Un año atrás en España Claire
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Claire

Además, tenía un plan para encontrar de nuevo el alma de Matías.

Llegó al Hospital Universitario La Paz tan pronto como comenzaron las horas de visita y se sentó en la silla junto a la cama de Matías.

Sin embargo, ese día se había llevado el portátil.

Además de las lecciones de audio de español, iba a pasar la mañana buscando ideas sobre las cosas que podía hacer con el alma de Matías en Madrid (como si estuviese saliendo con ella, vamos) mientras le hacía compañía a su cuerpo físico.

A las dos de la tarde, cuando todos se tomaran un descanso para almorzar, volvería al quiosco de bebidas del parque donde lo había visto el día anterior.

El lugar más lógico para encontrar algo que se había perdido era volver sobre los pasos que se habían dado.

Esperaba que eso también sirviese para las almas, aunque en su caso no la hubiera «perdido» exactamente.

— Buenos días —replicó ella—. ¿Cómo estáis?

Armando murmuró algo mientras se encogía de hombros. Claire sabía lo que quería decir. Cuando alguien a quien quieres está en coma, el simple hecho de superar la noche es una victoria.

—No estarás trabajando, ¿verdad? —le preguntó Soledad, que frunció el ceño al verla con el portátil.

Lo cierto era que Claire había estado en contacto con el bufete una vez al día desde que llegó a Madrid.

Era imposible no hacerlo, porque la necesitaban.

Pero en ese momento no estaba trabajando.

Sin embargo, ¿cómo podía explicarle a Soledad que estaba pensando en organizar qué hacer mientras salía por Madrid con su hijo, que estaba en coma?

—Estoy haciendo una lista de ideas sobre cosas que hacer en España con Matías cuando despierte —contestó.

Soledad se tocó la cruz que llevaba al cuello.

—Muy bien. El optimismo es una forma de oración. Matías lo sentirá.

Armando le dio un apretón en la mano a Soledad.

Claire empezó a buscar ideas en internet, cosas que pudiera hacer con alguien que no tuviera un cuerpo sólido.

No estaba segura de lo que pasaría si Matías se viera obligado a sostener o levantar algo.

El día anterior fue incapaz de marcar su número de teléfono en el móvil, pero ¿y si tenía que tocar algo en este mundo, algo que no le pertenecía, como un tenedor o una copa de vino?

La profesora Hong le había dicho que no podía tocarlo porque atravesaría su cuerpo.

Así que tal vez el tenedor no existiera y él no le hiciera caso, como cuando ella le preguntó qué año era y él se confundió por un segundo, pero acabó dejando el tema.

O tal vez eso sacudiría su alma y lo ayudaría a darse cuenta de que, en realidad, no era Matías, y eso podría romper su frágil conexión con el mundo físico. Y entonces el Matías que yacía en la cama del hospital delante de ella se perdería para siempre.

La tercera posibilidad era que la profesora Hong estuviera completamente equivocada en todo, pero decidió rechazarla.

«De acuerdo, las comidas quedan descartadas», pensó. Sin embargo, aunque la comida era una parte importante de la cultura española, había muchas cosas que hacer en Madrid que no tenían que ver con comer.

El Museo del Prado (aunque caminar entre la multitud podría ser contraproducente. Se imaginó a un grupo de turistas dentro del museo atravesando a Matías, y lo impactante que sería eso para él, así que tachó los museos de su lista).

Paseos en globo aerostático (tendría que lidiar con que la posibilidad de que el piloto la tomara por loca por hablar sola, ya que el hombre no podría ver a Matías).

Visitar la Plaza Mayor.

Pasear por los Jardines de Sabatini, los jardines botánicos situados junto al Palacio Real.

Asistir a un espectáculo de flamenco.

Explorar el parque del Retiro.

Un paseo nocturno por la Gran Vía.

Echarle un vistazo a la Puerta del Sol, el Times Square de Madrid.

Lo último le arrancó una sonrisa. Recordó el horror de Matías cuando lo llevó a Times Square por primera vez y se vio acorralado por Elmo y el Pato Donald.

Los familiares de Matías estuvieron toda la mañana entrando y saliendo de su habitación hasta primeras horas de la tarde, mientras ella buscaba itinerarios y guías turísticas de Madrid en internet.

Sin embargo, en algunos momentos se limitaba a observar cómo respiraba Matías, dejando que el silbido de la cánula de oxígeno la acompañara.

Soltó un triste suspiro al darse cuenta de que se había acostumbrado al hospital.

El olor de las toallitas desinfectantes y del limpiador antibacteriano para suelos ya no la molestaba, y las puertas abiertas y las constantes miradas de las enfermeras al interior ya no le parecían una violación de la intimidad.

Sin embargo, no quería que el coma de Matías se convirtiera en el día a día, así que se sintió culpable, aunque aliviadísima, cuando su móvil vibró a las dos menos cuarto por la alarma que había programado.

Era hora de dejar a un Matías y, con suerte, encontrar a otro.

