Claire
Fuera del hospital, la vida en Madrid continuaba sin darse cuenta de que su vida se había puesto en pausa.
El sol brillaba alegremente sobre los álamos y los enebros.
Los administrativos comían sin prisas con sus compañeros en las terrazas de las cafeterías.
Las abuelas empujaban los cochecitos bajo los soportales sombreados de los edificios y por todas partes los pájaros trinaban con alegría, como si fuera su descanso para chismorrear a media tarde.
Había un quiosco de bebidas en el parque cercano (Madrid estaba lleno de amplios espacios verdes en medio del ajetreo de la ciudad) y se puso en la cola para comprar una Coca-Cola.
El hombre que trabajaba en el quiosco tenía una sonrisa amable y la piel curtida y bronceada por pasar muchas horas al sol cada día.
Saludó a varias de las personas que estaban en la cola por su nombre.
Por lo menos, eso fue lo que ella dedujo con su limitado español.
Cuando llegó su turno, el hombre sonrió y dijo algo deprisa que ella no entendió.
Nerviosa, recurrió a señalar y a un intento fallido que ni siquiera era una frase completa.
—Mmm… ¿Una Coca-Cola? —En el último momento, se acordó de añadir—: Por favor.
—Una Coca-Cola para la señorita — dijo el hombre—. Un euro veinticinco.
Claire rebuscó en su bolso y sacó unas monedas.
Pero además de no saber cuánto costaba la Coca-Cola porque no entendía los números en español hablado tan rápido, tampoco estaba familiarizada con las monedas de euro, y se quedó allí parada como una idiota con un puñado de dinero en la mano, sin comprender nada.
No solo tenían monedas de céntimos, sino también de uno y de dos euros.
¿Por qué no hacían como ellos y dejaban las monedas para los céntimos?
¿Qué dios de la discordia estaba a cargo de esa decisión?
—¿Eres estadounidense? ¿Quieres hielo? — le preguntó el hombre.
Ella lo miró sin comprender, con el corazón latiéndole acelerado en la garganta. Ojalá Matías estuviera allí para traducirle, para ocuparse de algo que debería ser muy fácil, pero que, de alguna manera, le parecía demasiado difícil en ese momento.
—Eh…
—Te está preguntando si eres estadounidense —le dijo un hombre que tenía detrás—. Y si quieres hielo con la Coca-Cola, ya que es algo típico de los estadounidenses.
Claire no podía moverse. Porque reconocía esa voz. Le había susurrado muchas noches mientras la besaba por todo el cuerpo. La había saludado por las mañanas con café cargado y tostadas.
Resonaba en los museos cuando le señalaba sus cuadros favoritos.
«Matías», pensó.
Al ver que no respondía y que tampoco le decía nada al hombre del quiosco, que tenía su Coca-Cola en la mano, Matías dijo:
—Si quieres hielo, puedes decir: « Con hielo, por favor».
— Con hielo, por favor —repitió ella de forma robótica.
El hombre asintió con la cabeza y llenó un vaso de papel con hielo.
Seguía sin poder, o sin querer, darse media vuelta para mirar al fantasma o lo que fuera que era la voz de Matías, por miedo a que desapareciera como había hecho el día anterior. Así que, en cambio, le preguntó al hombre del quiosco:
—Mmm, ¿cuánto costaba la Coca-Cola? —Y le ofreció las monedas que tenía en la mano porque no sabía qué otra cosa hacer.
—Si no te importa, puedo ayudarte. —Matías se adelantó hasta quedar en su campo de visión, y Claire soltó un gritito ahogado.
Estaba guapísimo. Muy vivo. Nada que ver con el hombre en coma que acababa de dejar en el hospital.
Ese Matías tenía la cabeza cubierta de pelo, sin rapar para que los diodos del monitor cerebral pudieran medir su actividad.
Tenía los huesos intactos, su piel estaba bronceada y sin magulladuras, y sus ojos…
¡Madre del amor hermoso, esos ojos dorados…
!—. ¡Ah! —exclamó él al verle la cara—. Eres tú otra vez. Del hotel. Parece que estás mejor.
Claire no estaba segura de que eso fuera cierto. Volvía a tener alucinaciones. ¿Tendría una conmoción cerebral? ¿Y las conmociones cerebrales te hacían imaginar cosas?
Sin embargo, el día anterior había tenido la visión de Matías antes de desmayarse y golpearse la cabeza.
—Déjame que te ayude con esas monedas —se ofreció él—, y luego quizá podríamos dar un paseo por el parque.
Claire asintió con la cabeza, todavía sorprendida por su presencia (y por su coherencia, porque ¿las personas imaginarias se mostraban tan lógicas?) y, sin decir nada, le acercó la mano con las monedas.
Respetuoso con una desconocida, Matías no la tocó, y se limitó a señalarle cuáles necesitaba para pagar el refresco.
Ella le entregó el dinero al hombre del quiosco, que a esas alturas la miraba con el ceño fruncido, intrigado.
¿Podía ver el hombre a Matías? Si no era así, su comportamiento debía de parecerle rarísimo.
