Claire
Luis negó con la cabeza.
—He ido a buscar las cosas de Matías y de sus amigos a la casa de la playa que alquilaron cerca de Valencia.
—¿Está lejos?
—Algunos dirían que sí —respondió Luis—. Pero he aprovechado el viaje para pensar, así que… —No terminó la frase, pero no era necesario.
Claire lo entendió. Muchas veces, tener algo que hacer era mejor que quedarse tumbado en la oscuridad con tus miedos.
—Si el accidente náutico ocurrió tan lejos, ¿por qué está Matías en un hospital de Madrid? —preguntó.
—Porque mis padres tienen una compañera de instituto que trabaja aquí como médico y que ocupa un puesto muy importante —respondió Luis—. Nos ayudó a trasladar a Matías en helicóptero a su hospital.
—Qué suerte tiene Matías —comentó Claire, dándose cuenta nada más pronunciar las palabras de que no tenía ninguna suerte. Estaba en coma. Todavía podía morir—. ¿Y Leo y Facu?
—Están en un hospital en Valencia. Su perro y su gato no dejan de llorar sin ellos y no comen.
A Claire se le llenaron los ojos de lágrimas.
No se atrevía a preguntar por Carlos y Diego, los dos que ya habían fallecido. ¿Cómo estaban llevando la pérdida sus esposas? ¿Y sus hijos? Sus padres nunca volverían a casa.
Luis se hizo con una caja de pañuelos de papel que llevaba en el salpicadero y se la ofreció en silencio.
Se mantuvieron callados durante el resto del trayecto hasta el hospital, ambos sumidos en sus propios pensamientos.
Cuando llegaron al aparcamiento, Claire abrió la puerta del coche de inmediato y resistió a duras penas el impulso de correr hacia el hospital y lanzarse sobre el cuerpo inconsciente de Matías.
Sin embargo, Luis abrió primero el maletero, y ella se quedó sin aliento al ver la conocida maleta de Matías, desgastada por los viajes, con los bordes deshilachados y la colorida etiqueta que él había diseñado cuando estudiaba en la escuela de arte, manchada por el paso del tiempo y los viajes internacionales.
—Esta mañana he encontrado una cosa que creo que deberías tener —le dijo Luis, que abrió el bolsillo delantero de la maleta y sacó lo que parecía un pequeño diario con una cubierta de cuero negro liso, con los bordes de las páginas pintados con un estampado de cachemira de colores vivos.
—¿Qué es? —le preguntó Claire.
—No era mi intención fisgar —le aseguró él—, pero estaba en la mesa del salón de la casa que alquilaron, así que tuve que mirar para saber si era de Matías o de alguno de sus amigos. En cuanto vi tu nombre, dejé de leer.
Claire abrió el diario.
La primera entrada tenía fecha de hacía dos semanas.
7 de julio
Querida Claire:
Pronto te pediré que te cases conmigo, así que voy a empezar un proyecto. Este diario será una recopilación de cartas de amor para ti, de escritos y de pensamientos aleatorios sobre nosotros.
El matrimonio es un gran paso, y sé que nuestra relación seguramente ha avanzado a un ritmo más rápido del que tú habrías elegido si estuvieras al mando.
Pero espero que nuestro viaje a España, cuando conozcas a mi familia y veas dónde crecí, te ayude a llenar cualquier vacío que necesites resolver para decir que sí cuando te lo proponga.
Con esa esperanza en mente, voy a empezar a escribir en este diario ahora y te lo daré como regalo el día de nuestra boda.
Todavía no estará completo, pero a lo largo de nuestra vida juntos, voy a llenar este y muchos otros, porque nunca habrá suficientes páginas para ti.
M
—Ay, Matías —susurró Claire—. ¡Qué romántico eres!
Estuvo a punto de llorar aliviada al ver a Matías en la cama del hospital.
No estaba muerto ni era un fantasma. Por una vez, el pitido de las máquinas no era siniestro, sino más bien tranquilizador.
La cánula de oxígeno significaba que todavía respiraba.
El monitor que medía su pulso significaba que todavía le latía el corazón.
Incluso la sonda gástrica y el catéter indicaban que su cuerpo, en general, seguía funcionando.
Sin embargo, como tenía tantos familiares, las enfermeras tuvieron que limitar a tres el número de personas que podían estar en la pequeña habitación.
Sus padres, Armando y Soledad, habían organizado un sistema de turnos para que los visitantes entraran y salieran.
Ella, sin embargo, podía quedarse durante todas las horas de visita si quería, porque tener a su novia cerca seguramente le daría fuerzas a Matías para curarse.
— Esta es tu silla, corazón —le dijo Soledad mientras la acompañaba al otro lado de la cama de Matías—. Todo el mundo entiende que está reservada para ti y nadie se sentará en ella.
— Gracias —replicó Claire—. Te agradezco que hayas hablado con las enfermeras para que me dejen estar aquí. Pero si yo no estoy, otra persona puede sentarse…
—Tonterías —la interrumpió Soledad—. Esta es tu silla, y Matías lo sabrá, aunque esté inconsciente. Nadie más utilizará este espacio. Es tuyo.
