Un año atrás en España Claire #2
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Claire #2

Claire observó a Armando a través de los ventanales mientras se alejaba.

Una vez que estuvo fuera del edificio, ella salió, se dirigió a una cafetería al otro lado de la calle y se sentó a una mesa de la terraza exterior.

Esperaba que Matías fuera al estudio, porque había dicho que tenía que empaquetar sus cuadros para enviarlos al extranjero.

Pero ella no podía estar dentro cuando él apareciera.

Eso haría saltar todas las alarmas en su cabeza.

Ya tenía un punto en contra, dada la desesperación con la que había actuado la tarde anterior después del cierre del Museo Sorolla.

Nueva táctica: actuar con naturalidad.

«Solo estoy sentada a una mesa de una cafetería que está justo delante de la puerta principal del edificio donde tienes tu estudio. No, no es nada raro. Es una coincidencia total».

Habría sido una espía terrible.

Sin embargo, ¿qué otra cosa podía hacer?

No se le ocurría ninguna idea mejor para interceptar a Matías.

El día anterior, su cuidadosa estrategia de estar en el quiosco del parque a la misma hora que lo vio con anterioridad había fracasado, pero él apareció de repente más tarde, fuera de una tienda de lencería que ella no había visitado antes.

Matías era impredecible. Así que estar allí, cerca del único lugar donde él había dicho que estaría, le parecía la mejor opción.

Suponiendo, por supuesto, que las almas siguieran los planes que habían trazado.

Y dado que se trataba de Matías (que en su forma corpórea tenía dificultades para cumplir con su agenda), la probabilidad no era muy alta.

Sin embargo, decidió quedarse allí sentada.

Se quedó durante tres tazas de café.

Se quedó mientras se comía una tostada con mermelada de granada y luego una ración de huevos estrellados.

Se quedó mientras el protector solar se desvanecía de su piel y empezaba a quemarse.

Matías no aparecía.

¿No iba a ir? ¿Y si había llegado sin que ella se diera cuenta y ya estaba en su estudio?

¿O estaría con Vega?

Todo el café que había bebido amenazaba con volver a subirle por la garganta.

«¡No pienses en Vega!».

Se sacó la llave del estudio del bolsillo y la pasó de un dedo a otro durante unos minutos.

Luego se enfadó consigo misma por ser tan impaciente.

Después de descubrir que la proposición de matrimonio no iba a producirse como había planeado, Matías había escrito en su diario: «Así que seré paciente. Porque creo que la espera vale la pena en nuestro caso » .

Tenía toda la razón. Así que se quedaría allí, en la cafetería, esperándolo, todo el tiempo que fuera necesario.

Pero ¡uf, cómo lo echaba de menos! Era un peso constante y ardiente en el centro de su pecho. No era un dolor agudo como un pinchazo en el corazón, sino más bien como si tuviera un trozo de carbón incrustado en su interior y las brasas nunca se apagaran.

Cerró la mano alrededor de la llave, aplastándola contra la palma de la mano.

Matías apareció en la entrada de la cafetería. Pasó a su lado y entró, como si fuera a pedir algo.

«Pero ¿qué…? ¿Cómo?».

Claire lo miró boquiabierta durante un segundo. Luego bajó la mirada hacia su puño. Abrió los dedos y vio que la llave del estudio descansaba justo encima del lugar donde Matías la había besado antes de marcharse de Nueva York.

« Estaré aquí contigo », le había dicho.

—¡Oh! —susurró Claire.

La primera vez, cuando Matías apareció en el hotel, ella se había rozado la palma de la mano con los labios.

La segunda vez, en el quiosco de bebidas, tenía un puñado de monedas en la mano. Sin embargo, el día anterior no apareció porque ella ya sabía identificar las monedas, así que no las había sacado todas, solo las que necesitaba, y las había aferrado con dos dedos.

La tercera vez, sostenía un montón de ropa interior.

Y, en ese momento, la llave…

Sin embargo, no podía ser tan sencillo como que algo le tocara la palma de la mano. Aferraba cosas todo el tiempo. Si solo se necesitara eso, Matías estaría con ella prácticamente a todas horas.

Así que ¿cuál era el otro nexo?

Sin embargo, tuvo que dejar de pensar en el tema, porque lo vio salir de la cafetería.

Quería levantarse de un salto y correr hacia él, pero ya lo había hecho el día anterior, y no quería que él se sintiera como un conejo que acababa de caer en una trampa, aunque, a decir verdad, lo había estado esperando.

«Actúa con indiferencia», se recordó a sí misma. Levantó el móvil de la mesa y se lo llevó a la oreja, fingiendo que estaba hablando, y se colocó de manera que él pudiera verla.

Estaba a punto de pasar a su lado, susurrando consigo mismo, algo que acostumbraba a hacer cuando estaba absorto en sus pensamientos, a menudo elaborando una idea para un nuevo cuadro.

Iba a pasar a su lado sin verla siquiera.

Claire se disculpó en silencio con el camarero por lo que estaba a punto de hacer.

Tiró la taza de café vacía al suelo y, al romperse, los fragmentos de cerámica salieron disparados en todas direcciones.

—¡Ay, por Dios! —exclamó, levantándose de un salto de la silla—.

