Un año atrás en España Claire
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Claire

Araceli contestó su llamada justo antes de que entrara en la boca del metro.

—¿Qué ha pasado?

—¡No lo sabemos! Luis y yo estábamos sentados con Matías, contentos porque su actividad cerebral y cardíaca habían vuelto a elevarse, en el buen sentido.

Creíamos que a lo mejor era una señal de que saldría del coma.

Pero hace unos minutos, su ritmo cardíaco se disparó, más que si estuviera corriendo incluso, y saltaron todas las alarmas.

Las enfermeras nos han echado de la habitación y los médicos están llegando ahora.

—¡Dios mío!

—Claire, tienes que volver al hospital.

—Acabo de salir del estudio de Matías. Llegaré tan pronto como pueda.

El trayecto en metro se le hizo interminable.

Parecía que el conductor se detenía en cada estación más tiempo del necesario y, justo cuando el tren estaba a punto de partir, aparecía inevitablemente alguien rezagado que bajaba corriendo las escaleras, y los pasajeros bienintencionados mantenían las puertas abiertas durante treinta preciosos segundos más.

«¡Vamos, vamos, vamos!» , pensaba ella mientras caminaba de un extremo al otro del vagón, mirando sin parar el mapa del metro, como si así pudiera conseguir llegar antes a las siguientes estaciones.

Sin embargo, cada vez que llegaban a una, el tren reducía la velocidad en medio del túnel.

O se tomaba su tiempo para llegar a una parada y luego se quedaba allí, sin moverse, esperando seguramente a que se despejara la vía, aunque ella no pudiera verla, claro.

Se puso los auriculares y trató de escuchar una lección de español.

Sin embargo, su mente no se concentraba.

Las conjugaciones verbales y el vocabulario nuevo revoloteaban desde el teléfono hasta sus oídos y luego se escapaban a las estaciones del metro, sin molestarse en quedarse en su cabeza aunque fuese un segundo.

Las frases que había entendido al final de la última lección, que escuchó el día anterior junto a la cama de Matías, le parecían un galimatías en ese momento.

No, ni eso, porque apenas registraba los sonidos. La charla preocupada de sus pensamientos ahogaba todo el español.

Cuando el tren llegó por fin a su parada, salió en tromba y corrió hasta el hospital, empujando a la gente en las aceras, sin dejar de gritar « ¡ Perdón !

» aunque no estuviera arrepentida en absoluto, porque no le importaba cómo se sintieran.

Lo único que le importaba era llegar hasta Matías, y había tardado demasiado.

Irrumpió en el hospital y estuvo a punto de chocarse con un celador en la entrada. Lo esquivó por los pelos mientras corría hacia el ascensor, que la llevó a la tercera planta, y ya allí recorrió el pasillo que pasaba por las salas previas.

En cuanto atravesó las puertas de la unidad de Matías, Soledad y Araceli se abalanzaron sobre ella, ambas llorando, y la abrazaron.

—Dios mío. ¿Es grave? —preguntó con voz entrecortada. Quería saber y al mismo tiempo no quería saber lo que les habían dicho los médicos mientras ella estaba atrapada en el metro.

—Todavía no sabemos nada —contestó Araceli.

Las lágrimas brotaron de sus ojos y se desplomó contra Soledad y Araceli. No por el alivio, porque sabían que al corazón de Matías le había pasado algo. Pero por lo menos no era la terrible noticia de que Matías había muerto.

Todavía.

Salieron dos cardiólogos de la habitación. Toda la familia De León se abalanzó hacia ellos.

— ¿Qué está pasando? —preguntó Armando.

La doctora habló en español rápido. Claire se quedó indefensa, y su único recurso fue examinar las caras y el lenguaje corporal de los que la rodeaban para intentar averiguar lo que decía la mujer. No era el momento de pedirle a Araceli que se lo tradujera.

Soledad se santiguó. Armando apretó los ojos con fuerza. Araceli se mantuvo rígida, luchando por mantener la compostura. Luis se alejó.

El resto de los De León reflejaban la misma variedad de reacciones. Pero faltaban suspiros de alivio o gente que volviera a sentarse. Todos se quedaron de pie, haciéndoles preguntas a los médicos.

Claire miró a su alrededor, esperando que alguien pudiera explicarle lo que estaba pasando.

Sin embargo, todos estaban hablando al mismo tiempo en español.

Se volvió en busca de Luis, que se había separado de la multitud y estaba sentado con la cabeza entre las manos.

Se sentó a su lado.

—¿Qué está pasando? —preguntó en voz baja.

Luis no levantó la cabeza. Sin embargo, exhaló un largo suspiro y dijo:

—Es posible que Matías haya sufrido un infarto.

—¿Qué? —replicó ella con el corazón en un puño.

Luis levantó la mirada despacio, como si tuviera que hacer un gran esfuerzo para separar la cara de las manos.

—Tienen que hacerle más pruebas. Lo siento, no sé cómo se llaman en inglés.

Claire soltó un sollozo.

—¿Por qué no me esforcé más en aprender español hace meses cuando tuve la oportunidad?

Luis se encogió de hombros, con un movimiento triste y mínimo.

