Claire #2
Aunque de eso se trataba. En realidad, no estaba pensando y tampoco quería hacerlo. Por lo menos, durante un ratito más. Su cerebro había conjurado esa fantasía para darle una tregua de las preocupaciones de la vida real, e iba a aprovecharla. Solo durante la pausa para comer.
—He venido para ver a un cliente —contestó, algo que bien podría ser cierto. Intelligentsia Tech tenía oficinas por todo el mundo, incluida Madrid.
—¿Dónde trabajas habitualmente? —quiso saber Matías.
—En Nueva York.
Sus ojos dorados brillaron al sol del mediodía.
—¿En serio? Me mudo a Nueva York dentro de dos semanas. Soy pintor y la Academia de Arte de Nueva York me ha ofrecido un puesto en su Departamento de Bellas Artes como profesor visitante durante un par de años.
La Coca-Cola se le derramó sobre la mano cuando se paró en seco en el sendero del parque.
—¿ Te mudas a Nueva York dentro de dos semanas?
Esa cátedra era la razón por la que Matías se había mudado a Nueva York hacía poco menos de un año.
—Sí —contestó él—. De hecho, iba de camino a mi estudio para empaquetar mis cuadros cuando me encontré contigo. Antes de que empiece el curso, voy a exponer mi obra en un lugar llamado Galería Rose. ¿Lo conoces?
—Sí… —susurró. La Galería Rose era donde Matías y ella se habían conocido. Once meses antes. La galería de la que Jason era dueño.
—¿Qué día es hoy? —le preguntó Claire.
—¿Qué?
—La fecha de hoy —dijo Claire.
—23 de julio —contestó Matías sin dudar.
Claire tomó aire con brusquedad. Efectivamente, era 23 de julio.
—¿De qué año?
Matías frunció el ceño.
—No lo entiendo.
—Hoy es 23 de julio… ¿de qué año?
Él soltó una risilla.
—Ah, ya veo, me estás tomando el pelo. Qué gracioso. Todo el mundo sabe qué año es.
Sin embargo, Claire no se rio. Matías estaba evadiendo la pregunta, y no se le ocurría ninguna razón por la que su cerebro hubiera creado una alucinación de su novio para que hiciera eso si de verdad lo había inventado.
Entonces, ¿sería posible que Matías no fuese un producto de su imaginación?
¿Que de alguna manera fuera el Matías de un año antes? Pero ¿cómo?
Se toparon con una fuente que representaba a una familia de sapos, y vio a un sapito con un paraguas que protegía a los demás de las salpicaduras de agua.
—Esta era mi fuente preferida de pequeño —dijo Matías—. Me encantaba el detalle inesperado de que un sapo llevara un paraguas y el sutil humor de que tuvieran miedo de mojarse.
—Entiendo por qué te gustaba. —No mencionó que también entendía que esa fuente hubiera servido de inspiración para el arte caprichoso por el que era aclamado.
—Creo que también me identifico con ella porque tengo dos hermanos —siguió Matías—.
El que lleva el paraguas me recuerda a mi hermana, Araceli, que siempre está cuidando de mí y de nuestro hermano pequeño, incluso ahora que todos somos adultos.
Fue ella quien pagó el alquiler de mi estudio cuando empecé, aunque todavía estaba en la universidad.
Y, de hecho, se ha ofrecido a prepararme un tentempié y la cena para mi próximo vuelo a Nueva York.
—Se rio con cariño—. ¿Qué me dices de tu familia? ¿Tienes hermanos?
Claire frunció el ceño. Otro detalle que su cerebro no habría elegido volver a sacar a relucir si ella hubiera estado al mando.
Pero si se trataba de una versión de Matías de hacía un año, de antes de conocerla, no sabría que ella no tenía familia, que tanto sus padres biológicos como sus padres adoptivos habían muerto de forma trágica.
¿Se podía saber qué estaba pasando?