Acompañada por Matías, caminó hacia uno de los largos senderos flanqueados por árboles del parque.
No sabía muy bien qué hacer. Sin duda estaba teniendo una alucinación y no sabía si era seguro dejarse llevar.
¿Le haría daño a su mente mantener una conversación con esa versión imaginaria de Matías?
¿Sería mejor bloquearlo y regresar sin pérdida de tiempo al hospital, donde podría volver a la realidad del verdadero estado de Matías?
Y, sin embargo, no quería renunciar a ese momento.
No podía hacerlo . Porque allí, en ese instante, Matías caminaba despacio a su lado.
Le llegaba el familiar aroma a pino y a especias de su colonia, solo un toquecito, pero lo bastante como para hacerla suspirar.
La luz del sol podía atravesarlo, pero era su Matías.
El que quería recordar si el verdadero Matías no despertaba.
¡Aunque quizá podía hacer algo al respecto! Sus signos vitales se habían disparado en el hospital la noche anterior, al mismo tiempo que ella hablaba con su versión fantasmal en el hotel, ¿verdad?
Así que, tal vez, si lograba mantener al espíritu de Matías con ella durante un tiempo, ayudaría a la versión real en coma, ¿no?
Valía la pena intentarlo.
—Gracias por ayudarme con las monedas —le dijo.
Él esbozó su sonrisa torcida, y Claire tuvo que tragarse el gemidito de deseo que casi se le escapó.
—Ha sido un placer —replicó Matías—. Sé que puede resultar intimidante hablar un nuevo idioma.
—Mucho.
—Todavía recuerdo cuando era pequeño y estaba aprendiendo inglés.
Lo habíamos estudiado durante varios años en el colegio, así que nuestros profesores decidieron que era hora de que pusiéramos en práctica nuestros conocimientos fuera del aula.
Organizaron una excursión a una tienda de golosinas británica, propiedad de un londinense afincado en Madrid, donde podríamos comprar lo que quisiéramos, pero solo si hablábamos en inglés.
Mis amigos y yo estábamos emocionados por la posibilidad de pasar una tarde llena de azúcar, pero se me hizo un nudo en el estómago en cuanto entramos en la tienda.
Una cosa es aprender un idioma con libros de texto y diálogos preparados en clase, y otra muy distinta es hablarlo en voz alta con una persona británica real, y encima adulta.
—¿Y lo conseguiste? —le preguntó Claire, con verdadera curiosidad.
Nunca había oído esa anécdota de boca de Matías.
Una parte de ella sabía que no era un recuerdo real, que en su mente traumatizada ella estaba inventando toda esa conversación; sin embargo, otra parte quería creer que era algo que de verdad le había pasado al hombre que amaba.
Matías se echó a reír.
—Aquella tarde destrocé el inglés. Lo mismo les pasó a todos mis compañeros.
Pero el dueño de la tienda fue paciente y nos recompensó por nuestros esfuerzos, aunque no por nuestra precisión.
Al final, el día resultó un éxito, porque no solo conseguimos caramelos, sino que nunca más volví a quedarme sin palabras.
Había superado una situación incómoda y que podría avergonzarme, así que sabía que sobreviviría si volvía a pasar.
Por irónico que parezca, esa desastrosa excursión fue lo que acabó dándome confianza con el inglés.
Claire sonrió para sus adentros mientras bebía su refresco y pensaba en Matías de pequeño. No le costaba imaginárselo, porque todavía conservaba una especie de asombro infantil, como lo demostraban sus pinturas y sus mil aficiones.
—Acabo de empezar a aprender español —dijo ella—, pero tienes razón en que estudiar con un libro y escuchar ejercicios de comprensión pregrabados no tiene nada que ver con hablar con una persona real.
—Hizo un mohín al decir eso último, porque no quería ofender a Matías.
Luego hizo otro al recordar que no podía ofenderlo, porque él no era real.
—¿Qué te trae por Madrid? Te llamas Claire, ¿no?
Oír su nombre de sus labios le derritió el corazón. Quería lanzarse a sus brazos, sentir que la rodeaban, enterrarle la cara en el hueco del cuello.
Sin embargo, él no la conocía. Y aunque lo hiciera, aunque no fuera ficticio y transparente, estaba bastante segura de que nadie más podía verlo.
Desde luego que el quiosquero la había mirado con desconcierto y, desde entonces, había visto a otras personas en el parque mirándola de forma extraña.
Seguramente porque daba la impresión de que estaba hablando sola y no llevaba auriculares, por lo que no parecía creíble que estuviera hablando por teléfono.
Así que lanzarse a los brazos de lo que bien podría ser un fantasma sería una mala idea en muchos sentidos. Por no mencionar que lo más probable era que acabase en el suelo con las rodillas despellejadas y la carga de la decepción.
—Estoy en Madrid para visitar… —Se quedó callada antes de decir que estaba allí porque su novio se encontraba en coma.
Por algún motivo estúpido e inexplicable, no quería que el Matías imaginario supiera que tenía una relación, porque entonces el Matías imaginario podría no querer pasar más tiempo con ella.
«Ridículo. Ilógico. ¿En qué estás pensando, Claire?», se dijo.