Claire
—¿Estás bien? —le preguntó Araceli—. La hora de visita está a punto de terminar.
—Me he echado una siesta —mintió—. No me había dado cuenta de que había dormido tanto.
—Bueno, le diré a Luis que vaya a por ti dentro de un rato —siguió Araceli—. Vas a cenar en casa de mis padres. Mi madre no quiere que estés sola ahora mismo, ¿vale? Necesitas gente a tu alrededor y buena comida.
No sabía si podría soportar a una familia tan numerosa. La suya había sido muy pequeña, solo Jim, Sarah y ella. Y, después de que murieran, no le quedó nadie.
Empezó a mover los dedos y se los miró con el ceño fruncido. ¿Cuándo había empezado a hacer eso?
—La cena te sentará bien —le aseguró Araceli—. No te voy a dar alternativa. Luis se pasará por el hotel a buscarte a las ocho.
—De acuerdo —suspiró Claire, con los dedos inmóviles—. Estaré esperándolo abajo.
Cuando llegó con Luis al piso de la familia De León en el Parque de las Avenidas, Claire se sorprendió al encontrar allí solo a Soledad, Armando, Araceli y a la abuela Gloria.
—Hemos pensado que a lo mejor prefieres una velada más tranquila —dijo Araceli mientras la abrazaba en la puerta principal.
—Gracias —replicó Claire, abrazándola con fuerza pese al calor que hacía.
No se había dado cuenta de lo mucho que necesitaba ese abrazo, pero después de haber visto esa tarde el alma incorpórea de su novio y de la inquietante, aunque útil, videollamada con la profesora Hong, era un alivio estar con gente que se movía dentro de los límites de la «normalidad».
Soledad, Armando y la abuela Gloria también la abrazaron cuando entró en el piso. El hogar de los De León irradiaba calidez: suelos de madera oscura, sillones mullidos, una alfombra estampada en el salón y fotos de Matías, Araceli y Luis de pequeños. Tragó saliva al imaginarse a Matías de niño.
Por supuesto, las paredes estaban decoradas con los intensos colores de las pinturas de Matías.
Encima de la tele había un cuadro de unos tigres cariñosos con sus cachorros, descansando en una pradera amarillenta, pero entre los cachorros había una cría de cebra que en vez de tener rayas blancas y negras, las tenía negras y naranjas. Diferente, pero igual que el resto de su familia.
Tal y como acostumbraba a hacer, Claire se volvió para ver si Matías estaba a su lado, esperando que ella descubriera ese detalle encantador e incongruente en su obra.
Sin embargo, él no estaba allí, ni el Matías de carne y hueso ni su alma. Parpadeó para contener las lágrimas. Hasta ese momento, no se había dado cuenta de lo mucho que había esperado que él apareciera en su casa.
—Le dije a Matías que pintara a nuestra familia —le explicó Soledad—. Eso fue lo que me regaló. —Se rio con suavidad.
Claire asintió con la cabeza, porque lo entendía a la perfección. Matías podía parecer un ser humano como cualquier otro, igual que todos los demás, pero su esencia era distinta. Una cebra naranja y negra viviendo entre tigres.
—A mi madre le gusta que Matías pinte los grandes momentos sentimentales de la familia —añadió Araceli mientras señalaba otro cuadro en la pared opuesta; un retrato de Luis recién nacido, disfrutando de su primer baño.
Matías debía de haberlo pintado cuando su hermano ya era mayor, porque era apenas un adolescente cuando nació el benjamín de la familia.
Sin embargo, el estilo seguía siendo indiscutiblemente el de Matías, realista con un pequeño toque de lo sublime, aunque era evidente que a esa edad todavía no manejaba por completo la sutileza. El agua del cuadro era iridiscente.
Luis se colocó delante del retrato.
—A ver, que no hace falta que lo miremos con tanto detenimiento.
Araceli resopló.
—A Luis no le gusta que veamos su pene de bebé.
— Es muy pequeño —dijo Soledad—. Y muy bonito.
Hasta la abuela Gloria se rio.
Luis se puso colorado.
