Claire #3
—Ayer, en el Museo Sorolla, tu forma de mirar los cuadros y hablar de ellos… ¿Cómo es que entiendes tan bien el arte? ¿Creciste rodeada de él o lo estudiaste en la universidad?
—No —respondió—. Antes no entendía nada de arte. Pero luego un amigo me enseñó a apreciarlo. A ver más allá de la superficie. Ahora, una de mis cosas preferidas es descubrir nuevos pintores que no conocía.
—¿En serio?
—Sí.
Matías dudó solo un instante. Luego preguntó:
—¿Te interesaría venir a mi estudio a ver mi trabajo?
—¡Ay, no! No quiero molestarte. Estás ocupado y no quiero estorbar.
—¡No molestarías! De todos modos, tengo que empaquetar los cuadros, así que si quieres verlos mientras lo hago, no me supondrá ningún esfuerzo adicional.
—¿Estás seguro? —le preguntó, ya de pie y guardando el móvil en el bolso.
—Por supuesto. De hecho, mi estudio está justo al otro lado de la calle.
—No me lo creo —dijo Claire—. ¡Menuda coincidencia!
Matías abrió la puerta, o eso creyó hacer, y entró.
Sin embargo, la puerta real, la sólida, seguía cerrada delante de Claire.
—Bienvenida a mi estudio —lo oyó decir desde dentro.
«¡Mierda!», pensó mientras buscaba la llave que se había guardado en el bolsillo.
Abrió la puerta y entró.
—Siento que esté todo patas arriba. No soy muy ordenado y ahora está todavía peor porque estoy a punto de mudarme al otro lado del Atlántico —le explicó Matías mientras ella dejaba abierta la pesada puerta metálica (para no tener el mismo problema al salir).
Acto seguido, él se dio media vuelta para mirarla y añadió—: Bueno, ¿qué te parece?
Claire abrió los ojos de par en par. El estudio estaba casi vacío, ya que Matías se lo había llevado casi todo hacía un año.
Sin embargo, lo que él estaba viendo seguramente fuera algo parecido a lo que ella esperaba encontrar cuando visitó el estudio con Armando: tubos de pintura, espátulas y pinceles esparcidos por las mesas de trabajo; reglas manchadas de pintura, trapos, lonas, bocetos descartados y estudios de color por todo el suelo.
No había pensado en la diferencia entre sus líneas temporales cuando aceptó la invitación para ver su trabajo.
—¿Tan mal está? —le preguntó Matías.
—No, es que… —Intentó buscar las palabras adecuadas. Por suerte, al ser abogada, tenía cierta práctica en ofrecer respuestas vagas y evasivas—. Soy organizada hasta el extremo. Pero me gusta que me recuerden que existen otras personalidades en el mundo.
—Esa ha sido una forma muy amable de decir: «Matías, qué desordenado eres».
—No, eso no es lo que…
Él se rio, y se le iluminó la cara como si irradiara pura luz solar. Claire juró que la temperatura del estudio acababa de subir unos grados.
Por supuesto, estar cerca de Matías también le provocaba ese efecto en general.
—En fin —dijo él—, has venido para ver cuadros.
—Soltó la bolsa de almendrados en el extremo de la mesa de trabajo más cercana y luego señaló un espacio vacío situado en el centro de la estancia—.
Este es en el que he estado trabajando desde que recibí la invitación para ir a Nueva York.
Está casi terminado. Solo le faltan unos cuantos retoques.
Por la altura a la que señalaba, ella supuso que se refería a un cuadro en un caballete, aunque en ese momento no veía nada.
Claro que ¿qué representaba el cuadro?
—Es impresionante —dijo, de forma evasiva—. ¿Qué necesitas retocar?
—Creo que necesita que la luz se refleje más en la niña mientras mira al charco.
Lo típico sería ponerle brillo en los ojos mientras se mira a sí misma como un abejorro.
Pero lo que me interesa es resaltar la sorpresa que siente.
Como el retrato de Sorolla que vimos ayer, con la mujer vestida de negro en la habitación grisácea.
Claire se emocionó al mirar el espacio donde se suponía que debía estar el cuadro de Matías con el horizonte de Nueva York y los girasoles.
Había sido la primera obra suya que había visto, en el escaparate de la Galería Rose.
«Lo quiero», había pensado. Quería ese tipo de alegre sorpresa en medio de la vida cotidiana.
Matías se volvió hacia ella.
—Claire, ¿te encuentras bien? Estás llorando.
Ella intentó sonreír mientras se secaba las lágrimas.
—Es impresionante, Matías. De verdad. Una delicia surrealista.
Él frunció el ceño un segundo.
—¿Acabas de decir «una delicia surrealista»? Ese es el título que he pensado ponerle a mi exposición.
