Un año atrás en España Claire #4
58%

Claire #4

Igual que en ese preciso momento. Él la abrazaba, con la espalda contra la pared, y sentía el peso fantasmal de su cuerpo contra el suyo.

Matías estaba más caliente que el aire del resto del estudio, y ese calor la puso colorada porque recordó otras ocasiones en las que sus cuerpos habían estado tan cerca.

En el húmedo invernadero del Jardín Botánico de Nueva York. Apretados contra un arco de piedra en Los Claustros del Met. Detrás de un puesto de algodón de azúcar en Coney Island.

Sin embargo, en la intimidad de un estudio, podían hacer mucho más. Ella quería besarlo en el cuello, pasarle las manos por la espalda, bajarlas y desabrocharle el cinturón, y hacer las cosas que sabía que lo llevarían a apoyarse en sus hombros para mantenerse en pie.

—Claire —susurró él.

—¿Qué?

Él le levantó la barbilla con un dedo, y Claire se encontró con su ardiente mirada.

Y, acto seguido, sus labios se encontraron con los suyos en un beso que fue como una tormenta de verano.

Si cerraba los ojos, Claire podía sentirlo, como si el viento y el sol le acariciaran la boca.

Recordó el sabor de su lengua en su primer beso (sabía a almendra y azúcar moreno) y, mientras besaba a este Matías que todavía no era suyo, también echaba de menos al que sí lo era, y las lágrimas le corrieron por la cara, mezclando la sal con el recuerdo de su dulzor.

Sin embargo, en ese momento, recordó dónde estaba de verdad: en coma, rodeado de pitidos interminables, con una silla vacía junto a su cama, esperándola.

De repente, él se apartó, respirando con dificultad, y se llevó una mano a la frente.

—¡Matías! ¿Estás bien?

—Solo estoy… mareado.

Claire se quedó blanca. ¿Y si él se había dado cuenta de que la estaba tocando, pero no podía sentirla? Si su alma se daba cuenta de que algo no iba bien, podría romper su conexión con este mundo.

—Creo que voy a tumbarme un momento.

Claire se movió para ayudarlo, pero acabó apartándose de un brinco. No debía volver a tocarlo. La profesora Hong se había equivocado en sus suposiciones y saltaba a la vista que haberla sentido estaba teniendo algún tipo de efecto negativo en él.

Mientras Matías se tambaleaba hacia el sofá y se dejaba caer, la llamaron por teléfono.

El identificador de llamadas decía «Araceli».

«¡No, no, no…!», pensó. ¿Habría pasado algo en el hospital porque había tocado el alma de Matías?

El momento era demasiado oportuno como para ser una simple coincidencia. Pero no podía contestar la llamada allí, delante de ese Matías, cuando podía tratarse del estado del Matías comatoso. No podía permitir que el alma de Matías se enterara del accidente.

¿Qué hacía? Si él estaba en peligro en el hospital, tenía que ir a verlo. Sin embargo, su alma también la necesitaba. Si lo abandonaba en ese estado, ¿qué pasaría?

Matías gimió en el sofá.

—¿Puedo ayudarte? —le preguntó Claire.

—No lo sé —respondió él con un hilo de voz—. Me ha dado de repente.

Se acercó y vio que tenías gotitas de sudor en las sienes.

«¡Oh! ¿Y si es…?», pensó.

—Matías, ¿es posible que tengas problemas con tu nivel de azúcar en sangre? ¿Es posible que tiendas a la hipoglucemia?

Por supuesto, sabía que la respuesta era afirmativa. Cuando Matías se concentraba demasiado en su trabajo y se olvidaba de comer, muchas veces lo asaltaba una oleada de debilidad de repente. Se mareaba, se acaloraba y empezaba a sudar.

—Mmm, sí, la verdad es que sí —contestó él, que se incorporó despacio—. ¿Puedes traerme los almendrados ?

Claire se apresuró a ir a la mesa de trabajo emplazada cerca de la puerta y barrió con ambos brazos el área donde él había dejado la bolsa invisible. Contuvo la respiración con la esperanza de haberla atrapado con su torpe movimiento.

Regresó al sofá y Matías extendió una mano para hacerse con algo que supuestamente llevaba en el brazo derecho.

—Gracias.

Soltó el aire, aliviada, mientras él abría la bolsa invisible y se llevaba un dulce invisible a la boca.

En ese momento, recibió otra llamada.

Araceli.

«¡Mierda!».

El corazón le latía con fuerza en los oídos.

—¿No vas a contestar? —le preguntó Matías.

Ella negó con la cabeza.

—¿Estás segura? Porque no es necesario que hagas de niñera. Ya se me está pasando.

—Me quedaré hasta que te acabes todos los dulces —le dijo. En casa, una dosis de azúcar solía resolver sus episodios de hipoglucemia con bastante rapidez. Luego tendría que comer algo más sustancioso, pero por lo menos ya no se sentiría mal.

Matías se comió con gusto el resto de los almendrados y luego se echó en la boca las migas que quedaban en la bolsa. O eso creyó ella que estaba haciendo porque, en realidad, no podía verlo.

Le llegaron varios mensajes al móvil y, luego, recibió otra llamada.

Matías parecía casi sólido a esas alturas, todavía sentado en el sofá.

—Claire, contesta.

—¿Estás bien?

—Sí. ¿Lo ves? —Se levantó del sofá y se mantuvo firme sobre los pies.

El móvil seguía sonando.

—De acuerdo. Lo siento. ¡Tengo que irme! —Corrió hacia la puerta abierta moviéndose por el perímetro del estudio para asegurarse de no chocar con algo invisible.

Sin embargo, cuando salió del edificio, Araceli ya había colgado.

Le devolvió la llamada mientras corría hacia el metro.

Tenía que ir al hospital.

Tenía que saber si había cruzado una línea infranqueable al tocar de forma tan imprudente el alma de Matías.