Lo siento mucho —le dijo al camarero que se apresuraba a acercarse, asegurándose en todo momento de estar colocada de manera que Matías le viera la cara, pero sin mirarlo a los ojos.

Era importante que él la viera primero en esa ocasión si quería que la puesta en escena tuviera alguna posibilidad de parecer una coincidencia creíble—.

Por favor —le dijo al camarero—. Déjame pagar la taza.

—Hizo todo lo posible por interpretar el papel de turista estadounidense ruidosa, armando un escándalo mientras sacaba la cartera del bolso y gesticulando mucho con los brazos para que Matías se diera cuenta de todo.

Era como si estuviera haciéndole indicaciones a un avión para que aterrizase.

—¿Claire? —dijo Matías—. ¿Eres tú otra vez?

Fingió estar demasiado nerviosa como para reconocerlo al principio, aunque le resultaba difícil no mirarlo fijamente, porque cuando salió de la sombra del edificio y volvió a la luz del sol, comprobó que ya no era transparente, sino translúcido.

Su cuerpo no se volvía difuso al sol, sino que mantenía todo su color, aunque de una forma desvaída que se difuminaba en los bordes.

¿A qué se debía ese cambio? ¿Estar con ella estaba ayudándolo poco a poco a solidificarse a medida que Claire fortalecía la conexión de su alma con ella?

Sin embargo, tenía que seguir con su actuación, así que entrecerró los ojos y dijo:

—¡Ay, madre, Matías! Qué vergüenza que me veas así. Normalmente no soy torpe. Es que esta llamada… —Agitó su móvil en el aire antes de darse cuenta de que era la pantalla de inicio, sin ninguna llamada activa. ¡Mierda! Puso cara de desconcierto—. Creo que mi cliente me ha colgado.

—¿Por romper una taza de café? Qué exigente. —Matías sonrió, y ella contuvo el aliento.

Después de haber pasado horas esperándolo, se quedó allí de pie, prendada por su encanto natural, que le resultaba familiar y nuevo al mismo tiempo.

—¿Qué haces en Malasaña? —le preguntó él.

Soltó el aire. Ya tenía preparada la respuesta.

—Es que he pensado que ya que he venido a Madrid por trabajo, debería intentar ver algo más que el hotel y la oficina de mi cliente.

Todas las recomendaciones en internet dicen que este es un barrio estupendo para visitar, así que…

aquí estoy. Trabajando, pero de todas formas he salido ganando, porque estoy en el exterior y no en una sala de conferencias.

—¿Has probado los almendrados de la cafetería? —le preguntó él.

—No —respondió—. ¿Qué son?

—Toma, prueba uno —contestó Matías al tiempo que hacía el gesto de abrir lo que podría ser una bolsa de papel, pero al igual que le sucedió el otro día con el móvil, Claire no veía nada. Le ofreció el dulce invisible a Claire—. Están hechos con almendras.

—Te gustan mucho los dulces que llevan almendra, ¿eh?

—La verdad es que sí. ¿Cómo lo sabes?

Claire se quedó blanca. No debería saber eso, por lo menos en lo referente a ese Matías. La primera vez que quedaron en Nueva York, él llevó los frasquitos de cristal de bienmesabe canario, una antigua receta familiar. Pero eso todavía no había sucedido, no en su línea temporal.

—Solo es una suposición —contestó con voz aguda—. A mí también me encantan los dulces que llevan almendra, pero por ahora voy a pasar, gracias. Estoy muy llena después del desayuno.

—Tú te lo pierdes, pero más para mí. —Matías sonrió mientras sus dedos se afanaban en cerrar la bolsa que ella no podía ver.

Habían llegado a un punto crítico en el encuentro «fortuito».

Matías podía marcharse, pero ella podía evitarlo invitándose a su estudio.

Claro que así podría volver a darle la impresión de ser una cazadora acechando a su presa, además de parecer patética.

Y estaba segura de que Matías no se había enamorado de ella en Nueva York precisamente por ser patética, así que no iba a funcionar como gancho esta vez.

Decidió probar con la psicología inversa.

—Bueno, me ha encantado volver a verte, Matías.

—¡Ah! Pues sí. A mí también. —Se quedó un momento indeciso y luego se dio media vuelta para marcharse.

«Paciencia», pensó.

Conocía a Matías. Esa parte de su cerebro dispuesta a encontrar nuevos pasatiempos era la responsable de su carácter contradictorio.

Si alguien decía: «De adulto es imposible aprender a jugar bien al tenis», Matías se compraba una raqueta y alquilaba una pista para demostrar que se equivocaba.

Si la opinión generalizada era que el café y el queso no combinaban bien, se pasaba todo el fin de semana en la cocina hasta que daba con una receta en la que sí combinaban.

Ella no era solo un pasatiempo, pero entendía su mente lo bastante bien como para predecir que, si lo rechazaba, por lo menos se lo pensaría dos veces.

Eso suscitaba una pregunta: ¿era lo bastante atractiva como para que él volviese?

Matías se alejó un paso. Dos, tres.

Después de dar el cuarto, se dio media vuelta.

—¿Claire?

—¿Mmm? —Levantó la mirada de algo que supuestamente era importante en su teléfono.