Claire #3
Mientras Matías le describía entusiasmado el uso de la luz de Sorolla en el retrato, la suave luz dorada del sol del atardecer se coló a través de una ventanita de la habitación y se posó en su cara.
Matías se volvió transparente, aunque mucho menos que antes, por lo que la luz del sol logró resaltar el dorado de sus ojos y destacó todavía más el contraste de su pelo negro contra la piel.
En el mentón destacaba la sombra de la barba.
Claire cerró los ojos un momento, recordando el roce áspero contra su propia mejilla y la sensación de esos labios contra los suyos.
Los feroces besos que se daban a veces, al principio de su relación, durante tanto tiempo que horas después tenía toda la zona de la boca como si le hubieran pasado una lija e incluso seguía teniendo los labios rojos e hinchados al día siguiente.
En el bufete, George le preguntaba si había tenido una reacción alérgica a algo y Yolanda se limitaba a reírse con complicidad, ya que estaba casada con un apasionado miembro del mundo del arte.
Durante los últimos meses, ya no le permitía a Matías que la besara así. Estaba cansada de ir al trabajo con aspecto de adolescente después de una sesión de besos en el asiento trasero del coche. Pronto la nombrarían socia y debía presentar un aspecto apropiado.
En ese momento, sin embargo, mientras miraba a Matías con el sol acariciando su cara, se preguntó: «¿Por qué?» .
¿Por qué la alegría de su vida personal implicaba que no podía destacar también en su vida profesional? ¿Por qué había empezado a alejar a Matías, criticando las peculiaridades que lo hacían ser él?
Deseó besarlo. Quería atravesar la escasa distancia que los separaba, ponerse de puntillas y saborear el sol en su piel. Quería besarle el cuello, rozarle la aspereza de la barba con los labios, sentir sus brazos rodeándola y sus manos deslizándose por debajo de su camisa.
Pero no podía tocarlo. La profesora Hong lo había dejado claro.
Así que se quedó clavada en el sitio.
Matías seguía mirando el cuadro. Luego se volvió y le sonrió.
—¿Qué te parece?
«Creo que eres extraordinario — pensó—. Y no sé por qué no me daba cuenta de lo afortunada que era».
Se quedaron casi hasta la hora del cierre.
Nunca le había gustado ser la clase de persona que se quedaba en los museos o en los restaurantes hasta el último minuto.
Suponía que para los guías o los camareros debía de ser incómodo acercarse a los rezagados y decirles con educación que era hora de marcharse.
Por eso, siempre se aseguraba de irse lo bastante temprano, para que no tuvieran que hacerlo con ella.
—¿Qué hacemos ahora? —le preguntó a Matías mientras salían del museo—. Solo son las ocho. La noche es joven.
—En realidad, debería irme a casa —contestó Matías—. Me lo he pasado muy bien contigo, pero tengo mucho que hacer antes de irme a Nueva York.
—Pero todavía faltan dos semanas —le recordó Claire. No sabía cuándo ni cómo volvería a verlo y no quería dejar pasar esa tarde. Además, le costaba entender que, para él, ir a Nueva York era algo que estaba en el futuro, mientras que para ella ya era algo del pasado.
¿Cuánto tiempo tenía en realidad? ¿Y si no era capaz de conseguir que Matías se enamorase de ella antes de que pasaran las dos semanas, cuando sus recuerdos de Madrid se acabaran y pasara a los de Nueva York?
Se estremeció. No quería pensar en eso.
De momento, solo tenía que estar con él tanto como fuera posible para mantener su alma conectada a ella, su ancla. Sus interacciones pasadas parecían haber ayudado a la versión de Matías que estaba en el hospital, y esperaba que sus signos vitales volvieran a mejorar esa noche.
—Tienes dos semanas enteras antes de que llegue la hora de irte. Es mucho tiempo —dijo, aunque también lo hizo para intentar convencerse a sí misma.
—Bueno, recuerda que voy a estar fuera del país durante dos años —replicó Matías—. No es tan sencillo como viajar por trabajo o irse de vacaciones. Hay muchas cosas de las que tengo que ocuparme.
—Sí, pero…
—Claire —dijo con un deje irritado en la voz—, ¿y si nos vemos cuando esté en Nueva York?
—No quiero esperar —respondió.
¡Uf, qué patética! Parecía desesperada, pero había demasiado en juego como para preocuparse por eso.
—De verdad que tengo que irme —insistió Matías—. Tengo tu número. Te buscaré cuando llegue a Estados Unidos.
Sin embargo, a esas alturas de la vida ya había oído demasiadas veces en el pasado y de boca de otros hombres eso de «te llamaré» o «pronto quedaremos». Nunca la llamaron ni volvieron a quedar con ella. Era su forma de desaparecer, lo que no dejaba de ser irónico y triste en el caso de Matías.
Seguramente, tuviera la intención de ponerse en contacto con ella cuando llegara a Nueva York, pero también era posible que lo hubiera presionado demasiado y él se estuviera alejando.
Se despidió de ella agitando una mano y cruzó la calle. Pasó un autobús, que le bloqueó un instante la vista y, cuando la calle quedó despejada, Matías ya se había ido.