—Increíble. —Claire sonrió de oreja a oreja.
—Sí. ¡Qué fuerte! —Matías meneó la cabeza—. Bueno, quiero enseñarte más cosas. Ven por aquí. —Echó a andar hacia la izquierda, rodeando el caballete y esperando que ella lo siguiera.
Sin embargo, moverse por un estudio en el que no veía nada era más fácil de decir que de hacer.
¿Cómo iba a saber si estaba a punto de tropezarse con una silla o con un caballete que no estaban en el mismo lugar que los que sí veía?
¿Cómo saber si Matías había dejado algún tiento en el suelo o alguna lata enorme de disolvente vacía?
Aunque ¿de verdad importaba? Lo mismo daba si atravesaba las cosas que no estaban allí en el presente. Lo importante era que Matías no la viese hacerlo.
De todas formas, intentó seguirle los pasos sin acercarse demasiado.
Matías se detuvo delante de la pared orientada hacia el este y Claire se acercó a él.
—Quiero llevarme este —dijo él.
—Mmm… —murmuró, porque no tenía ni idea de lo que estaban mirando.
—Pero mi hermana, Araceli, dice que no debería hacerlo porque me dará nostalgia.
¡Ah! Supuso que se trataba de su serie Homenaje a España .
Parte de la exposición de la Galería Rose estaba dedicada a dicha serie.
El chef espolvoreando corazoncitos sobre la paella.
La flamenca bailando en la playa que llevaba en las manos un par de almejas en vez de castañuelas.
Un torero tendiéndole a un toro negro un ramo de flores en vez de un estoque.
—Creo que siempre llevarás contigo a tu país natal, te lleves los cuadros o no —le dijo Claire—. Vivir en Estados Unidos nunca cambiará eso.
Él cruzó los brazos por delante del pecho mientras contemplaba tanto la obra como lo que Claire había dicho.
Dado que ella no podía ver los cuadros, salvo en su memoria, se limitó a observarlo a él.
Y lo que vio fue algo que no había notado antes.
Había tristeza en los ojos de Matías, como si una parte de él se resistiera a abandonar ese lugar.
Cuando lo conoció en Nueva York, ya llevaba allí una semana y se había lanzado con su característico entusiasmo a experimentar todo lo que la ciudad le ofrecía.
Nunca demostró el menor indicio de arrepentimiento.
Sin embargo, el Matías que tenía delante todavía no se había marchado, y eso significaba que el futuro era como las fauces abiertas de lo desconocido. Además, seguía teniendo el corazón destrozado por la ruptura con Vega, que acababa de decirle que se fuera al otro lado del mundo sin ella.
—Definitivamente creo que deberías llevarte estos cuadros cuando te vayas —dijo Claire.
Sabía que lo haría de todos modos, porque los había visto en la Galería Rose.
Pero también le pareció correcto decirlo, ya que él se encontraba en la cúspide de un cambio monumental en su vida.
Para Matías, el arte siempre había sido tanto una exploración salvaje como un refugio seguro.
Sabía lo que significaría para él llevarse un trocito de su hogar.
Él asintió despacio con la cabeza.
—Gracias. Creo que voy a empaquetarlos.
Acto seguido, le enseñó el resto del estudio, señalándole las otras obras que había seleccionado para su primera exposición en Nueva York.
Hablar de arte lo alegraba, y le encantaba verlo tan animado, con esa mirada ardiente en los ojos y los músculos bronceados de sus brazos flexionándose mientras señalaba un sinfín de detalles en sus cuadros.
Era muy diferente de su homólogo, tan pálido, inconsciente y maltrecho, del hospital, que iba debilitándose y adelgazando según pasaban los días.
Absorta en sus pensamientos, no se dio cuenta de que Matías se desviaba hacia la derecha para esquivar algo que ella no podía ver.
—¡Claire, no!
Matías se abalanzó hacia ella, apartándola de lo que fuera que había visto. La inercia los lanzó contra la pared, pero no llegó a golpearse la cabeza, porque Matías la rodeó de forma instintiva con un brazo y absorbió el impacto.
La mantuvo inmovilizada así durante un buen rato, torso contra torso, con su cara enterrada en el hueco del cuello. La respiración acelerada de Matías le agitaba el pelo y también sentía los fuertes latidos de su corazón.
Jadeó.
Se suponía que no debería sentirlo.
Matías no era exactamente sólido, pero sí parecía tener presencia.
Tocarlo era una especie de impresión, como cuando cerró los ojos y presionó los labios contra la palma de la mano y sintió que él estaba allí de verdad.
Imaginó la presión de su boca de forma tan visceral (sus labios aterciopelados y la fuerza de su mandíbula) que fue como si estuviera allí.