Claire
— Señora… Señora , ¿me oye?
¡Oh!
El rascacielos y la puesta de sol. Y el haz de luz que atravesaba a Matías.
—Mi compañera está llamando a una ambulancia —le dijo la recepcionista.
Estaba arrodillada a su lado, sosteniéndole la mano.
La mano que, hasta hacía unos momentos, había recibido el beso de Matías, pero que ya solo era una mano normal—.
Se ha golpeado la cabeza al desmayarse. ¿Está… ? ¿Cómo se siente?
«Lo siento todo y al mismo tiempo no siento nada», quería decirle.
Matías estaba muerto. Todos sus miedos desde que recibió la llamada en su despacho, amplificados por lo que había sufrido al perder a sus padres, acababan de llegar al punto álgido con el peor desenlace posible.
Sin embargo, ya había exprimido todas sus emociones durante el vuelo, la visita al hospital y el tiempo a solas en el hotel.
De alguna manera, no le quedaba nada dentro.
Así que allí estaba, tirada en el suelo de la entrada del hotel, entumecida. Abrió los ojos y miró la cara de la recepcionista, que había fruncido el ceño por la preocupación, pero no tenía energía para responder a sus preguntas. Así que volvió la cabeza hacia el fantasma de Matías.
Pero él se había ido.
—¡Espera…! ¡Vuelve! —El dolor la atravesó como un cuchillo, sacándola del entumecimiento con tanta fuerza que se incorporó y se sentó.
—¡ Señora, debe tumbarse!
Demasiado tarde. Claire ya estaba de pie.
La recepcionista le dijo algo en español a otro empleado del hotel que estaba cerca. El hombre volvió corriendo al interior y regresó con una de las otomanas del vestíbulo.
—Si no quiere tumbarse —le dijo la recepcionista—, déjenos que la ayudemos a estabilizarse.
El empleado del hotel colocó la otomana detrás de Claire para que pudiera sentarse, allí en la entrada de aquel lugar.
—Por favor —le dijo, haciéndole un gesto con ambas manos para que se quedara quieta—. No se mueva. La ambulancia está a punto de llegar.
Claire se quedó mirando el lugar donde había estado Matías.
Los técnicos sanitarios llegaron al cabo de un rato y la llevaron al interior de la ambulancia para examinarla.
Allí sentada en la estrecha camilla, le preguntaron en inglés cuándo había comido por última vez, cuánta agua u otros líquidos había bebido ese día y si sentía náuseas. Ella respondió con un lacónico:
—No lo sé, no lo sé, y he sentido náuseas desde que Araceli me llamó por teléfono para darme la noticia del accidente.
Ya se le estaba formando un chichón en la parte posterior de la cabeza, donde se había golpeado contra el suelo, y le examinaron los ojos en busca de algún indicio de conmoción cerebral. Le preguntaron si la luz le molestaba.
—No, había un fantasma en la luz y quiero que vuelva.
Los técnicos sanitarios no supieron cómo interpretar su respuesta.
— Señora —le dijo uno de ellos—, creo que tiene una conmoción cerebral. Nos gustaría ingresarla en el hospital para que pase la noche en observación.
—¿En el Hospital Universitario La Paz? —Allí estaba Matías.
—No, en el Hospital Universitario La Moraleja…
—En ese caso, no. No, gracias —dijo Claire en español antes de que el hombre pudiera terminar. Si no se la llevaban al hospital de Matías, no iba a permitir que la ingresaran. Porque si lo hacían, se quedaría atrapada allí. Y necesitaba volver al otro hospital, donde estaba Matías…
Donde Matías estaba muerto.
El dolor la atravesó de nuevo y casi la dobló por la mitad. Pero, en el último instante, se mantuvo firme y se tragó el dolor. Debía mantener la compostura. Era imperativo convencer a los técnicos sanitarios de que estaba bien, de que la dejaran salir de la ambulancia.
—Me siento bien —dijo con lo que esperaba que fuera una sonrisa firme, o por lo menos persuasiva—. Solo necesito agua, una aspirina y comer un poco. Estoy segura de que estoy deshidratada por el vuelo, nada más.
