Matías
Cinco meses antes
Se hizo con la paleta y un tiento para apoyar la mano, porque ese día pensaba trabajar en los detalles.
El cuadro representaba una galleta de la fortuna partida por la mitad, unida por la tira de papel blanco que había en su interior.
Pensaba añadir versiones en miniatura de Claire y él sentados en la galleta, disfrutando de un pícnic con comida china para llevar.
Le echó un vistazo al boceto que había pegado en la pared detrás del caballete y eligió varios de sus pinceles más pequeños, que se colocó entre los dedos de la mano izquierda.
De esa manera podía trabajar más rápido con múltiples colores de diferente intensidad: rojo fuerte para el vestido de Claire, marrón oscuro para su pelo y un melocotón radiante para su cara.
Sin embargo, cuando empezó a pintarla, afloró a la superficie un recuerdo desagradable.
Años antes, en Madrid, había pintado un enorme cuadro de la que entonces era su novia, Vega, y él.
Se conocieron a los dieciocho años, cuando empezaron a estudiar en la escuela de arte, y en aquel entonces quiso plasmar su trayectoria de crecimiento juntos como artistas, como pareja y como personas.
Así que se pintó dándole vida con sus pinceles desde el boceto preliminar a la colorida obra, mientras ella lo moldeaba con arcilla.
Moldeándose mutuamente mientras crecían como artistas individuales.
Se estremeció al pensar en dónde había colocado las manos de Vega en el cuadro.
El sexo entre ellos había cobrado mucha importancia porque él era muy joven cuando la conoció y, en la mente de un chico de dieciocho años, pocas cosas ocupan más espacio que el sexo.
Sin embargo, reflexionando a esas alturas, le quedaba claro que su desenfrenada pasión física no le había dejado ver el egoísmo de Vega, su incapacidad de dar más de lo que recibía.
Vega era una mujer guapísima y usaba su belleza para exigir.
Esperaba que la dejaran pasar en cualquier cola y que la invitaran en todos los bares.
Si quería salir, siempre era siguiendo los planes de Vega, no los suyos.
Y si ella lo llamaba a las cuatro de la madrugada borracha desde una fiesta a la que no lo había invitado, esperaba que él se levantara de la cama y fuese a recogerla.
Claire, en cambio, tenía una belleza serena. No la usaba como un arma. Estaba ahí, pero no era lo más importante para ella, y eso, pensaba, la aumentaba todavía más.
Pintó el óvalo de su cara en el cuadro. Las ondas castañas de su pelo. Luego dibujó su cuerpo con un vestido burdeos y, mientras la punta del pincel acariciaba cada curva (los pechos, la cintura, las caderas), se le aceleró el pulso.
Sin embargo, a diferencia de Vega, en el caso de Claire no era solo su cuerpo lo que le aceleraba el corazón.
Era su forma de iluminarse cuando lo veía al final de un largo día.
Era su forma de tocarlo siempre que pasaba a su lado: un ligero roce de los dedos en la nuca o una mano que se posaba un momento en su hombro.
Era su forma de gemir agradecida cuando cocinaba para ella y los regalitos que le llevaba cada vez que veía algo que pensaba que podía gustarle: una novela, un cuaderno de bocetos encuadernado a mano, una flor preciosa.
Era la atención con la que lo escuchaba. Era su forma de ayudarlo a no olvidar sus citas.
Y, sobre todo, era su amor.