Un año atrás en España Luis
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Luis

Apretó el volante de una manera muy poco meditativa.

Aunque Matías estuviera ocupado con sus cosas, nunca se olvidaba de los cumpleaños ni del aniversario de sus padres.

Contestaba el teléfono cada vez que Araceli o él lo llamaban, sin importar la hora que fuera en Nueva York.

Incluso su arte era un regalo, una sonrisa en un mundo que, con demasiada frecuencia, fruncía el ceño.

«Es demasiado bueno para morir» , pensó.

—Me prometiste que estarías la primera vez que dirigiera un equipo de diseño para Maserati —dijo en voz alta mientras tomaba una curva y luego una larga recta en su camino hacia Valencia—. Todavía no ha sucedido y, como siempre cumples tus promesas, supongo que eso significa que no puedes morir.

Se imaginó a Matías riéndose de la broma.

Eso lo ayudó a sentirse un poco mejor. No del todo, pero sí lo justo para seguir adelante.

Y eso era lo máximo que podía pedirle a esa noche.