Matías
Siete meses antes
Después de cuatro meses de relación y durante su sexta visita al Met (el museo más famoso de Nueva York), Claire le confesó un secreto.
—Antes de conocerte, no había venido nunca.
—Es que… antes de conocerte no me interesaba mucho el arte.
—Pero eres amiga de Yolanda y de Jason.
—Sí, pero eso es porque me caen bien como personas, no porque me interesara especialmente a qué se dedicaba Jason.
A ver, que está casado con Yolanda, pero creo que la única vez que ella le habla de trabajo es cuando Jason le pide que le cuente las novedades en materia de legislación laboral para ayudarlo a conciliar el sueño.
Matías se echó a reír.
—Vale, es lógico. Pero ¿has estado fingiendo delante de mí en lo que respecta al arte? Por favor, dime que no te he estado haciendo sufrir durante los últimos cuatro meses.
Claire se puso de puntillas y lo besó.
—No, el arte es mucho más interesante contigo.
Explicas cada pintor y cada cuadro como si fuera una historia en vez de limitarte a recitar datos históricos sin más.
Me gusta escuchar lo que sucedía en la vida de la pintora cuando trabajaba en una obra, como que eligió usar amarillo ocre en vez de tierra de siena natural porque su marido había tenido una discusión con el dueño de la empresa que fabricaba pintura con el pigmento italiano.
O como el hombre aquel que le tenía un miedo mortal al agua, por lo que dedicó toda su carrera a pintar barcos y el mar para enfrentarse a su miedo.
Y tu forma de hablar de los cuadros en sí… Le das vida al arte, y eso me encanta.
Matías sintió una oleada de calor por todo el cuerpo al pensar que le había proporcionado tanta alegría.
—¿Qué vemos ahora? —preguntó ella—. ¿Qué me dices de unas esculturas? Todavía no hemos visto esa parte del museo.
Matías se tensó.
Claire frunció el ceño.
—¿No te gusta la escultura?
—Me gusta…
—Pero te da miedo no saber lo suficiente del tema y que te avergüences cuando yo me dé cuenta —replicó ella en tono burlón.
Matías intentó que su expresión fuera lo más neutra posible.
—Estuve saliendo con una escultora.
Claire tropezó con sus propios pies.
—Ah. ¿En serio?
Él se encogió de hombros.
—Sí, pero es agua pasada. De todas formas, tenía ganas de ver la exposición de trajes. ¿Qué te parece?
A Claire se le movieron los dedos, y Matías estaba bastante seguro de que estaba dudando entre preguntarle más sobre su ex o no.
Esperaba que decidiera no preguntarle. Siempre que llegaba al final de sus citas con ella, cuando le preguntaba «¿Cuándo puedo volver a verte?
», siempre parecía sorprendida de que siguiera interesado.
Así que no quería hablar de su relación anterior en ese preciso momento, porque conocía lo bastante a Claire como para saber que empezaría a compararse de inmediato con su ex, y él no sería capaz de convencerla de que estaba muchísimo mejor con ella, una mujer con los pies en la Tierra, que con una artista de espíritu libre como él mismo.
Quizá lo que Claire necesitaba era verse con más claridad, darse cuenta de que no solo era una abogada estirada, sino también una mujer que podía soltarse el pelo y divertirse sin planificación previa de vez en cuando.
—Vamos a dejar la exposición de trajes —dijo—. Se me ha ocurrido algo mejor.
Dejaron atrás la ciudad y condujeron por una serie de sinuosas carreteras con rumbo al bosque. Matías comprobó la dirección en su teléfono una vez más y le pidió a Claire que se detuviera en un pequeño claro.
—¿Dónde estamos? —preguntó ella mientras salían del coche y lo seguía hacia los árboles, cuyas hojas rojas y doradas se mecían con la brisa.
Matías señaló un cartel de madera pintado: Bienvenidos a Cualquier Cosa que Desees .
—Un profesor de mi departamento heredó muchísimas hectáreas aquí —le contestó—.
Pero, en vez de edificarlas, decidió convertirlas en una colaboración artística.
Cualquier artista puede venir a su tierra, en cualquier momento, para crear.
La única restricción es que no se puede dañar la vegetación ni la fauna.
Tenía ganas de venir, pero todavía no se había presentado la oportunidad.
Encontraron un sendero estrecho y muy transitado que partía de un claro y que se adentraba en la propiedad.
—¿Así que este lugar se llama «Cualquier Cosa que Desees»? ¿Qué significa eso? —preguntó Claire mientras paseaban entre la espesura de los árboles, algunos con delicadas hojas de color naranja claro y otros con hojas anchas de tonos carmesí.
—Aquí puedes hacer lo que quieras, literalmente —contestó él—. Así de simple.
Señaló hacia la izquierda, donde se veían unos felpudos cuadrados hechos de fibras de coco que habían teñido de negro y de un color casi blanco, y que habían colocado a lo largo y ancho del terreno accidentado como un tablero de ajedrez irregular.