—Seguramente no habría cambiado nada. Yo empecé a aprender inglés cuando tenía cuatro años y todavía no sé cómo traducirte estos términos médicos.

Claire se quedó sin aliento. ¡Traducir! Sacó el móvil del bolso y empezó a buscar en la tienda la aplicación de traducción que Vega había utilizado esa mañana.

—Toma —le dijo a Luis, ofreciéndole el teléfono—. Dime lo que ha dicho el médico. ¿Por favor?

Él miró el móvil con los ojos entrecerrados.

—¿Qué es?

—Una aplicación que traduce lo que dices al momento. Vega me la enseñó esta mañana.

—¡Vaya! No sabía que existía. Pero supongo que es normal que ella esté al tanto para poder vender su trabajo a nivel internacional. Su inglés es pésimo.

Claire se echó hacia atrás un segundo. Sabía que Araceli detestaba a Vega, pero era la primera vez que Luis hablaba de ella con tanta dureza.

Luis pulsó el botón de grabar y repitió lo que habían dicho los médicos. Un momento después, la app tradujo:

—En los análisis han visto que varios parámetros del corazón de Matías parecían anormales.

Puede haber sido un infarto u otra cosa.

Necesitan hacerle más pruebas para saber qué ha sido.

Dentro de un rato vendrá una enfermera para hacerle un electrocardiograma y le sacarán sangre para comprobar los niveles de troponina.

También le harán una radiografía y quizá un TAC si las otras pruebas no arrojan resultados definitivos.

—¿Cuánto tiempo tardarán en hacer todo eso? —le preguntó.

—Por lo menos dos horas, quizá más —respondió Luis, que miró la traducción en el teléfono y asintió con la cabeza mientras leía las palabras en inglés que antes desconocía—.

El electrocardiograma será lo más rápido, pero con lo demás tardarán más.

Aunque le saquen sangre pronto, tienen que analizarla.

Claire se desplomó en su silla. Ella era la culpable porque había besado a Matías. O, más bien, al alma de Matías.

¿Qué podía hacer? La profesora Hong le había dicho que debía conseguir que el alma de Matías se enamorara de ella. Sin embargo, cuando se tocaban, parecía dañar la parte de Matías que intentaba salvar.

Aunque… ¿y si la profesora Hong se equivocaba? Al fin y al cabo, no había atravesado a Matías con su cuerpo como le había dicho la mujer que sucedería.

La profesora Hong era académica, y sus conocimientos se basaban principalmente en los informes de otras personas que habían interactuado con proyecciones astrales, ya que era imposible realizar estudios científicos sobre el tema.

Por lo tanto, todo lo que le había dicho eran conjeturas.

Bien fundamentadas, pero conjeturas al fin y al cabo.

Así que… ¿qué podía hacer?

Tenía ganas de golpear algo. Pero justo cuando estaba cerrando la mano, se quedó paralizada.

¿Podría atraer el alma de Matías al hospital y reunirla con su cuerpo con solo presionarse la palma?

Se volvió y clavó la mirada en la puerta de la habitación, que estaba abierta, ya que los médicos se habían marchado para ocuparse de lo que fuera necesario y la familia De León había vuelto a sus asientos en la sala de espera, abrazándose unos a otros.

Soledad, Armando y Araceli no estaban por ninguna parte; debían de estar dentro con Matías.

Sin embargo, la profesora Hong le había advertido expresamente que no podía hablarle al alma de Matías del accidente hasta que él estuviera listo.

Aunque ya no estaba segura de que la profesora tuviera razón, esa parte todavía tenía sentido.

Exponer de repente al alma de Matías a su propio cuerpo maltrecho, lleno de puntos de sutura, moretones, férulas y escayolas por los treinta y siete huesos rotos, le causaría un shock .

Y ella no podía arriesgarse a que ese impacto rompiera los frágiles hilos que conectaban el alma de Matías con la realidad. Sin su alma, moriría.

Así que abrió el puño. Se aferraría a la esperanza y dejaría que los médicos hicieran las pruebas y todo lo que pudiesen.

Respiró hondo de forma entrecortada y echó a andar hacia la habitación de Matías. Mantuvo la mano izquierda abierta y alejada de su cuerpo, sin tocar nada. Por si acaso.

Soledad se había arrodillado junto a la cama de Matías y estaba rezando.

Armando se encontraba detrás de ella, con la mano sobre su hombro.

Y Araceli estaba en una silla, mirando fijamente a Matías.

Seguro que las enfermeras hacían la vista gorda con la norma de las visitas, al menos durante un rato.

Claire se sentó en su silla al otro lado de la cama. La silla que la familia siempre le reservaba. Se sintió culpable al sentarse, consciente de que el asiento había estado vacío durante demasiado tiempo. Matías la necesitaba allí. Lo sabía. Pero su alma errante también la necesitaba fuera.

De momento, sin embargo, se acomodó, con la intención de quedarse en el hospital hasta que terminara el horario de visitas.

Inclinó la cabeza hacia Araceli.

—Oye, ¿estás bien? ¿Por qué lo miras con el ceño fruncido?

—Estoy enfadada con él por asustarnos —contestó Araceli, con voz acalorada, pero también temblorosa.

—¡Ah!