Los técnicos hablaron entre ellos en español, mirándola de reojo cada dos frases. Claire siguió sonriéndoles.
Al final, llegaron a una decisión. El hombre que había estado hablando con ella se hizo con un portapapeles y un formulario, y rellenó algunos datos.
«¡Joder! —pensó ella—. Me van a ingresar de todas formas».
—Muy bien, señora —dijo el técnico sanitario, que se acercó a ella con el portapapeles en la mano—. Este documento confirma que le hemos recomendado atención médica adicional, pero que usted la ha rechazado. Si eso es correcto y sigue sin querer ir al hospital, necesito que firme aquí.
Claire se quedó mirando el formulario, escrito íntegramente en español, durante un segundo. Pero en ese momento comprendió que el hombre le estaba ofreciendo una salida.
— Gracias , se lo agradezco mucho, no se arrepentirá, le prometo que beberé mucha agua y que cenaré bien —balbuceó mientras firmaba el documento.
El hombre le dio una copia, le entregó dos cajas de zumo y unos cuantos paquetes de galletas saladas y la ayudó a bajarse de la ambulancia.
—Me quedaré aquí para verla entrar, ¿vale? —le dijo—. Quiero asegurarme de que no se cae de nuevo.
Ella asintió con la cabeza.
—Muchas gracias .
Claire introdujo la pajita en el tetrabrik con gestos exagerados y empezó a beberse el zumo mientras regresaba al interior del hotel. La amable recepcionista se apresuró a llevarle el portátil y el maletín, que había dejado en la cafetería.
—Me han dicho que solo necesito comer, beber y descansar —dijo Claire, aunque era mentira.
La recepcionista no necesitaba saber que, seguramente, tenía una conmoción cerebral y que habían querido ingresarla en el hospital.
—Nos tenía preocupados —replicó la mujer.
Claire miró por encima del hombro para ver si la ambulancia ya se había ido, pero los técnicos sanitarios seguían en la entrada, observándola.
No podía pedirle a la recepcionista que llamara a un taxi para ir al hospital de Matías.
Tendría que subir al ascensor para convencer a los sanitarios de que se iba a descansar a su habitación.
—Tengo zumo y galletas saladas —dijo al tiempo que se lo enseñaba todo a la recepcionista—. Está todo controlado.
La mujer pulsó el botón del ascensor.
Claire bebió un sorbo de zumo.
El ascensor siguió en el tercer piso.
Claire se terminó el zumo.
El ascensor decidió subir en vez de bajar.
La recepcionista sonrió, incómoda.
Claire le sonrió, también incómoda.
—No tiene por qué esperar aquí conmigo si…
—¡No, no! Estaré encantada de llevarle el maletín y el portátil mientras la acompaño hasta su habitación para asegurarme de que está bien.
«Genial», pensó.
Claire abrió un paquete de galletas saladas y mordisqueó una. No tenía ganas de comer nada, pero seguía siendo el centro de atención, con la recepcionista y los técnicos sanitarios mirándola.
El ascensor por fin llegó al vestíbulo y de él salió una avalancha de turistas, preparados para recorrer Madrid en busca de restaurantes y bares.
La recepcionista acompañó a Claire hasta su habitación, como si temiese que pudiera desmayarse de nuevo en cualquier momento.
—De acuerdo, gracias —le dijo ella mientras abría la puerta y le quitaba el portátil y el maletín de las manos.
—Si necesita algo…
—¡Gracias! —repitió Claire, que prácticamente le cerró la puerta en las narices.
Una vez a salvo en el interior de su habitación, se apoyó contra la puerta y se deslizó hasta el suelo. Todo lo que había sucedido la golpeó de repente.
Había visto el fantasma de Matías.
Había hablado con él.
Matías estaba muerto y ella se estaba volviendo loca.
Respiró de forma entrecortada mientras el peso de la pérdida caía de nuevo sobre ella, aplastándola contra la mugrienta moqueta del hotel y comprimiéndole los pulmones hasta que empezó a respirar con dificultad.