Claire contuvo la risa porque su español básico era suficiente como para entender la conversación. Sin embargo, se compadeció de Luis y se alejó de los sillones para acercarse a una acuarela de casas blancas sobre acantilados verdes, con vistas a un mar azul oscuro.
—Este es diferente de los otros que he visto.
—Ese cuadro es mío —le explicó Armando—. Es de las islas Canarias, de donde son mis abuelos. Donde creció mi madre.
La abuela Gloria sonrió radiante al contemplar el paisaje.
—Armando, ¿tú también eres pintor? —preguntó Claire.
—Solo un aficionado.
—Pero de ahí sacó Matías su talento —añadió Araceli, que miraba a su padre con orgullo.
A Claire le dio un vuelco el corazón y, de repente, echó de menos a sus padres.
Aunque siempre había soñado con salir del pueblecito de Florida donde había crecido, admiraba la estabilidad de sus padres.
En su etapa en el colegio, siempre se disfrazaba de cartero en Halloween y salía en busca de caramelos con una bolsa al hombro como la que su padre llevaba para repartir el correo.
Disfrutaba de la fiabilidad de los macarrones con carne de su madre y de una película de Hallmark todos los viernes.
Le encantaba saber exactamente dónde estaba su hogar: con ellos.
¿Podría volver a tener algo así? Si Matías despertaba y se recuperaba, ¿podría aceptar su proposición y volver a encontrar una familia con los De León?
—Araceli —dijo—, me has dicho que las constantes vitales de Matías volvieron a mejorar esta tarde, ¿verdad?
—Sí, durante media hora más o menos. —Araceli sonrió suavemente—. Creo que es una buena señal, ¿no te parece?
—Sí —contestó Claire, conteniendo las lágrimas.
Al igual que el minuto del día anterior se correspondía con el minuto que había pasado con el alma de Matías en la entrada del hotel, la media hora de ese día se correspondía con el tiempo que había pasado con él en el parque.
Su compañía parecía fortalecer a Matías.
Tendría que averiguar cómo volver a reunirse con él.
Sin embargo, no era el momento de pensar en eso, porque Soledad los llevó a todos a la cocina, donde vio una encimera de azulejos con taburetes para sentarse y una mesa de madera desgastada apretujada en un rincón.
Había un cuenquecito lleno hasta arriba de ajos; otro cuenco más grande, de color azul, estaba repleto de tomates tan maduros que perfumaban toda la estancia.
—Por favor, siéntate —le dijo Soledad, señalando los taburetes.
—¿Tienes mucha hambre? —le preguntó Araceli—. Las cenas en España suelen ser ligeras. Ensalada, jamón y queso, pan y fruta, porque el almuerzo es nuestra comida más importante. Pero si te has echado una siesta, a lo mejor no has comido mucho al mediodía.
Claire se mordió el labio, porque, por supuesto, no había dormido la siesta.
Pero, aunque no había tenido apetito desde que salió de Nueva York, encontrarse de repente en una cocina acogedora, rodeada de caras amables y con el olor a tomate y a ajo inundando la estancia, hizo que le rugiera el estómago.
—Vale —dijo Araceli, dando por buena la respuesta—. Mamá, abuelita, tenemos que darle de comer a esta mujer.
Soledad asintió muy seria.
Mientras Luis preparaba una ensalada y Araceli cortaba fruta, Soledad y la abuela Gloria sacaron algunas sobras del frigorífico y calentaron un plato de caldo para Claire, además de una buena ración de carne guisada, verduras, patatas y garbanzos. Armando cortó pan crujiente.
—Esto es cocido madrileño —le explicó Soledad—. Comida casera española. —Parecía tomarse la comida muy en serio, y Claire entendió por fin de dónde había heredado Matías su reverencia por ella.
Probó un bocado de carne, rica y caliente, rebosante de sabores a laurel, comino, tomate, ajo, aceite de oliva y vinagre.
—¡Por Dios!
Soledad le regaló una sonrisilla, de las que se comparten entre personas que sufren, pero que, de todas formas, logran encontrar breves momentos de paz.
—Una buena comida no puede resolverlo todo, pero sí consigue que las cosas parezcan más fáciles si se prepara con amor.