— Una Coca-Cola, por favor —le dijo Claire al hombre del quiosco de bebidas—. Y …

«¿Hielo? ¿Cómo se decía eso en español?».

— ¿ Con hielo ? —preguntó el hombre.

— ¡Hielo! Sí, por favor —respondió ella mientras abría la cartera.

Sin embargo, se detuvo de repente. Ya no le costaría mucho encontrar las monedas adecuadas porque recordaba lo que necesitaba. No obstante, titubeó, esperando que Matías apareciera para ayudarla. Dejó los dedos suspendidos sobre la cartera, esperando…

No hubo ninguna voz, ninguna risa porque hubiera vuelto a confundirse con los euros. Nada.

Se volvió para ver si estaba en la cola detrás de ella, pero, a diferencia del día anterior, era la única clienta.

Suspiró mientras sacaba las monedas correctas de la cartera, le pagó al hombre del quiosco y se hizo con su Coca-Cola.

¿Qué debería hacer? Contaba con que la repetición del encuentro del día anterior provocara el regreso de Matías.

Pero si eso no funcionaba, ¿debería quedarse por allí?

En casa, él llegaba siempre tarde, tanto que había empezado a decirle que las citas y los eventos eran (por lo menos) media hora antes de lo que eran en realidad.

No se trataba de que Matías no respetase el tiempo de los demás, el problema era que se dejaba llevar por las ideas que tenía en la cabeza o, si estaba en su estudio, se sumergía tanto en la pintura que el tiempo dejaba de existir para él.

Quizá a su alma le ocurría lo mismo. Al fin y al cabo, eran partes de la misma persona.

La lógica era endeble y, si se tratara de un contrato legal, le habría encontrado un sinfín de fallos. Pero como no se le ocurría otra forma de conseguir que el alma de Matías se reuniera con ella, se sentó en el banco más cercano y cruzó los dedos para que él llegara.

Dos horas más tarde, se había bebido toda la Coca-Cola y tenía muchas ganas de ir al baño.

Los De León habrían vuelto al hospital después de comer y se estarían preguntando dónde estaba.

El hombre del quiosco de bebidas había empezado a mirarla con lástima.

¿Era tan obvio que la habían dejado plantada?

Claro que Matías no podía dejarla plantada si no sabía que tenían una cita.

Se levantó del banco del parque, con las marcas de los listones seguramente impresas en la parte posterior de las piernas por haber estado sentada en el mismo lugar durante tanto tiempo.

—¿Nos vemos mañana? —preguntó el hombre del quiosco en un inglés titubeante.

—No lo sé —respondió Claire—. Quizá.

El resto de la tarde transcurrió con el runrún de los pitidos de los monitores y de los familiares que se turnaban en la habitación del hospital de Matías.

Claire intentó analizar qué había hecho mal durante la pausa para comer, pero ¿quién sabía qué leyes regían las almas o si existía alguna regla?

Sin embargo, aunque lograse encontrar su alma, ¿podría conseguir que lo imposible sucediera dos veces?

De alguna manera, Matías se había enamorado de ella en Nueva York, aunque él era un demonio de Tasmania de la pintura y la curiosidad, y ella era una abogada que planificaba lo que iba a ponerse con un mes de antelación.

¿Cómo podría replicar su relación en Madrid, cuando las posibilidades de que alguien como él la amara eran tan escasas?

A primera hora de la tarde, se marchó del hospital porque necesitaba comprar ropa interior.

Había encontrado unas bragas de emergencia en el bolsillo lateral del bolso, un repuesto por si se le adelantaba la regla, pero lavarlas en el lavabo con jabón de manos y alternar solo entre dos no era lo ideal, así que había llegado el momento de solucionar ese problema.

La tienda que le había recomendado la recepcionista del hotel era mucho más lujosa de lo que estaba acostumbrada.

Como era una mujer práctica y había crecido sin mucho dinero, solía comprar bragas de algodón en paquetes al por mayor.

Así que se quedó en la entrada de Oysho durante unos segundos indecisa, flanqueada por maniquíes con sujetadores y bragas de encaje que sin duda requerían más cuidados que simplemente meterlos en la lavadora con todo lo demás.

«Además, no tengo a nadie para quien ponerme cosas tan bonitas» , pensó, con una opresión en el pecho.

«No, no pienses eso», se reprendió. Matías despertaría .

Se obligó a entrar. En casi todas las tiendas de Estados Unidos, la ropa más cara y deseada se colocaba en la parte delantera, y la más barata y funcional, en la parte trasera, y, por suerte, los españoles tenían la misma idea.

Las bragas «sencillas» seguían siendo más elegantes que las que ella compraba en paquetes de doce en su país, pero los europeos parecían tener mejor sentido de la moda que los estadounidenses en general, por lo que tampoco se sorprendió mucho.

El cartel que vio sobre el expositor la llevó a decidirse. Según la aplicación de traducción, si compraba nueve, le regalarían una. Así que contó diez y se las llevó a la caja.