Claire
—De nada —replicó Armando—. De todos modos, todavía no era mi turno para sentarme en la habitación de Matías, y entiendo por qué quieres visitar su estudio, sobre todo si ya estabas en el barrio.
Armando sacó un llavero y abrió la puerta de hierro forjado, tras lo cual la precedió por el pasillo. Las puertas también eran blancas, con placas o letreros que señalaban quién trabajaba allí.
—Solo pintores —respondió Armando—. La casera dice que los alfareros ensucian mucho al trabajar con la arcilla y que los escultores hacen demasiado ruido cuando trabajan con piedra. No te preocupes. Vega no está aquí.
Se mordió el labio, agradecida de que él hubiera comprendido su inseguridad sin tener que expresarla en voz alta. Y, en ese momento, se dio cuenta de que había sido una tontería preocuparse por Vega. Si su estudio también estuviera allí, no se habría entristecido por no tener acceso al edificio.
Una vez que llegaron al estudio de Matías, todos los pensamientos sobre Vega se desvanecieron, porque el letrero de la puerta era su conocida firma, Matías de León , con su elegante letra curvada y sus tildes, que expresaban una innegable exuberancia en sus trazos alargados, como si fueran fuegos artificiales elevándose hacia el cielo poco antes de estallar.
Ver la firma le arrancó una sonrisa y la dejó al borde de las lágrimas al mismo tiempo.
Armando abrió la puerta y la invitó a pasar.
Ella entró, esperando ver tubos de pintura por todas partes, obras a medio terminar en caballetes, trapos usados, modelos de naturalezas muertas por todo el suelo y el caos general que rodeaba el proceso de Matías.
Sin embargo, en vez del caos y del olor a disolvente que normalmente flotaba en el aire, el lugar estaba casi vacío.
Había algunos dibujos antiguos en las paredes, y tablas de madera sin utilizar en el suelo, pero no había tubos de pintura al óleo a medio usar esparcidos por ningún lado. Todavía olía a disolvente y a aceite de linaza, pero muy poco. Llevaba once meses vacío.
Se quedó boquiabierta al ver una estancia tan inmaculada.
—Es extraño verlo tan… ordenado.
—Se llevó gran parte de su obra a Estados Unidos —replicó Armando.
—Supongo que sí. —Claire recorrió despacio el estudio.
Había dos mesas de trabajo con tapa de cristal, una cerca de la puerta y otra más en el interior, ambas con botes viejos de café llenos de pinceles de distintos tamaños y formas.
Cuatro caballetes de madera, todos robustos pero de diferentes tamaños, porque la mayoría de las obras de Matías tenían dimensiones «normales», pero también le gustaba alternar con un proyecto enorme y de larga duración mientras estaba pintando otra cosa.
Estantes con botes de imprimación, PVC, paletinas de espuma y otros materiales menos utilizados.
—¿Te importa si abro las persianas? —preguntó Claire.
—En absoluto, siempre que las cerremos antes de irnos —respondió Armando.
Claire se acercó a la pared de cristal y bajó todas las persianas.
A la mayoría de la gente le parecería que estaban al revés, pero se debía a la costumbre de los pintores realistas de bloquear el sol desde la parte inferior de la ventana para que la luz entrara desde arriba y cayera sobre sus modelos en un ángulo atractivo.
Junto a los ventanales había un sofá gris.
A Matías le gustaba pensar tumbado, lo que a veces significaba que se quedaba dormido sin querer, aunque no era algo necesariamente malo, porque en muchas ocasiones el sueño lo ayudaba a aclararse las ideas.
Al pasar junto al sofá, Claire acarició con un dedo el reposabrazos, salpicado de manchas de pintura.
Se preguntó de qué obra procedía cada color.
¿El rojo era del cuadro del alienígena diminuto que salía del libro que se estaba leyendo la mujer?
¿El naranja, del cuadro del monje que ofrecía el mundo en sus manos?
¿El amarillo, el verde, el azul, el morado, el negro y el blanco de otros cuadros que ella había tenido la suerte de ver?
¿O pertenecían a obras que habían aparecido y desaparecido mucho antes de que él la conociera?
Con la luz del sol entrando a raudales en el estudio, el espacio se parecía todavía más a Matías.
Miró las tablas de madera que estaban apoyadas en una pared cercana.
Todas preparadas con cola de conejo e imprimación, pero todavía en blanco.
Como Armando le había dicho, Matías se había llevado la mayor parte de su obra con él para exponerla en galerías de Nueva York.
Sin embargo, en ese momento, vio lo que parecía una de las enormes tablas de Matías en la parte trasera del estudio, apoyada contra la pared. Estaba cubierta por una sábana. Se acercó a él.
Armando se volvió justo cuando ella extendía el brazo.
—Claire, no…
Demasiado tarde. Ya había levantado la sábana.