El pánico le atenazó el corazón, que le latía de forma errática, como un batería que hubiera perdido el control del ritmo, y solo veía la imagen de Matías en la cama del hospital, conectado a todas esas máquinas.
Salvo que, en ese momento, las máquinas estaban en silencio. No había monitores pitando. No había vías administrando medicamentos de forma intravenosa.
Ya no era necesario, porque Matías estaba muerto.
Claire gimió e intentó hundirse más en la moqueta.
No había muerto. Era imposible que se hubiera ido. ¿Cómo iba a apagarse la brillante chispa de Matías como si solo fuera una brasa perdida a la que pisotear?
«No puedo…».
Buscó el móvil en el maletín. Solo quería escuchar su voz una vez más, o quizá diez veces más, o treinta. Marcaría su número para poder escuchar su buzón de voz, para poder fingir por un momento que seguía vivo, que recibiría el mensaje y la llamaría en cualquier momento.
Abrió la aplicación del teléfono y estaba a punto de marcar su número cuando se le ocurrió algo.
Nadie la había llamado. Si Matías hubiera muerto, Araceli la habría llamado al móvil o al hotel, ¿no? A menos que el fantasma de Matías se le hubiera aparecido justo en el momento de su muerte y el personal del hospital todavía no hubiera tenido tiempo de informar a la familia.
Revisó la lista de llamadas recientes.
No tenía ninguna perdida.
Le temblaban las manos.
«Muy bien, de acuerdo… Que no haya llamadas perdidas es una buena señal», pensó.
¿O no?
Quizá solo estaba alucinando. Al fin y al cabo, no había comido ni bebido mucho desde que salió de Nueva York.
Aunque necesitaba estar segura. Así que marcó el número de la hermana de Matías.
—¿ Diga ? —respondió Araceli antes incluso de que sonara el segundo tono.
—Hola, soy Claire. Yo… —Pero, de repente, no pudo articular palabra. No se atrevió a preguntar si Matías seguía vivo.
— Hola , Claire. ¿Estás bien? Quiero decir, dadas las circunstancias.
De fondo, Claire oía el jaleo que estaba formando la familia de Matías. No eran voces alegres, ni mucho menos, porque todos estaban muy preocupados. Pero tampoco parecían histéricos, y Araceli estaba tranquila.
—Pues… —dijo— me preguntaba si había alguna… no-novedad. Siento molestarte. Es que no puedo llamar al hospital porque mi español es pésimo y…
—Puedes llamarme cuando lo necesites, Claire —replicó Araceli con amabilidad—. Y no, no hay noticias sobre Matías aparte de lo que ya sabíamos cuando salimos del hospital.
Claire se acercó a la ventana y miró hacia la entrada del hotel. La ambulancia ya se había ido y, por supuesto, no había ni rastro del fantasma de Matías.
—Y el personal del hospital llamaría si hubiera algún cambio en el estado de Matías, ¿verdad? —le preguntó.
—Sí, lo han prometido y lo cumplirán —respondió Araceli.
—De acuerdo —dijo Claire—. Entonces, él está… ¿Podemos suponer que sigue igual?
—¿Seguro que no quieres venir? —le preguntó Araceli—. Quizá te vendría bien no estar sola. Luis puede ir a buscarte.
—No, no, yo… Seguramente necesito dormir. Ya sabes, por el jet lag —dijo—. Pero gracias.
—Muy bien. Pero llámame cuando quieras, lo digo en serio.
—Gracias, Araceli.
Claire se dejó caer sobre la cama, aplastando uno de los paquetes de galletas saladas. Matías no estaba muerto. Estaba en coma y eso era terrible, pero seguía vivo, seguía vivo.
Sin embargo, que ella estuviera tan mal como para imaginar su fantasma… la preocupaba.
Se obligó a comerse las galletas rotas y a beberse el otro zumo. Luego se tomó dos pastillas para dormir, pero no durmió tranquila y estuvo soñando con fusiones, luces de ambulancias y Matías, que despertaba del coma y no la reconocía.