Un año atrás en España Claire #2
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Claire #2

Mientras esperaba su turno en la cola, miró la bonita ropa interior que tenía en las manos. Hasta los diseños más sencillos tenían una hilera de botoncitos en la parte delantera, un lacito o un pequeño ribete de encaje.

¿Estaba comprando demasiadas? ¿Y si al comprar tantas estaba perjudicando la recuperación de Matías, porque le estaba insinuando al universo que se estaba preparando para un largo camino?

¿Que no creía en una pronta recuperación ni que despertara al día siguiente?

Diez bragas eran una semana y media sin repetir…

Apretó las bragas con más fuerza, deseando de nuevo que Matías estuviera allí. Él siempre tenía una forma de simplificar las cosas cuando empezaba a darle demasiadas vueltas a sus decisiones.

—¿Señora?

Claire levantó la mirada. Una de las cajeras estaba libre y le hacía señas. Sin embargo, cuando llegó al mostrador, miró hacia el escaparate.

Allí estaba Matías, caminando junto a la fuente de la plaza.

Dio un grito ahogado.

—¡Por favor, date prisa! —le dijo a la cajera.

La chica la miró con expresión desagradable.

—No puedo ayudarla a menos que me dé lo que va a comprar.

—¿Qué? ¡Ah! —Todavía tenía las bragas en las manos—. Aquí tienes.

La cajera murmuró algo.

—Lo siento —se disculpó Claire—. Un hombre… fuera . Quiero hablar con él.

—¡Aaah! —exclamó la chica, levantando una ceja donde llevaba un piercing en señal de aprobación.

Sin embargo, frunció el ceño al ver las bragas tan recatadas que había comprado, quizá pensando que unas más sensuales habrían aumentado sus posibilidades con un hombre.

En cualquier caso, pasó su tarjeta de crédito por el datáfono, envolvió las compras en un delicado papel de seda y las metió en una bonita bolsa con asas—. ¡Buena suerte!

— Gracias —dijo Claire, que salió de la tienda prácticamente corriendo—. ¡Matías!

Él se dio media vuelta y, cuando la luz del sol lo iluminó, habría jurado que era un poco menos diáfano que el día anterior. Pero tal vez solo fuera su imaginación, porque seguía siendo transparente hasta que dio un paso y salió del rayo de sol.

—¡Claire! Vaya, qué casualidad.

Desde luego. No sabía por qué había aparecido allí, justo en ese momento, cuando su plan más meditado en el quiosco de bebidas no había dado resultados. Claro que no iba a dejar pasar esa oportunidad.

—¡Sal conmigo! —le soltó Claire.

Matías pareció confundido por un segundo, pero se recuperó pronto.

—Me encantaría. Seguro que necesito una semana para instalarme cuando llegue a Nueva York, pero luego sería maravilloso verte.

—No.

—¿No?

—Quiero decir… que salgas conmigo hoy —dijo Claire.

—Lo siento, no puedo. Voy a estar ocupado las próximas dos semanas, preparándome para el viaje.

Un déjà vu , pero al revés, porque la primera vez que Matías la invitó a salir, cuando la llamó a la oficina para que cenara con él ese mismo día, ella le dijo que estaba muy ocupada.

Sin embargo, él insistió y ella cedió.

—Me niego a aceptar un «no» por respuesta —dijo Claire, cruzando los brazos por delante del pecho y haciendo todo lo posible para que no se le notara que iba de farol.

Sin embargo, no sabía qué ultimátum usar si él volvía a rechazarla.

Matías ladeó la cabeza y la miro fijamente.

—¿Todas las estadounidenses son tan tercas?

—¡Yo no soy terca! —protestó.

Matías se rio.

—Creo que eso demuestra lo que digo.

Claire hizo un mohín.

—Sin embargo —siguió él—, resulta que soy un experto en mujeres testarudas, porque mi madre y mi hermana tienen un carácter tremendo.

—¿Ah, sí? ¿Y qué diría un experto en esta situación?

—Un experto diría que, si eres inteligente, haces lo que te diga la mujer terca. —Matías le guiñó un ojo—. Así que vamos a salir. Sé exactamente adónde llevarte.

El Museo Sorolla estaba a solo veinte minutos andando.

Al principio, Claire se había resistido a entrar, preocupada por las multitudes que atravesarían a Matías, pero descubrió que los turistas ya no tenían ganas de visitar más museos por la tarde, porque habían gastado toda su energía por la mañana en los más famosos, como el Prado y el Reina Sofía.

—Joaquín Sorolla es uno de mis pintores preferidos, porque era un maestro a la hora de jugar con la luz en los paisajes —dijo Matías mientras se acercaban al museo—. ¡Ah, no he caído en preguntártelo antes de venir! ¿Te gusta el arte?

—Me gusta desde que te conocí —respondió Claire.

Él se rio.

—¡Un desmayo fuera de un hotel y un paseo por el parque, y ya he dejado huella en ti!

Claire se puso colorada. Había dicho la verdad, pero era para el otro Matías. Sin embargo, su alma era tan parecida a él que, por un momento, se le había olvidado que el Matías con el que estaba no era exactamente igual.

Compró las entradas mientras él estaba distraído con un cartel sobre Joaquín Sorolla. Sin embargo, no había necesidad de comprar dos, porque en la puerta solo le pidieron una. Estaba claro que el hombre no veía a Matías, y esa fue su confirmación definitiva de que era la única que podía verlo.

Por suerte, Matías estaba demasiado absorto con las obras de la entrada como para darse cuenta de que el hombre de la puerta solo había aceptado una entrada.

—Esta era la casa donde vivía Sorolla —le dijo Matías al entrar en una sala con paredes de un intenso color rojo anaranjado.

Había cuadros colgados por todos lados. Cuadros pequeños de jardines y fuentes; cuadros medianos de fachadas de edificios con arcos y estanques que reflejaban la luz; grandes retratos de mujeres jóvenes con vestidos blancos a la orilla del mar, con el viento salado agitando sus sombreros y sus sombrillas.

Del techo, que tenía las vigas a la vista, colgaba una impresionante araña de metal y cristal.

En las estanterías había jarrones y un sinfín de cosas más.

No era de extrañar que Sorolla fuese uno de los artistas preferidos de Matías. En esa estancia, se percibía el bullicio de la vida, aunque el pintor había muerto hacía mucho tiempo.

—¿Ves cómo se siente el sol en cada una de sus obras? —le preguntó Matías. Le brillaban los ojos y respiraba hondo, señales que reconocía en él cuando otro artista lo impresionaba.

A Claire le dolía el corazón, echaba de menos a Matías, aunque estuviera allí mismo, a su lado.

—Cuéntame más sobre Sorolla y sus pinturas —le dijo, porque lo único que quería en ese momento era escucharlo hablar sin parar.

—Cuidado con lo que deseas —replicó él—. Puedo llegar a aburrirte si me dejas hablar sin parar.

—Eso nunca —le aseguró ella.

Matías se rio.

—Vale, tú lo has querido. Mira este. —Señaló el retrato de una mujer vestida de negro, con un enorme sombrero también negro en la cabeza—.

La habitación detrás de la protagonista es tenue; las cortinas no destacan, tienen un color apagado, y desaparecen por completo con el verde aceituna sucio de la izquierda.

Y, sin embargo, mira cómo Sorolla resalta el rostro de la mujer con la luz.

Casi puedes sentir el sol entrando por esa pequeña y estrecha ventana solo para iluminarla, y, gracias a eso, se percibe la solemnidad con más fuerza que si la hubiera dejado también en sombra.