En algunas de las casillas, había piezas de ajedrez de entre noventa y ciento ochenta centímetros de altura hechas de alambre de cobre; peones rechonchos, caballeros majestuosos sobre sus monturas, alfiles con cuerpos huecos excepto por una cruz sólida en el corazón.
—¡Madre mía, mira! —exclamó Claire entre risas mientras señalaba una figura de alambre detrás del tronco de un árbol especialmente robusto—. ¡Ahí está el rey!
Matías también se echó a reír. Porque el rey estaba acurrucado detrás del árbol, solo asomaba su cabeza coronada, y a pocos metros de él, una reina se erguía sobre su casilla de fibra de coco, con el cuerpo de alambre montado en un poste para que girase en círculos, como si lo estuviera buscando.
—Jaque mate —dijo Matías.
—Sin duda. —Claire sonrió y se colgó de su brazo mientras continuaban por el sendero.
Pasaron junto a un cobertizo de madera alargado con un cartel sobre la puerta que decía: Herramientas de la Imaginación .
Más adelante había más obras: un dragón hecho con engranajes de bicicleta, suspendido de una tirolina entre las copas de los árboles.
Una plataforma con una placa cubierta de cristal, en cuyo interior había una manzana de mármol esperando a Blancanieves.
Casitas de hadas enclavadas en campos de flores silvestres y coloridas campanas de viento de cristal en las ramas de los árboles.
Una estatua dorada del león Aslan. Un topiario de una pareja bailando.
Un tronco caído por culpa de un rayo que habían tallado con la forma de un tótem en reposo.
Llegaron a un puente de piedra emplazado sobre un arroyo que se había secado, y a Matías se le hinchó el pecho de la misma manera que cuando le llegaba la inspiración para un nuevo cuadro.
—Ahí —dijo.
—¿Ahí qué? —Claire miró el puente y todo lo que lo rodeaba.
—Quédate aquí. Vuelvo enseguida.
Atravesó el bosque a toda velocidad, siguiendo los tortuosos senderos de tierra, hasta que llegó al cobertizo de madera con las Herramientas de la Imaginación.
La puerta estaba abierta y, dentro, encontró lo que esperaba: pintura, pinceles y lienzos, así como todo tipo de materiales artísticos que no necesitaba en ese momento, pero que podría usar otro día.
—¿Para qué es todo eso? —le preguntó Claire cuando regresó con varios botes de pintura en espray.
—Vamos a decorar el puente de piedra —contestó él.
Ella puso los ojos como platos.
—¿Con grafitis?
Matías sonrió.
—Más o menos. Sé que no va contigo vandalizar algo como un puente, pero como tenemos el permiso del profesor para crear lo que queramos, ¿te apetece intentarlo?
Claire se mordió el labio. Sus dedos hicieron ese gesto tan gracioso e inconsciente de moverse por los nervios. Luego respiró hondo.
—Muy bien. Vamos a pintarlo.
Al final, no garabatearon sus nombres sobre las rocas ni hicieron nada parecido al arte que adornaba las paredes de los callejones de la ciudad. En cambio, Claire quiso pintar caras en las piedras redondas. Montones de caritas felices.
Cuando terminó, las miró con una sonrisa radiante.
Matías, en cambio, la miraba a ella con una sonrisa radiante .
—Es solo un pequeño acto de rebeldía —dijo ella— y, técnicamente, ni siquiera es un acto de rebeldía porque teníamos permiso para hacerlo. Pero, de alguna manera, siento que cuenta.
—Pues claro que cuenta —le aseguró él, que tiró de ella, dándole una vuelta, para besarla.
El olor de la pintura permanecía en la piel de Claire, y sabía a sol y a sal. El moño se le había deshecho y varios mechones se agitaban en torno a su cara con el viento.
Le gustaba Claire en la ciudad, donde lo tenía todo organizado a la perfección.
También le gustaba Claire en el bosque, con esa expresión ligera en los ojos que había aparecido después de soltar un poco las riendas.
La pegó al tronco liso de un árbol junto al puente y la besó con más pasión, buscando su lengua con la suya. Le deslizó una mano por la cinturilla de los vaqueros.
Claire se pegó a su cuerpo, y él sintió la urgencia de su deseo tanto como sentía la propia.
Sin embargo, ella dijo entre besos:
—Aquí no.
—Nadie nos va a ver —replicó mientras enganchaba un dedo en el elástico de las bragas—. No hay nadie más.
—Pero nos están observando… —protestó Claire.
—¿Quién?
Ella miró de reojo hacia el puente. Matías siguió su mirada.
—¿Te refieres a… las piedras? —preguntó él.
A Claire se le escapó una risilla, que se convirtió en una carcajada.
—Esas caras tan bonitas…
Entre risas, Matías se la cargó al hombro. Se internó con ella en el bosque, donde no había senderos ni otras obras de arte.
Después, la tumbó sobre una cama de hojas otoñales e hicieron el amor bajo las copas de los árboles, mientras las motitas de sol les iluminaban la piel, en la propiedad de otra persona. Y así fue como Matías ayudó a Claire a ejecutar su segundo acto de rebeldía ese día.