Un año atrás en España Claire
50%

Claire

Menos Araceli, que parecía odiarla mientras señalaba repetidamente hacia el ascensor.

—¡Las visitas son solo para los familiares! —exclamó Araceli, que estaba casi gritando.

— Pero yo casi fui de la familia —protestó la mujer.

— Exacto, «casi». Tomaste tu decisión y dejaste a mi hermano hecho polvo. Por eso se fue del país. Desde entonces no le has dicho nada.

Una enfermera que estaba detrás de la mujer tan guapa señaló con las manos a Araceli y le susurró algo en español que Claire supuso que significaba «¡Haga el favor de bajar la voz!».

—Hola, Claire —la saludó Luis, que apareció a su lado—. Llegas justo a tiempo para el espectáculo.

—¿Quién es esa y qué está pasando?

—Es Vega Castillo, la ex de Matías. Quiere verlo, pero Araceli no la deja.

«¡Ah, Vega!». Matías había mencionado su nombre un par de veces, pero no le gustaba hablar de ella. Claire sabía que Vega y él se conocieron en la escuela de arte y que estuvieron juntos durante un tiempo, pero él nunca le había contado qué había sucedido entre ellos, solo que era agua pasada.

Pero ¿de verdad lo era? Porque Vega estaba empezando a llorar. Cayó de rodillas al suelo, suplicando entre sollozos.

Araceli puso los ojos en blanco.

—Vega es muy exagerada —le dijo Luis a Claire en voz baja.

Sin embargo, Claire vio dolor real en la postura de la mujer cuando extendió un brazo para agarrar las manos de Araceli.

A Vega le temblaba el cuerpo, no de forma exagerada como alguien que fingía llorar, sino de la misma manera que le había pasado a ella durante el vuelo a Madrid, cuando tenía las emociones tan a flor de piel que tenía la impresión de que todas sus terminaciones nerviosas estaban expuestas y hasta una ráfaga de aire podría provocarle un shock .

Aun así, Araceli se zafó de su mano y se plantó con más firmeza delante de la puerta de Matías.

—¿Qué daño haría darle unos minutos? —le preguntó Claire a Luis.

Luis suspiró.

—Matías le pidió a Vega que se casara con él cuando solo tenían veinte años.

Ella dijo que sí, pero nunca se comprometió hasta el punto de fijar una fecha para la boda, por mucho que él se lo pedía.

Cuando lo invitaron a ser profesor visitante en Nueva York hace año y medio, le volvió a pedir una fecha para la boda, para que ella pudiera acompañarlo a Estados Unidos como su esposa, pero Vega le devolvió el anillo y le dijo que se fuera solo.

«¿¡Qué!?».

Claire se agarró al respaldo de una silla cercana. ¿Matías y Vega habían estado comprometidos durante quince años? ¿Y seguramente juntos durante más tiempo? Ella pensaba que no era una relación importante, ya que sabía muy poco sobre la mujer.

Sin embargo, al echar la vista atrás, se dio cuenta de que solo lo había creído así porque Matías nunca hablaba de ella. Algo que no resultaba tan extraño, ya que Vega era, al fin y al cabo, una ex, y no podía decirse que fuera un tema muy apropiado para hablar con la novia actual.

Sintió una opresión en el pecho al comparar la larga historia que Matías había tenido con esa preciosa artista con los once meses y una semana que había pasado con la aburrida y estirada Claire.

Su renuencia a mencionar a Vega implicaba todo lo contrario al hecho de que no significaba nada.

Salvo por el último año que Matías había pasado en Nueva York, Vega había formado parte de toda su vida de adulto.

¿Seguía queriéndola?

¡Por el amor de Dios…! ¿El anillo de compromiso que había encontrado en su cómoda era el mismo que Vega había llevado en algún momento?

Sintió que se le revolvía el estómago y apartó la mirada de Vega, arrodillada en el suelo. Incluso desesperada, la ex de Matías era guapa a rabiar.

—Araceli nunca le perdonará a Vega que le partiera el corazón a Matías —dijo Luis—. Y desde luego que no la va a dejar entrar en la habitación.

La enfermera que había estado pidiéndoles a Araceli y a Vega que bajaran la voz acabó rindiéndose y llamó a seguridad. Se abrieron las puertas de la sala y entraron dos hombres muy corpulentos con uniforme que se acercaron a Vega y le dijeron algo en voz baja.

Ella les respondió, en voz lo bastante alta como para que se oyera en toda la sala.

—¡Ay, por favor! —exclamó Araceli, que levantó los brazos.

Aunque Claire no quería mirar, era imposible no hacerlo.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

Luis meneó la cabeza al ver la escena; uno de los guardias de seguridad se agachó para levantar a Vega en brazos.

—Vega dice que el dolor la ha dejado demasiado débil y que hay que llevarla en brazos. Como ya te he dicho, muy exagerada.

Vega se apoyó con elegancia en el cuerpo del guardia, como si fuera consciente de la imagen que estaba creando.

Todos los hombres, salvo Luis y su padre, se inclinaron un poco hacia delante, como si esperaran que se formase una de esas cadenas humanas y tuvieran que pasarse a Vega de unos brazos a otros para ayudarla y llevarla a salvo abajo.

Sin embargo, Claire solo atinaba a pensar en que, en el pasado, Vega se había pegado por completo al cuerpo de Matías.

