Un año atrás en España Matías
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Matías

Nueve meses antes

—¡Puaj! —Retrocedió tambaleándose y chocó con un pato Donald de tamaño real.

Times Square era famosa en las películas, y había esperado con ilusión visitarla desde que era pequeño.

Estaba preparado para las marquesinas de Broadway, la bulliciosa energía de los turistas, las icónicas luces brillantes y las pantallas de las vallas publicitarias…

, pero no para que lo acosaran Elmo y el pato Donald.

Elmo se acercó de nuevo con los peludos brazos rojos extendidos.

—¿Un abrazo? ¡Solo son veinte dólares!

—Eh… No, gracias —contestó Matías.

El pato Donald se acercó y graznó:

—¿Un selfi? ¡Veinticinco dólares!

—No me parece una buen forma de gastarme el dinero.

—¡Pero Elmo te quiere!

—¡Y Donald también!

—No le apetece, gracias, chicos —dijo Claire, que se acercó a Matías por detrás para sacarlo con habilidad de entre Elmo y Donald. Le parecía tan preciosa cuando tomaba el control que tenía la sensación de que si se le encargaba cualquier cosa, todo saldría bien.

Una vez a salvo, Claire le echó un sermón medio de broma.

—No puedes dejar que se te acerquen o se aprovecharán de ti.

—No sabía que los personajes de Disney pudieran convertirse en matones —replicó, y Claire se echó a reír.

—Bueno, ahora que te he rescatado de las garras del gemelo malvado de Elmo, vamos a ver qué tienen en TDF.

Según le había explicado Claire la última vez que quedaron, en TDF se podían comprar entradas para el teatro con un cincuenta por ciento de descuento.

El problema era que no se sabía qué espectáculos había disponibles hasta el mismo día de la función, ya que las entradas a la venta eran las que no se habían vendido previamente.

Sin embargo, a él nunca le había supuesto un problema ser flexible.

Se acercaron a un pabellón acristalado con un saliente rojo mucho más grande de lo que esperaba, con doce ventanillas y rodeado de gente.

Claire y él se pusieron en la cola, y ella se puso de puntillas para intentar ver los carteles de la parte delantera en los que figuraban los espectáculos para los que se podían comprar entradas.

Sin embargo, era demasiado baja y, además, los carteles estaban demasiado lejos como para poder leerlos.

Un hombre se reunió con su pareja en la cola, justo delante de ellos. Se había adelantado para echarle un vistazo al cartel y empezó a enumerar lo que había disponible.

—¡Oh, todos los espectáculos son muy buenos! —exclamó Claire—. Es difícil elegir. No sé cuál te gustaría más.

—¿De qué van? —preguntó Matías, y Claire y la otra pareja empezaron a explicarle las tramas de cada obra.

— El rey león es un clásico —dijo Jordan, uno de los hombres—. Si es la primera vez que vienes a Broadway, te lo recomiendo muchísimo como punto de partida.

—Personalmente —añadió Riley, su pareja—, me gustan las novedades. Dicen que New York, New York es excelente.

—O a lo mejor te gustan Sweeney Todd o Hadestown — terció Claire mientras la cola avanzaba—. O La vida de Pi. Está basada en uno de mis libros preferidos. Creo que también te gustará.

—¿Eres fan de Michael Jackson? —le preguntó Jordan.

—¿Y qué hay de El mago de Oz ? —sugirió Riley—. ¿Has visto Wicked ?

— Hamilton también es muy, muy bueno —le aseguró Claire.

Se estaban acercando a la taquilla y había empezado a mover los dedos, algo que Matías había notado que hacía cuando estaba a punto de tomar una decisión.

Como le pasó en Coney Island, cuando estaban casi a punto d e pedir los perritos calientes y ella todavía no había decidido qué quería para beber.

O en Central Park, en el carrito de los helados.

Aunque, seguramente, ya sabía que iba a pedir un cucurucho de vainilla, siguió moviendo los dedos hasta que les llegó el turno de pedir y tomó la decisión definitiva.

Matías sonrió. No creía que ella fuera consciente de que los dedos la delataban, pero a él le resultaba útil para saber cuándo estaba nerviosa, porque a veces podía ayudarla.

—Quizá deberíamos mirar las reseñas —sugirió ella, que hizo ademán de sacar el móvil.

—Oye —Matías sonrió, le puso las manos sobre los hombros y la giró hacia él, tras lo cual le deslizó despacio las manos por los brazos hasta llegar a las suyas y entrelazar los dedos. El movimiento nervioso desapareció—, da igual lo que veamos.

—Pero quiero asegurarme de que te guste. Y si miramos las reseñas…

—Para mí son todas nuevas, así que no te preocupes, churri . Cualquiera me parecerá genial.

— ¿ Churri ? —Claire lo miró con los ojos muy abiertos—. ¿Qué significa eso?

Matías sintió que se ponía colorado. « Churri» era un término cariñoso que se utilizaba en España para referirse a tu pareja cuando la cosa iba en serio…

No había tenido intención de decirlo en voz alta, pero con Claire todo encajaba a la perfección.

Se complementaban en muchos aspectos. Ella era nerviosa y él, tranquilo; él era olvidadizo y ella tenía listas mentales para todo.

Ambos se esforzaban por asegurarse de que el otro se lo pasara bien cuando quedaban.

Y, sobre todo, ella lo hacía reír. La verdad, Claire era la clase de mujer con la que podría construir una vida.

— Churri es como «cariño» o… «amor mío». —Acabó poniéndose como un tomate.

En los labios de Claire apareció una dulce sonrisa.

—¿Ah, sí?

—Sí —contestó Matías, y ella se puso de puntillas de nuevo, aunque en esa ocasión no para mirar el cartel. Solo para mirarlo a él. Podría perderse para siempre en la profundidad de esos ojos—. No me importa qué espectáculo veamos —le aseguró—. Cuando estoy contigo, lo demás no importa.