Un año atrás en España Matías
68%

Matías

Un mes antes

—¡Por fin llegas! —exclamó. Llevaba un impecable vestido negro y el pelo recogido en un moño elegante—. ¿Dónde has estado?

—Estaba jugando al voleibol en las pistas de arena. —Intentó acercarse para darle un beso, pero ella se apartó.

Él miró hacia abajo.

—¿Qué?

—Estás dejando arena por todas partes. Creía haberte dicho que nos descalzamos nada más entrar por la puerta.

—¡Ah, claro! —Volvió a la entrada y se quitó las zapatillas.

Salió más arena. Claire suspiró. Lo cierto era que estaban en su piso y a él no le importaba la arena, pero ella quería que todo estuviera limpio y ordenado para él, y lo entendía y lo apreciaba.

El problema era que tenía una regla para todo y le resultaba difícil recordarlas todas.

—El voleibol no estaba en tu agenda —dijo Claire.

—Lo sé, pero cuando salía del estudio, me llamó Lawrence y me preguntó si me apetecía jugar, así que pensé: «¿Por qué no?».

—«¿¡Por qué no!?» —exclamó Claire, levantando los brazos—. ¡Porque mi bufete celebra esta noche en Le Bernadin la gran cena de bienvenida de verano para los estudiantes en prácticas de la Facultad de Derecho, y empieza dentro de media hora!

—Coño —maldijo Matías — . Se me había olvidado. Lo siento mucho. Me cambiaré rápido y…

—No, no puedes ir así. Estás lleno de protector solar y tienes el pelo sudado. Matías… —la voz de Claire pasó de enfadada a desesperada—, pronto me nombrarán socia. No puedo… Tú no puedes… —Le temblaba todo el cuerpo.

—Oye, oye, churri , shhh. No pasa nada. Lo sé. La he fastidiado y lo siento. —Se acercó a ella para abrazarla, pero recordó que llevaba la ropa de deporte, sudada y llena de arena.

Claire bajó la cabeza, todavía temblando.

—Tengo que irme. Por favor, dúchate, arréglate y ven tan pronto como puedas, ¿sí?

Matías le levantó la barbilla para que lo mirara.

—Eso haré. Y te compensaré, te lo prometo.

El agua caliente caía en cascada sobre el cuerpo de Matías mientras se lavaba el pelo con champú lo más rápido que podía.

Tenía que controlarse. Al principio de su relación, Claire había sido paciente con su impulsividad y su tendencia a olvidar las citas, pero después de diez meses juntos, sabía que esa parte de su personalidad estaba empezando a cansarla.

No quería que se enfadara con él, como le pasaba a su hermana cuando vivía en Madrid y tenía que ir a buscarlo para asegurarse de que no se había sumergido en el trabajo y había abandonado el resto de sus responsabilidades.

Una cosa era que Araceli se sintiera así, porque era su hermana y no podía abandonarlo, y otra cosa muy distinta era empezar a irritar a Claire.

Porque quería pasar la vida con ella. Lo tuvo claro desde el principio, pero con el trascurso del tiempo se había ido convenciendo cada vez más.

Eran polos opuestos, pero juntos conformaban algo precioso, como la luna y su reflejo en un lago.

A diferencia de lo que sucedió con Vega, que se parecía mucho a él, pero multiplicado por mil.

Echando la vista atrás, estaba claro que no debería haberse quedado tanto tiempo con Vega.

Pero después de estar comprometidos durante más de diez años, había aceptado que así era su vida.

Vega era temperamental y egocéntrica, que era lo que la ayudaba a crear esculturas únicas.

Muchos artistas eran egocéntricos y propensos a los excesos.

Sin embargo, cuando lo invitaron a ir a Estados Unidos y ella reaccionó negándose a casarse con él y quitándose del dedo el anillo de compromiso de ónix negro, lo vio todo por fin con claridad.

Vega no apoyaba su carrera profesional. Vega nunca sacrificaría sus propios deseos por los suyos.

Y su tendencia a quemar cualquier cosa cuando sufría un arrebato temperamental era lo contrario de lo que él necesitaba, porque, a veces, también se sumergía tanto en el arte que cobraba vida en su cabeza que se desconectaba de la realidad.

Necesitaba a alguien con los pies en la tierra, y Vega no era esa persona.

«Quédatelo —le había dicho ella, refiriéndose al anillo de ónix—. Quizá puedas reutilizarlo con alguna estadounidense guapa».

El corazón de Matías estaba roto y pisoteado, pero sabía que nunca conservaría ese anillo, que nunca se lo daría a otra mujer.

Le pidió a Carlos que lo vendiera, y su amigo lo hizo al día siguiente.

Luego, salió con todo el grupo y se gastaron el dinero del anillo de Vega en cerveza suficiente para ahogar sus penas durante una semana.

Sin embargo, eso fue entonces, cuando sentía que toda su vida estaba en constante cambio. En ese momento, tenía a Claire, que era como un reloj preciso que marcaba el tiempo, ayudándolo a no perderse demasiado mientras deambulaba por el mundo.

El problema era que ella se estaba alejando. Tenía que encontrar la manera de recuperarla.

«Le pediré matrimonio —pensó mientras el agua caliente le aclaraba el champú del pelo—. ¿Por qué esperar? Quiero pasar el resto de la vida con ella».

Comenzó a diseñar el anillo en su cabeza de inmediato. Un sol brillante compuesto por un diamante redondo en el centro y topacios alargados a su alrededor como si fueran llamas, porque le daría a Claire todas las estrellas del cielo si pudiera, pero, como no podía, por lo menos que tuviera el sol.

Sería perfecto. Tenían previsto visitar España al mes siguiente.

Ella conocería a su familia en persona, y también a sus mejores amigos.

Él le enseñaría los mejores lugares de Madrid, igual que ella le había enseñado Nueva York.

Y luego, cuando estuvieran en el teleférico que cruzaba la ciudad ofreciendo unas panorámicas impresionantes, hincaría una rodilla en el suelo y le pediría a Claire que se casara con él.

Y, con suerte, ella le diría que sí.