Un año atrás en España Claire #2
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Claire #2

—Es mi hermano mayor. Se supone que debe ser fuerte. Se supone que siempre debe estar ahí, y que yo debo estar tranquila al respecto. Y míralo… —Su expresión se volvió más intensa conforme hablaba.

Claire lo entendió. Cuando murieron sus padres, ella también se enfadó con ellos, de una forma completamente irracional.

Se enfadó por lo ansiosos que estaban por irse de viaje en autocaravana a Carhenge.

Se enfadó porque murieron sin consultarlo primero con ella.

Se enfadó porque no estarían allí para despedirla cuando se fuera a la Facultad de Derecho, para verla cuando se casara, para conocer a sus nietos.

Se enfadó porque otra vez la habían dejado sola en el mundo.

—Lo entiendo —le dijo Claire a Araceli—. A veces, el dolor se disfraza de ira, porque con la ira puedes lidiar. El dolor por sí solo te va consumiendo hasta que te quedas marcada por la tristeza y el arrepentimiento. Es mejor gritar, dar patadas y puñetazos a las cosas.

—Creo que los médicos no estarían muy contentos si le diera un puñetazo a Matías —replicó Araceli con una risa amarga.

—Puedo buscarte una almohada de repuesto si quieres —se ofreció ella.

Una enfermera entró empujando un carrito lleno de viales, agujas, torniquetes y otros suministros.

Dijo algo en español (Claire supuso que le estaba diciendo a la familia que iba a sacarle sangre a Matías) y luego comenzó el proceso de desinfectarle la flexura del codo, uno de los pocos lugares que no estaba cubierto por vendajes y escayolas.

Claire se mordió el labio. La piel de Matías estaba amoratada por todos los pinchazos.

El primer día, preguntó por qué no le ponían una vía intravenosa para poder extraerle sangre por ahí, pero la respuesta fue que algunas pruebas requerían una extracción estéril y eso significaba que primero tenían que limpiarle la piel.

Todavía no entendía por qué las vías intravenosas no se consideraban estériles, pero durante los días que llevaba allí había visto a las enfermeras sacarle sangre a veces de una vía intravenosa y otras veces del mismo sitio maltrecho que estaban usando en ese momento.

Apartó la mirada durante el proceso. No le daba asco la sangre en sí, pero ver que extraían la fuerza vital del cuerpo ya debilitado de Matías era demasiado para ella.

Parecía mucho más pequeño en la cama del hospital; era impactante lo rápido que los músculos perdían el tono, lo rápido que un paciente podía perder peso.

Cuando la enfermera se marchó, entró otra con un electrocardiógrafo portátil. Araceli se levantó.

—No puedo seguir aquí. Voy a tomar el aire.

Cuando la enfermera le abrió la parte delantera de la bata a Matías, Claire soltó un grito.

Era la primera vez desde que estaba en el hospital que veía esa parte de él al descubierto.

Sabía que lo habían operado para detener la hemorragia interna, pero en ese momento le vio las marcas rojas y los gruesos puntos negros de las incisiones.

Vio el afeitado irregular y poco digno del vello de su torso que hicieron para limpiarle la piel y prepararla para la cirugía y los adhesivos del monitor cardíaco, como si una cortadora de césped hubiera enloquecido.

La flacidez de sus abdominales, normalmente tensos.

«¡Dios mío, Matías!».

El resto de la tarde transcurrió así: enfermeras entrando y saliendo a medida que se solicitaban más pruebas. Le hicieron radiografías. No vieron nada obvio. Solicitaron un TAC para verle el corazón.

La cirujana amiga de Soledad y Armando regresó con el cardiólogo de antes. Dejaron que los padres se quedaran en la habitación, aunque estaba abarrotada, para que oyeran los resultados de las pruebas.

— Tiene los niveles de troponina elevados, lo que indica estrés en el corazón —dijo el cardiólogo.

Luis, que había aprendido cómo se decía esa terminología médica en inglés gracias a la app de Claire, le tradujo en voz baja:

—Los niveles de troponina de Matías son altos, lo que significa que había algún tipo de estrés en el corazón.

Claire sintió que se le helaba la sangre en las venas.

— ¿ Eso es malo ?

— Todavía es difícil saberlo —respondió el cardiólogo—. El electro cardiograma tampoco era normal, pero en la radiografía no se ve nada pre ocupante .

—Todavía es difícil saberlo —le tradujo Luis—. El electrocardiograma no era normal, pero en la radiografía no han visto nada preocupante.

—Sí, pero eso no significa que esté bien, ¿verdad? Es difícil ver las cosas en las radiografías. ¿No es por eso precisamente por lo que han pedido un TAC?

Luis le tradujo las preguntas al médico, y el hombre ni lo confirmó ni lo negó, solo dijo que debían esperar hasta contar con más información.

Soledad levantó los brazos.

— ¿Y a qué esperamos? ¡Su corazón podría sufrir daños irreversibles! Dadle algún medicamento o algo. ¡Por favor!

Su amiga, la cirujana, la abrazó, y Soledad rompió a llorar.

Sin dejar de abrazarla, Liliana les explicó que los parámetros de Matías habían recuperado los valores normales para un paciente en coma (frecuencia cardíaca, presión arterial, pulso), por lo que no querían administrarle medicamentos como un betabloqueante que pudiera suprimir demasiado su corazón.

Los medicamentos cardíacos eran muy potentes, pero debían tener en cuenta sus efectos secundarios.

No querían excederse y causarle más daño del que ya había sufrido si no era necesario.

Claire no había apartado la mirada de Matías desde que entraron los médicos, ni siquiera mientras les hacía preguntas. Lo cierto era que su cuerpo parecía incapaz de seguir aguantando y ella entendía el afán del equipo médico en encontrar el equilibrio entre la precaución y la atención médica.

Aun así, la incertidumbre de la espera era horrible.

Sintió la vibración de su móvil. Era un mensaje de Yolanda. En Nueva York era la hora del almuerzo.

Qué tal estás? Cuéntame.

Claire suspiró. Necesitaba hablar con una amiga con desesperación. Sin embargo, Yolanda tendría que esperar. Así que le contestó:

En el hospital. Te llamo dentro de unas horas?

Yolanda contestó al instante.

De acuerdo. Si estoy ocupada con alguna llamada, la dejo. Aquí está pasando algo. Tenemos que hablar.