«¡Oh!».
Era un autorretrato de Matías y Vega, realizado con su realismo característico, aunque el toque surrealista era mucho más evidente.
En el cuadro, Vega y él se miraban el uno al otro en ese mismo estudio, pero ambas figuras estaban sin terminar.
Si se tratara de una fotografía, sería una instantánea de dos artistas en pleno proceso de creación.
Matías sostenía en la mano un pincel con el que pintaba a Vega, que estaba delante de él, como si la estuviera inventando en tiempo real.
Su cuerpo estaba muy bien representado, con todas esas curvas sensuales que ella imaginaba acariciadas por el pincel, pero su cara estaba sin terminar y parecía algo deliberado, como si fuera un boceto difuso, un contorno en el que solo se atisbaba la forma borrosa de lo que estaba por venir, incluidas las líneas oscuras del boceto.
El pincel de Matías le estaba pintando los labios.
Al mismo tiempo, Vega lo estaba esculpiendo a él, creándolo con arcilla. Había acabado la cabeza, los brazos y el torso, pero en ese momento sus manos acariciaban lo que se convertiría en la pelvis.
Una oleada de náuseas le agitó el estómago. Soltó la sábana para que tapase de nuevo el cuadro y retrocedió tambaleándose.
—De verdad que es agua pasada —le dijo Armando en voz baja—. Por eso Matías dejó aquí ese cuadro.
—Claro. Por supuesto —replicó Claire.
Claro que ¿cómo podía ser agua pasada algo tan apasionado? Matías y Vega habían estado juntos durante más de quince años. Ambos eran artistas, almas gemelas, y él había soñado con estar con ella el resto de su vida.
A lo mejor ella solo era el clavo que sacaba a otro clavo.
Apareció en Nueva York en el lugar adecuado, en el momento adecuado, cuando él llegó.
Que su personalidad fuera totalmente opuesta a la de Vega (una abogada que vivía siguiendo fielmente su agenda y que no entendía nada de arte) podría haber sido justo lo que él creía que necesitaba.
Y luego se quedaron estancados en la progresión de una relación, donde una cosa llevaba a la siguiente, hasta que se enfrentaron a la encrucijada en la que debían decidir si cortar o seguir adelante.
Y Matías, que era un romántico empedernido, había elegido el camino de proponerle matrimonio menos de un año después de conocerla.
El camino en el que podría casarse y tener ese «fueron felices y comieron perdices» de los cuentos en el que una vez imaginó a Vega.
Claire carraspeó e intentó aparentar tranquilidad, aunque todavía tenía la sensación de que iba a vomitar. Usó una táctica que le resultaba muy útil como abogada cuando se enfrentaba a situaciones difíciles: un repentino cambio de tema.
—Armando, ¿tú también pintas aquí?
Él la miró un momento en silencio, evaluando si de verdad estaba bien después de haber visto una representación tan íntima de Vega con Matías.
Sin embargo, si algo se le daba bien, era levantar una fachada de imperturbabilidad y fortaleza cuando los demás se dejaban llevar por el pánico; por eso sus clientes confiaban en ella para llevar a cabo sus acuerdos decisivos.
Volvió a hacer un trabajo convincente, porque Armando respondió a su pregunta.
—Matías me dijo que considerara el estudio como mío mientras él no estuviese, pero sigo pintando mis acuarelas en casa.
—¿Por qué? Este es un espacio estupendo.
—Sí, pero… A ver cómo te lo explico. —Sonrió—.
Vale. Imagina que tienes un niño pequeño.
En su dormitorio hay un rincón donde juega con todos sus peluches y sus coches de juguete.
Es un niño generoso, así que te dice: «Mamá, cuando vaya al colegio, puedes jugar en mi rincón».
¿Lo harías? Seguramente no. Porque en tu mente, ese rincón es de tu hijo.
Como madre, ese espacio es sagrado para ti porque es suyo.
Del mismo modo, yo nunca podría considerar este lugar como mío.
Este es el estudio de Matías. No quiero cambiar nada, aunque solo tenga que usar un rincón.
— Vale —replicó Claire en voz baja. Era una palabra que había oído usar a los De León cuando estaban de acuerdo, algo que ocurría con bastante frecuencia.
Lo que decía Armando tenía sentido, incluso en el contexto de que su hijo se fuera al extranjero durante un par de años.
Pero dado que Matías estaba en coma, parecía todavía más importante conservar todo lo que había tocado, todas las habitaciones que había honrado con su presencia.
—Voy a volver al hospital —anunció Armando mientras le ofrecía la llave del estudio—. ¿Volverás pronto?
—Por supuesto —contestó ella—. Solo quiero quedarme aquí un rato si te parece bien.
Armando asintió con la cabeza.
—Lo entiendo. El estudio es como estar con Matías, pero de otra manera.