Un año atrás en España Claire #2
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Claire #2

Sin embargo, no tenía motivos para ser maleducada con Vega cuando se estaba tomando la molestia de mostrarle cosas del pasado de Matías.

Además, habían acordado que la rivalidad entre ellas sería…

¿El qué? ¿Inmadura? ¿Una tontería, ya que Vega había cortado con él?

¿Algo innecesario porque Matías estaba con ella en ese momento?

Sí a todo eso, pero, aun así, Claire era incapaz de contener la oleada de inseguridad que la invadió, vestida con su coleta y su camiseta de manga corta básica al lado de una artista que exudaba sexo y seguridad en sí misma con cada vaivén de cadera y cada movimiento de su falda al andar.

En ese preciso momento, alguien le silbó a Vega y gritó:

— ¡Guapa!

Claire lo tradujo en su mente, no necesitaba la app para eso.

Vega se limitó a echarse a reír y a saludar al hombre con la mano, como si eso le pasara a todas horas. Algo que seguramente sucediera de verdad.

Ella no quería precisamente que un desconocido le silbara por la calle, el problema era que a ninguno se le ocurriría silbarle. Su mejor cualidad era la inteligencia. Salvo por eso, era lo suficientemente guapa como para ir tirando, pero nunca destacaría.

Quizá por eso Matías la prefería a ella; no tenía que espantar a otros hombres como sin duda debió de hacer cuando estaba con Vega.

¡Estupendo! Un punto para ella. Qué victoria tan deprimente.

Caminaron varias manzanas más antes de que Vega se detuviera delante de una panadería con un escaparate de azulejos amarillos brillantes en el que se leía La Mantequilla y el Huevo . Le dijo varias frases a su app :

—Esta es La Mantequilla y el Huevo, nuestro sitio preferido para desayunar.

A él le gusta lo dulce y a mí, lo salado, así que se pedía magdalenas o churros con chocolate .

Y yo pedía una tortilla. Pero, cuando ya estábamos terminando de comer, siempre se las apañaba para darme uno de sus churros bañado en chocolate caliente. —Cerró los ojos y soltó un gemidito.

Quizá ese no fuera un recorrido del todo amigable por los recuerdos en cuanto a Vega se refería.

Claire sintió una punzada en el corazón.

Creía que los churros y el chocolate eran algo especial que a Matías le gustaba preparar solo para ella, pero allí estaba otra mujer (una mujer con la que él había estado durante más de quince años y con la que quiso casarse) soltando comentarios no muy sutiles cargados de insinuaciones, y ella se sentía muy… idiota.

Y pequeña.

Claire la anodina, una huérfana de Florida a la que otra familia había acogido y que creía que podría cambiar quién era al mudarse a una gran ciudad y ponerse elegantes trajes de abogada. Pero, en el fondo, seguía siendo Claire sin más.

Que sí, que Yolanda le diría que había conseguido enamorar a Matías de León, así que ¿a quién le importaba la sensual artista con la que se acostaba antes?

Sin embargo, su problema era que debía conquistar de nuevo a Matías.

No solo tenía que encontrar su alma, sino que también tenía que asegurarse de que esa versión de Matías se enamorara de ella.

¿Y si en esa ocasión no conseguía proyectar lo que fuera que lo atrajo hacia ella en Nueva York?

Allí en España, no era una abogada incansable, se había puesto las mismas bragas sucias dos días seguidos antes de conseguir armarse de valor para comprar unas nuevas ¡y seguía siendo analfabeta! ¿Y si…?

«Ay, por favor», pensó.

¿Y si el alma de Matías también se le había aparecido a Vega? Estaba ligado a su vida en Madrid de hacía un año. Ella ya habría cortado con él para entonces, pero aun así… Si él todavía la quería antes de irse a Nueva York, si estaba dispuesto a volver con ella…

Claro que ¿cómo iba a preguntárselo? Si Vega le contestaba que no, que no había visto el alma de Matías, ella quedaría como una tonta que estaba mal de la cabeza. Pero si le contestaba que sí… A lo mejor era ella quien podía hacer que Matías regresara.

—Cre-creo que voy a volver al hospital ya —dijo—. Gracias por acompañarme a algunos de los lugares más importantes de la vida de Matías.

Vega abrió los ojos despacio, parpadeando, y la miró con los párpados entornados.

— ¿Qué?

Claire tomó una honda bocanada de aire y le repitió lo que había dicho a la app de traducción.

Vega soltó una especie de exclamación decepcionada.

—¿No quieres ver nuestro piso? Bueno, ahora es mío, pero vivimos allí juntos muchos años.

Claire tragó saliva para contener la bilis que le subía por la garganta. Si Vega quería ser una arpía, estupendo. Pero ella no tenía por qué aguantarlo. Y se juró que sería ella quien reconectaría a Matías con la realidad.

—Tranquila. Gracias. —Se dio media vuelta.

—Su estudio sigue estando aquí en el barrio —dijo Vega, con un tono más suave de repente. Más triste. La app no transmitió eso, pero Claire lo captó con claridad.

—¿En serio? —Se volvió para mirarla.

Vega asintió con la cabeza.

—La casera está loca por él, así que le permitió conservarlo sin tener que pagar el alquiler mientras estaba en Estados Unidos. No pudo llevarse todas sus piezas, y de esta forma la mujer se aseguraba de que volvería después de los dos años. La casera, por cierto, tiene ochenta y seis años.

Claire se echó a reír muy a su pesar.

—El estudio está a tres manzanas de aquí —siguió Vega, que señaló en una dirección que todavía no habían tomado—.

Seguramente Armando tenga la llave por si quieres ir a verlo.

—Tenía una expresión perdida en la mirada, como si estuviera recordando una época en la que podía entrar y salir a su antojo del estudio, sin que la familia de Matías hiciera de portero.

Cuando podía ver, tocar y sumergirse en la imaginación de Matías.

Sin embargo, el tiempo de Vega con él estaba en el pasado, y ella no pensaba invitarla a su estudio cuando obtuviera la llave. No después de la historia del churro .

Claro que la razón más importante era que esperaba encontrar a Matías (o, más concretamente, su alma) en el estudio.

Al fin y al cabo, él le había dicho que necesitaba empaquetar sus cuadros y prepararse para mandarlos a la Galería Rose en Nueva York, ¿no?