Ella nunca había sido teatral ni dependiente.

De hecho, se enorgullecía de ser independiente, pero desde la perspectiva de otra persona, se dio cuenta de lo rígida que debía de parecer en comparación con Vega.

«¿Por qué me ha elegido Matías a mí cuando podía tener a una mujer como ella? Una mujer que vive la vida de forma tan intensa como él».

Los guardias entraron con Vega en el ascensor. Cuando se cerraron las puertas, los hombres que se quedaron atrás soltaron un suspiro decepcionado todos a la vez.

Araceli, en cambio, apoyó la cabeza en la puerta de la habitación de su hermano y cerró los ojos. Cuando los volvió a abrir, vio a Claire y esbozó una débil sonrisa.

—Vamos, Claire. Tú sí puedes ver a Matías.

Claire dio un paso en esa dirección, pero se dio cuenta de algo que, sinceramente, habría preferido que no se le ocurriera.

Con un suspiro, miró hacia el ascensor.

—Ahora vuelvo. Por desgracia, tengo que hablar con Vega.

—Perdón —dijo Claire cuando alcanzó a Vega en la entrada del hospital, donde ya no tenía problemas para andar por su propio pie.

—¿Sí? —Vega se dio media vuelta y la miró a la cara con esos ojazos, hipnóticos a pesar de que se le había corrido el delineador.

—Soy Claire Walker, la… Mmm… —De repente, se sintió avergonzada de declarar que Matías era suyo, cuando había sido de Vega durante tanto tiempo.

—No hablo inglés —replicó Vega. Sacó su teléfono y abrió una app de traducción, activó el micrófono y se lo acercó a Claire.

—Soy Claire Walker. La novia de Matías. —Y la app repitió sus palabras en español con una voz un tanto robótica.

—Ah —dijo Vega—. Araceli te ha mencionado . —Le tendió la mano sin titubear—. Encantada de conocerte, Claire.

Estrechó la mano de Vega.

—Eso no me lo esperaba.

La app lo tradujo. Era mucho mejor que la aplicación básica que ella había estado usando desde que llegó a Madrid.

Vega se encogió de hombros y le habló al teléfono, que tradujo:

—A lo mejor me arrepiento de la decisión de cortar con Matías, pero la tomé. Y las mujeres no tienen por qué ser enemigas solo porque estén enamoradas del mismo hombre, ¿no?

Claire dio un respingo cuando oyó ese presente.

«Enamoradas del mismo hombre». Esperaba que Matías hablara en serio cuando dijo que era agua pasada.

Porque, al parecer, Vega seguía queriéndolo, aunque había permitido que Matías pusiera un océano de distancia entre ellos.

Y ella no sabía si Matías seguía sintiendo algo por Vega, dado que nunca había hablado de ella a fondo.

Aunque no podía lidiar con esos pensamientos en ese preciso momento. Había corrido escaleras abajo para alcanzar a Vega por un motivo. Y si iban a tener que turnarse para usar la app de traducción para lograrlo, se las apañaría.

—Estoy de acuerdo —dijo Claire—. Las mujeres no deberían ser enemigas por culpa de un hombre. Y por eso estoy aquí, en realidad. Me preguntaba si podrías contarme cosas de la vida de Matías cuando vivía en Madrid.

Vega ladeó la cabeza.

— Sí, pero ¿por qué? —La app tradujo eso también.

—Supongo que porque tengo miedo de perderlo. Ansío saber detalles de su vida.

La verdadera razón era que conocer los lugares donde Matías trabajaba y vivía, donde compraba la comida o donde le gustaba ir a comer, podría ayudarla a descubrir cómo encontrarlo de nuevo.

Ya no podía contar con que Matías apareciera sin más.

Tenía que ser proactiva, aunque eso significara enfrentarse a otra mujer a la que él había querido… a lo mejor incluso más que a ella .

Claro que no podía decirle a Vega: «Estoy persiguiendo el alma de Matías».

Vega soltó un hondo suspiro antes de hablarle al teléfono, que tradujo con esa voz robótica y femenina:

—¿Qué te parece si te lo enseño en vez de contártelo? A mí tampoco me importaría recorrer los recuerdos que tengo de él.

El barrio de Malasaña parecía ser la zona artística de Madrid.

Vega llevó a Claire por delante de tiendecitas de ropa vintage y bohemia; una tienda de libros usados en cuyo escaparate se veía un collage de viejas revistas punk ; pequeñas cafeterías que parecían locales donde se tocaba música en directo o se recitaba poesía; y misteriosas puertas pintadas de colores chillones que, según le explicó Vega, eran las entradas a los clubes con algunos de los mejores DJ del continente.

—Esa —dijo Vega mientras señalaba un escaparate al otro lado de la calle que estaba repleto de pinturas— es la tienda de material artístico que nos gusta a Matías y a mí.

Tienen las mejores pinturas para él y la arcilla para mí.

Soy escultora. La siguiente puerta —dijo al tiempo que señalaba un bar que no abría hasta más tarde— es donde me emborraché tanto durante mi primer año en la universidad que Matías tuvo que llevarme en brazos a mi casa.

«¿Un truquito habitual en ti?», quiso preguntarle Claire al recordar lo que había hecho en el hospital.