—Soy hija única —dijo Claire en respuesta a su pregunta, pero sin entrar en detalles.
—No puedo imaginarme la vida sin mis hermanos —replicó Matías—. Pero, en fin, Claire que estás en Madrid para ver a un cliente, ¿a qué te dedicas?
—Soy abogada. Mi especialidad son las fusiones y adquisiciones internacionales.
Matías silbó.
—Impresionante. Pero habría supuesto que alguien tan inteligente como tú sabría cómo contar las monedas para comprar una Coca-Cola.
Claire se echó a reír.
—Eres cruel.
—Y tú mala en matemáticas.
—¡Solo llevo aquí un día! Dale un respiro a una pobre chica y por lo menos una semana para averiguar el valor de cada moneda, ¿sí?
—Me parece justo. De todos modos, pronto seré yo quien estará confundido con vuestro dinero en Estados Unidos.
—No te preocupes, te ayudaré —dijo Claire sin pensarlo.
—¿De verdad? —preguntó Matías sorprendido.
¡Mierda! Se había olvidado por un momento de que ese no era su Matías. Que estaba hablando con una ilusión. ¿O con un fantasma del pasado? Fuera lo que fuese, él no sabía que acabarían juntos, que eso era más que un paseo por el parque con un desconocido.
—Pues… claro —respondió Claire mientras se devanaba la cabeza para decir algo que la hiciera salir del paso—. Es agradable tener una cara conocida en una ciudad nueva.
—Es muy amable por tu parte —dijo él—. Entonces…, ¿me darías tu número para que podamos ponernos en contacto cuando llegue allí?
—Sí, claro…
—A ver, que si no quieres, lo entiendo…
—No, no. No pasa nada.
Solo que, para ella, Matías debería haberse sabido su número de memoria.
Aunque se recompuso y se lo dio.
Él tecleó los dígitos en lo que debía de ser su teléfono, pero Claire no podía verlo, aunque evidentemente él sí.
El reflejo del agua de la fuente brillaba a través de Matías, y lo volvió transparente durante un momento. Claire sintió ese parpadeo de forma visceral, el breve segundo en el que desapareció la dejó vacía, solo para sentirse aliviada y llena de nuevo cuando reapareció.
—Vale, te voy a enviar un mensaje para que también tengas mi número —dijo Matías. Escribió algo y lo mandó.
Sin embargo, torció el gesto mientras miraba su teléfono. Intentó mandarlo de nuevo.
—Qué raro. Dice que no se puede enviar el mensaje.
Claire sintió que un escalofrío le recorría la espalda.
¿Estaba sufriendo un colapso mental? ¿Su mente, que normalmente era lógica, típica de una abogada, estaba intentando encontrarle sentido al hecho de que estaba paseando y hablando con una aparición, y había acabado llegando a la conclusión de que el Matías del pasado no podría mandarle un mensaje a la Claire del futuro?
Matías seguía mirando su teléfono.
—¡Ay, no, he perdido la noción del tiempo!
—exclamó él—. Tengo que ir a mi estudio, pronto me entregarán las cajas para enviar los cuadros.
Pero ha sido un placer charlar contigo, Claire.
Te llamaré cuando aterrice en Nueva York dentro de un par de semanas.
¿Habrás vuelto para entonces? O, si te interesa, ven a verme. Mi exposición será en…
—En la Galería Rose —terminó Claire.
Matías se pasó la mano por el pelo y la miró con admiración.
—Tienes una mente brillante. Menos cuando se trata de contar monedas.
Claire soltó una carcajada renuente.
—Espero verte de nuevo, Claire. —Y después de decir eso, se despidió con un gesto de la mano y se alejó corriendo en la dirección opuesta, de vuelta hacia la parte del parque donde se encontraba el quiosco de bebidas.
Claire lo observó. Su Matías.
Hasta que un rayo de sol lo iluminó de lleno y desapareció en el aire.