Claire
—Hola, cariño, ¿cómo lo llevas? —le preguntó Yolanda en cuanto se conectaron por videollamada.
A diferencia de ella, Yolanda iba muy arreglada; llevaba una blusa de seda de color crema, collar y pendientes a juego y pintalabios rojo en plan «mujer poderosa».
Estaba sentada en su espacioso despacho con vistas a Central Park, ya que la habían hecho socia del bufete Windsor madrugaba para poder trabajar con los bufetes de abogados europeos encargados de conseguir los permisos legales necesarios y, a veces, ni siquiera se iba a casa y dormía un par de horas en un saco de dormir debajo de su mesa a fin de estar disponible en ciertos momentos cruciales que requerían de una revisión urgente de documentos que debían devolverse tan pronto como llegaban a su bandeja de entrada.
—No he salido huyendo de las negociaciones —señaló.
—Lo sé —le aseguró Yolanda.
Y ese era el quid de la cuestión. Los hechos no importaban.
La lógica no importaba. En el competitivo mundo de los prestigiosos bufetes de abogados internacionales, los socios vivían con el temor de que sus clientes con mayor poder adquisitivo los abandonaran.
De ahí que empezaran a hablar de ella y de su marcha en el momento más importante de la mayor operación corporativa del año para Windsor & Black.
Todo el arduo trabajo que había llevado a cabo durante diez años podía caer en saco roto en cuestión de días.
Estaba a punto de convertirse en socia, pero eso dependía de que liderara con éxito la adquisición de Einstein Corp.
por parte de Intelligentsia Tech, una adquisición que tenía unvalor de mil millones de dólares.
Tragó saliva.
—¿Están tratando de reemplazarme?
—Mia Kova č está intentando quedarse con tu puesto.
—¡Si ni siquiera participa en este acuerdo!
—Es como un tiburón.
—Y ha olido mi sangre en el agua. —Se acostó y se tapó con la sábana, haciendo que el portátil se le cayera del regazo a la cama.
—¿Claire?
Enderezó el portátil, y la cámara mostró un primer plano de su cara aplastada, medio tapada por la sábana.
—Ojalá pudieras dirigir el acuerdo por mí.
—Ya me gustaría —replicó Yolanda—. Pero estoy especializada y no llevo los temas de fusiones corporativas generales como tú.
No me dejarían dirigir la fusión de Intelligentsia Tech aunque lo suplicara.
Eso sí, haré lo que pueda por ti entre los socios.
No sé hasta qué punto me harán caso, ya que estoy en el escalafón más bajo, pero sabes que Bill y yo te apoyaremos.
Claire cerró los ojos, deseando simplemente echarse a dormir en vez de tener que lidiar con otro problema.
Sin embargo, ser abogada en un gran bufete significaba estar «activa» todo el tiempo.
Había que hacer un esfuerzo sobrehumano y ponerse una gruesa armadura para bloquear cualquier emoción que pudiera hacer daño.
Y ella había trabajado demasiado y durante demasiado tiempo como para rendirse sin luchar cuando estaba a punto de alcanzar por fin el ansiado puesto de socia.
Abrió los ojos, apartó las sábanas y se incorporó.
—Supongo que será mejor que me conecte, le envíe un mensaje de correo electrónico a Mitch y me ponga al día con lo que está pasando —dijo.
—No deberías verte obligada a hacerlo —replicó Yolanda.
—Lo sé, pero la cuestión es que lo estoy.