Un año atrás en España Matías
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Matías

Diez meses antes

—Es como si estuviera dentro de un documental sobre la naturaleza —le dijo a Claire la segunda vez que quedaron para dar un paseo por Central Park un sábado por la tarde.

—¿Así que nosotros somos los animales y tú eres David Attenborough? —replicó ella con una sonrisa burlona.

—De la forma más inocua e inofensiva.

Claire lo llevó a dar un largo paseo por el parque.

Caminaba deprisa (otra característica de Nueva York, según había podido observar), pero en ella resultaba encantador.

Se mostraba muy decidida en todo lo que hacía, ya fuera sobre las horas que trabajaba en la oficina o en su deseo de mostrarle lo mejor de su ciudad adoptiva.

Sabía que Claire había investigado y preparado las rutas tanto para la cita en Coney Island como para esa, y sonrió al verla tomar las riendas, halagado por lo mucho que le importaba que él se lo pasase bien.

Para empezar, lo llevó al Gapstow Bridge para disfrutar de una hermosa vista del estanque desde el puente, donde no pudo resistirse a tomarle algunas fotos (para gran vergüenza de ella, que se puso colorada).

Después fueron andando hasta un tiovivo, en el que él insistió en montarse, aunque Claire protestó al principio con la excusa de que era una atracción para niños.

Luego fueron a Strawberry Fields (Matías descubrió que se llamaba así por la canción de los Beatles, y no al revés) y a Bethesda Terrace Arcade, con sus magníficas columnas, sus arcos y sus azulejos amarillos y azules en el techo que le recordaban un poco a su hogar.

Había otro puente precioso y, a continuación, el Shakespeare Garden.

Un castillo al estilo Disney, con un mirador en lo alto de una escalera de caracol.

Un obelisco egipcio llamado «Aguja de Cleopatra».

Después de varias horas explorando, empezó a rugirle el estómago. Había un puesto de comida no muy lejos, así que le preguntó a Claire:

—¿Te apetece un helado?

—Siempre me apetece un helado.

Sonrió mientras pedían, porque Claire no se lo pensó y pidió directamente uno de vainilla y, aunque solo era la tercera vez que se veían, Matías ya sabía que eso era lo que ella quería.

Él, en cambio, tardó un rato mientras charlaba con el vendedor y exploraba todas las opciones de sabores disponibles antes de decidirse por un bombón de pistacho y caramelo.

Sin embargo, Matías frunció el ceño cuando sacó la cartera para pagar.

—¿Va todo bien? —preguntó Claire.

—Sí… Es que todos vuestros billetes parecen iguales. Son todos de un color verde apagado, un color que yo no habría elegido, y tienen exactamente el mismo tamaño. Los euros tienen diferentes colores y tamaños para cada uno de los valores.

—No te preocupes, yo te ayudo —se ofreció Claire.

—¿De verdad?

—Claro.

Matías podría haberlo hecho solo. Tampoco era tan difícil, pero sí le habría llevado más tiempo que con los euros.

Sin embargo, le encantaba que Claire quisiera ayudarlo, que se lo ofreciera de inmediato.

Daba partes de sí misma libremente, y eso era más raro de lo que la mayoría de la gente podría pensar.

Después de pagar, buscaron un lugar con césped debajo de un árbol con grandes ramas arqueadas y se sentaron a disfrutar de los helados.

Matías devoró el suyo en cinco bocados y luego observó, muy entretenido, a Claire, que lamía su cucurucho despacio y con mucho tiento.

Ella lo miró de reojo.

—¿Por qué me miras como si fuera un animal salvaje? —Matías meneó la cabeza e intentó contener la sonrisa—. Se te ven los hoyuelos. ¿Por qué te ríes de mí?

—Por nada. Es que eres muy graciosa.

Claire levantó una ceja.

Al final, él se rindió y dejó que la sonrisa apareciera en su cara.

—Le vas dando la vuelta al helado mientras te lo comes. Ahora está completamente simétrico.

Ella miró su cucurucho y arrugó la nariz.

—¡Vaya! Pues ni me había dado cuenta. Solo quería evitar que me goteara encima.

—Parece que lo has conseguido. Pero ¿te enfadarías si yo hiciera esto? —Matías se inclinó hacia ella a toda prisa y le robó un bocado.

—¡Oye! —Lo apartó de un manotazo.

En ese momento, faltaba un trozo más que asimétrico de su helado. Claire se removió un poco sobre el césped.

—No te gusta, ¿verdad? —Matías no podía dejar de sonreír—. Que esté desigual.

Ella fingió hacer un puchero.

—Ahora está un poco feo.

—Puedo ayudarte con eso. Solo tengo que darle otro mordisco… —Hizo ademán de acercarse.

—¡No! —Claire se metió el helado en la boca para salvarlo de su ataque, y se manchó de vainilla por todas partes por reírse e intentar comer a la vez.

Estaba hecha un desastre.

Estaba preciosa.

Y la deseaba, con sus perfectas imperfecciones incluidas.