Un año atrás en España Matías
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Matías

Once meses antes

De modo que dejó que Claire eligiese el lugar para su segunda cita, y dado que se había designado como su guía (aunque solo fuera una broma), se encontraba en ese momento en Coney Island, porque Claire le dijo que era un rito de iniciación en Nueva York.

—No puedes ser neoyorquino hasta que no has pasado por lo menos un día de verano sudando en las colas de Coney Island, atiborrándote de perritos calientes y gastando demasiado dinero en las casetas de la feria con la errónea creencia de que serás tú quien le gane la partida a la probabilidad —le dijo.

Él la miró con una ceja levantada.

—¿De verdad eso es un rito de iniciación en Nueva York?

Claire sonrió.

—Seguramente no, pero mis compañeras de residencia durante el primer año me obligaron a hacerlo cuando llegué de Florida, así que ahora te lo voy a hacer a ti.

Empezaron en Eldorado Auto Skooter, donde la música sonaba a todo volumen mientras gente adulta se daba porrazos en los coches de choque.

Claire conducía como si intentara ganar el premio a la conductora más prudente, así que Matías decidió perseguirla y empujarla contra otros coches mientras ella se reía y gritaba todo el tiempo, intentando escapar de él.

A continuación, lo llevó a dos puestos de perritos calientes para hacer una degustación: Nathan’s Famous y Feltman’s.

Matías tuvo que esforzarse por no hacer muecas mientras se los comía.

—¿Esto es… comida?

Claire se echó a reír.

—Es comida sin duda alguna. También es la venganza por los coches de choque.

—Ah, en ese caso… —Apuró lo que quedaba del segundo perrito caliente y lo acompañó con un trago de limonada—. Bueno, ahora me siento completamente estadounidense.

Ella le guiñó un ojo y se colgó de su brazo.

—Bien, ahora que has superado esa parte del rito de iniciación, tengo una recompensa para ti.

—Por favor, dime que no es una montaña rusa. No creo que pueda soportarlo tan pronto después de los perritos calientes.

—Por Dios, no. Nunca me verás en una montaña rusa.

Matías sonrió. Empezaba a entenderla. Conducía su coche de choque con cuidado por el perímetro de la pista. Bocados pequeños y medidos de perrito caliente. Nada de montañas rusas.

—Vale, entonces, ¿adónde vamos? —le preguntó.

—A Coney Island Art Walls —contestó Claire—. Es como un museo al aire libre de arte callejero que cambia cada año.

Eran unos paneles enormes, dispuestos como una galería de arte al aire libre, con la montaña rusa subiendo y bajando a su espalda.

Matías soltó un suspiro feliz mientras los contemplaba.

Había varios estilos, desde cómics al estilo de Roy Lichtenstein hasta grafitis y una representación abstracta de la vida vista a través de la pantalla de un teléfono.

También era emocionante ver a la multitud revoloteando alrededor de cada pieza, a los adolescentes haciéndose selfis y a las familias posando para las fotos de las vacaciones de verano.

Por fin entendía por qué Coney Island era una experiencia imprescindible que Claire quería que él viviera.

Eso era Nueva York, una ciudad despierta y palpitante, llena de vida.

—Me encanta —dijo—. Gracias.

Ella sonrió.

—De nada. Pero hay otra pared que tienes que ver. —Le tiró del brazo, pero no vio el osito de peluche abandonado en el suelo y tropezó.

Aunque él la sujetó.

Claire levantó la cabeza y sus miradas se encontraron.

Y así fue como Matías supo que se había enamorado por completo, porque ya no necesitaba ver más partes de la galería al aire libre. Le bastaba con mirar a Claire, y era más que suficiente.