volver al mundo normal.
En el momento en que su compañera de habitación en la residencia de estudiantes le dio un abrazo aquel día, no sintió ganas de vomitar.
Sin embargo, aunque esa era una información que podía compartir con su Matías (de hecho, él ya lo sabía), era demasiado para el otro Matías, que todavía no la conocía lo suficiente.
Además, nadie quería estar con una persona que en la segunda cita (o cuarto encuentro) se presentaba con todo el equipaje abierto y la ropa tirada por el suelo, ¿verdad?
Y el objetivo de todo era conseguir que se enamorase de ella, que se sintiera obligado a volver a esta realidad para estar con ella y, entonces, que Matías despertara.
¿O el objetivo era simplemente conseguir que se enamorase de ella?
Esa había sido una de las suposiciones de la profesora Hong.
Sin embargo, la mujer no había previsto que cuanto más tiempo pasara ella con el alma, más sólida se volvería su presencia hasta el punto de que Matías podría llevarla en volandas al otro lado del estudio, inmovilizarla contra la pared y besarla.
¿Y si no tuviera que conseguir que se enamorara por completo de ella?
¿Y si solo tuviera que pasar suficiente tiempo con él para que su vínculo se fortaleciera?
Al fin y al cabo, hasta ese momento parecía haber dado resultados positivos, aparte del beso, la verdad fuera dicha, que la excitaba solo con pensarlo.
No le extrañaba que a Matías se le hubiera acelerado el corazón.
La camarera regresó a la mesa con un plato humeante.
— Migas —dijo, señalando el plato.
Claire sonrió. Sabía lo que eran las migas (trocitos de pan frito con chorizo, tocino y ajo) porque Matías se las había preparado.
— Delicioso, gracias —replicó cuando tuvo el plato delante.
— ¿ Más café ? —le preguntó la camarera, señalando la taza vacía.
— Sí, uno más, por favor .
Claire se detuvo un momento para disfrutar del aroma de su desayuno. No había nada como una comida rica y abundante después de una noche larga. Para mucha gente, sería comida de resaca. Para ella, era comida para después de trabajar hasta las cinco de la madrugada.
Gimió al probar las migas y cerró los ojos.
Los sabores se fundían en su lengua (carne, especias, ajo y aceite de oliva), mezclados con la textura crujiente del pan.
Aunque nunca había estado en España antes, esa comida le sabía a hogar.
Era una de las muchas cosas que Matías le preparaba, y lo echaba de menos, lo echaba de menos a él.
Quería comer a cámara lenta, saborear cada bocado.
Abrió los ojos. «¡Eso es!», pensó.
«Quiero tomármelo con calma», eso le diría a Matías. Sabía que si le decía algo así, él lo respetaría. Era un hombre atento y considerado.
La progresión sería la contraria del comienzo de su relación en Nueva York, cuando hicieron el amor de forma impulsiva y apasionada en el suelo de la biblioteca jurídica.
Esperaba ser lo bastante atractiva sin ese tipo de pasión física.
No quería pensar en Vega, pero lo cierto era que el alma de Matías acababa de separarse de su novia de los últimos quince años.
Bueno, el Matías que se enamoró de ella en Nueva York también venía de lo mismo.
«Pero no puedo tocarlo sin poner en peligro su vida — pensó—. Así que no me queda alternativa».
Eso tendría que bastar.
Mientras terminaba de desayunar, pensó en el plan de decirle a Matías que le gustaba, pero que necesitaba ir despacio.
No era lo que quería (se pasaría la vida rememorando una y otra vez el beso en el estudio), pero ansiaba todavía más que su Matías real y corpóreo despertase, se curara y volviera a estar con ella.
—De acuerdo —dijo mientras apuraba el plato y se bebía el segundo café—. Estoy preparada. Lista. ¡Vamos a hacerlo!
Se armó de valor respirando hondo para tranquilizarse y luego presionó los dedos contra la palma de la mano izquierda.
La actividad en la calle continuaba como de costumbre. No había ningún conocido.
Claire frunció el ceño. Flexionó y extendió los dedos de ambas manos, y luego lo intentó de nuevo, manteniendo la presión sobre la palma.
Se quedó así durante cinco minutos enteros, mirando la acera y la entrada de la cafetería, sin resultado.
«¿Matías?», pensó, probando la técnica de visualización que algunos amigos del mundo del arte de Yolanda y Jason defendían a capa y espada. (Los abogados no acostumbraban a creer en temas esotéricos, pero eso era antes de que empezara a salir con el alma de su novio).
Aun así, Matías no apareció.
Miró las mesas cercanas. Había un anciano leyendo un periódico. Un par de madres charlando mientras movían los cochecitos de sus bebés. Una ejecutiva con traje escribiendo en el móvil.
Nadie la miró mal cuando se llevó la palma de la mano a los labios y se la besó.
Pensó en la boca de Matías, suave y caliente al mismo tiempo, sobre la suya.
En sus manos, recorriéndole la piel desnuda.
En sus cuerpos fundidos, como si nunca pudieran estar lo bastante cerca, como si hubiera una forma de ocupar el mismo espacio.
Dejó que el beso y la ensoñación se prolongaran durante un buen rato, como la sensación del sol en la piel después de un día de verano.
Luego abrió los ojos, expectante.
Solo estaban las mismas personas de antes. Y el anciano del periódico la miraba con preocupación paternal, con las pobladas cejas levantadas.
—¡Mierda! —susurró. ¿Por qué no funcionaba? Matías siempre había aparecido cuando presionaba ese punto de su mano.
Se quedó en la cafetería otra hora, repitiendo el proceso de presionarse la palma. Lo intentó con las monedas. Sosteniendo otra taza de café. Se la pinchó con un bolígrafo que le pidió prestado a la camarera.
Pero Matías no apareció.
Al final, tuvo que rendirse para irse al hospital. Si no podía estar con el alma errante de Matías, necesitaba estar con su cuerpo inmóvil.
Sintió un nudo en la garganta al pensar en él como una masa inmóvil de carne y huesos.
«No, él es más que eso. Mucho más».
Dejó más dinero del que debía por el desayuno y se apresuró a regresar al hospital.
En los hospitales, el aburrimiento es una buena señal. Después de pasar la noche en vilo por el corazón de Matías, para Claire fue un alivio triste, pero bienvenido, el simple hecho de sentarse a su lado.