Claire asintió con la cabeza.
—Muy bien. Gracias.
Las personas inteligentes no discuten cuando una madre hace algo para proteger a su hijo.
Sin embargo, el sistema de turnos de Armando y Soledad significaba que nunca estaba sola con Matías, salvo durante los dos minutos entre turnos de visita, cuando un grupo de familiares se marchaba y el siguiente todavía no había llegado.
Así que, durante la mayor parte de la mañana, estuvo sentada en la silla y se limitó a observar cómo el pecho de Matías subía y bajaba despacio, mientras varios miembros de la familia se turnaban para hablarle o leerle en español al otro lado de la cama y la miraban con lástima.
Le encantaría comunicarse con ellos de otra forma que no fuera haciendo gestos tristes.
«Si te despiertas — pensó, dirigiéndose a Matías—, te prometo que me esforzaré más en aprender español».
Sin embargo, cayó en la cuenta de que «esforzarse más» era un compromiso a medias. Matías había empezado un diario con la intención de llenar muchos más a lo largo de su vida. Ella era capaz de hacer algo mejor que «esforzarse» para aprender español.
«Aunque no despiertes, aprenderé a hablar español con fluidez, en tu honor. Pero, ¡por Dios!, espero que despiertes» .
Más tarde, Armando entró con una anciana menuda y canosa que empujaba un andador. Tenía la cara llena de arrugas y en cuanto le sonrió, Claire descubrió que sus ojos desaparecían por completo entre los profundos pliegues de la piel.
— Soy la abuela Gloria —dijo, señalándose a sí misma.
«Abuela» era una de las primeras palabras que Claire había estudiado meses antes, en su lista de vocabulario español. Sin embargo, habría reconocido la palabra porque Matías tenía una pila de cartas de su querida abuela, que le escribía todas las semanas.
— Novia —dijo Claire, indicando que era la novia de Matías. No se habían visto antes por videollamada, porque la abuela Gloria no sabía usar Zoom. Era posible que ni siquiera tuviese ordenador—. Me llamo Claire .
La abuela Gloria asintió con la cabeza y dijo con su dulce vocecita:
— Ya lo sé. Matías me ha escrito mucho sobre ti .
Armando ayudó a su madre, que tenía noventa y dos años, a sentarse en una silla y le dejó el andador al lado, al alcance de la mano.
—Dice que ya sabe quién eres porque Matías te ha mencionado mucho en sus cartas —le tradujo el padre de Matías.
Claire se mordió el labio. Esperaba que hubiera dicho cosas buenas…
y que no hubiera mencionado su estricto sistema de organización de los cubiertos; ni su insistencia en que se usaran posavasos en todas las superficies, incluso en las encimeras que se podían limpiar con facilidad; ni su costumbre de «reorganizar el salón» todas las noches antes de acostarse, enderezando las revistas, guardando los mandos a distancia en el cajón de la mesita del sofá y ahuecando los cojines para que pareciera una exposición de muebles.
Sin embargo, la abuela Gloria ya no estaba pensando en ella. Estaba completamente concentrada en su nieto, que tenía delante, tumbado en la cama.
— Ay, cielo …
Armando se sentó a su lado, tomó la mano de su madre y le dijo algo en voz baja en español.
Gloria se quedó quieta y luego asintió con la cabeza.
—Mi madre acostumbraba a cantarles a mis hijos todo el tiempo —le dijo Armando a Claire—. Y como la doctora nos ha dicho que Matías a lo mejor nos oye, se me ha ocurrido que… —La emoción le impidió acabar la frase.
Sin embargo, su madre le apretó la mano, respiró hondo y empezó a cantar.
Su voz era rica y fuerte, algo sorprendente para una mujer tan pequeña y anciana que cuando hablaba parecía susurrar.
Claire no entendió ninguna de las palabras , salvo « Rosa de Madrid », pero alcanzó a sentir la melodía, ligera y casi juguetona, como una canción interpretada por una antigua estrella de Hollywood.
Cuando terminó, Armando se secó una lágrima y Claire aplaudió con delicadeza.
Se oyeron más aplausos, más moderados, procedentes del vano de la puerta, donde se encontraban la doctora y Soledad, con Araceli y Luis a su espalda.
Claire no se había dado cuenta de que el resto de la familia había entrado, porque estaba muy concentrada mirando a Matías por si daba alguna señal de despertarse durante la canción de su abuela (aunque ni siquiera había pestañeado).
La doctora y todos los demás entraron en fila. Al parecer, el límite de visitas no se aplicaba cuando el médico estaba presente.
—Hola, usted debe de ser la novia de Matías —le dijo la doctora en inglés con la sonrisa tranquilizadora de una profesional acostumbrada a hablar con los seres queridos en situaciones difíciles—. Soy Liliana Rodríguez, la doctora a cargo del cuidado de Matías.
—Gracias por todo lo que ha hecho por él —replicó Claire con voz temblorosa.
—Estamos haciendo todo lo posible. La verdad es que Matías está muy mal.
—Parece peor que ayer —añadió Araceli en voz baja.