Un año atrás en España Claire
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Claire

Con el único propósito de tener algún tipo de conexión humana, encendió su ordenador portátil para informarles a Yolanda y a sus otros amigos de la empresa, y también a George, su secretario, de que había llegado bien a Madrid.

Le dio una patada a la maleta, ya vacía, como si fuera la culpable por no proporcionarle ropa interior y luego se dejó caer al suelo, con la cabeza entre las manos, y se echó a llorar.

Su portátil, que estaba en la mesa, soltó un pitido.

—Ahora no —dijo antes de seguir sollozando, aunque seguramente fueran sus amigos que la llamaban para ver cómo estaba y esa había sido la razón por la que había encendido el ordenador para empezar.

Pi.

Pi.

Pi.

—¡Más tarde! ¡Por favor!

Se quedó en silencio durante un minuto y la dejaron llorar en paz.

Pi.

Pi.

Pipipipi.

¿Estaba sonando cada vez más fuerte?

PI.

—¡Uf! Muy bien, ya voy, ¡ya voy!

Se pasó una manga por los ojos y sorbió por la nariz, para que se movieran los mocos que se la habían taponado.

«Estoy preciosa», pensó con ironía.

Antes de: «Pero ¿a quién le importa?».

El portátil pitó cuatro veces más.

Gateó hasta la mesa para llegar a él. La moqueta le dejó una sensación pegajosa muy desconcertante en la piel, como a limpiador de tapicerías que no se había secado del todo mezclado con varias décadas de suciedad procedente de las suelas de los zapatos de la gente.

En la pantalla del portátil, vio que el canal de chat interno de Windsor el vuelo había sido bochornoso, al igual que la escena en el hospital, cuando le negaron el acceso a la habitación donde se encontraba Matías.

Estaba acostumbrada a mantener su vulnerabilidad bajo llave, y la reciente sobreexposición la hacía sentirse demasiado descarnada.

Así que cerró el ordenador portátil y se dirigió al vestíbulo.

Junto a la recepción, la cafetería del hotel tenía muchos asientos libres porque solo abría para el desayuno y el almuerzo y, en ese momento, eran poco más de las nueve.

Se sentó a una mesa con vistas a la calle a través de los ventanales que iban del suelo al techo, todavía inundados por la luz del sol que se ponía poco a poco.

Abrió el portátil y se sumergió en la tarea de contestar las preguntas sobre la fusión.

Había varios mensajes con «Lo siento mucho» y «Deseo que se recupere pronto» por parte de compañeros que eran conocidos, pero no amigos.

George fue quien le reservó el billete de avión mientras ella corría a su casa para hacer el equipaje, así que supuso que, a esas alturas, ya se había corrido la voz por el bufete sobre lo sucedido.

Aun así, no les hizo caso a esos mensajes de apoyo y se centró en los puramente prácticos.

¿Cuál es el estado de los puntos pendientes en el Anexo de la declaración de divulgación 5(b)(ii)?

Escribió una respuesta a toda prisa.

El equipo de Freshfields en Londres está haciendo un seguimiento de la cláusula de cesión del contrato de Cunningham y nos informará de las novedades antes del cierre de la jornada laboral del lunes, hora GMT.

Claire, ¿recuerdas en qué quedamos con respecto a la sublicencia de la base de datos «Project Titanium» de Einstein a Sine Wave Enterprises?

Sublicencia de dos años, pero no exclusiva. Ciento cincuenta mil dólares al mes.

No tengo claro que podamos conseguir las apostillas checas a tiempo para cerrar el acuerdo dentro de dos semanas.

Ponte en contacto con Anežka Č erný, de la oficina de Praga. Es asistente legal y tiene contactos en el ámbito notarial que pueden acelerar el proceso.

Como era de esperar, sentarse en la cabina de mando y sentir que tenía control sobre algo la ayudó.

Allí, en mitad de esa fusión, ella era la titiritera mayor del universo.

Comprendía cada detalle. Conocía a todos los actores y los tiempos, así como la forma de esquivar el desastre cuando las cosas se torcían.

Había trabajado en suficientes acuerdos a lo largo de su carrera profesional como para anticiparse a los problemas antes de que surgieran, y cuando ocurría algo inesperado, tenía la experiencia necesaria para encontrar una solución. A diferencia de…

Sin querer, sus pensamientos se dirigieron a Matías, que yacía inmóvil y destrozado en el hospital.

Comenzaron a brotarle las lágrimas de los ojos, aunque no tenían permiso para hacerlo. ¡Estaba en público, por favor!

Joder. Joder, joder, ¡joder!

No podía enfrentarse a todo sola. La última vez que pasó por algo así, cuando murieron sus padres, por lo menos seguía viviendo cerca del campus de la universidad y no todo el mundo se había marchado después de la graduación.

Tenía los hombros de sus amigos para llorar, gente que le llevaba tarta de chocolate de la tienda abierta las veinticuatro horas en mitad de la noche.

Sin embargo, en ese momento, estaba en un país extranjero, donde no conocía a nadie salvo a los miembros de su futura familia, a los que solo había visto en unas cuantas ocasiones a través de videollamadas.

Y ni siquiera podía ir a una pastelería para comprar tarta de chocolate, porque no había aprendido la palabra en español para hacerlo.

No se le ocurrió que podía señalar lo que quería en la vitrina porque… porque…

—Te necesito, Matías —susurró mientras le daba la espalda a la zona de la recepción porque una de las mujeres ya la estaba mirando, preocupada.

Durante casi un año, cada vez que estaba estresada o cuando algo salía mal, había sido Matías quien la tranquilizaba y la hacía sentir segura.

Con él, tenía la sensación de que todo se arreglaría, de que cualquier cosa que la estuviera desquiciando tenía solución y sería capaz de encontrarla.

Él siempre creía que todo saldría bien, incluso si ese «bien» no se parecía en nada a lo que uno había imaginado.

Sin embargo, la crisis actual era el propio Matías, y él no podía estar a su lado para ayudarla a superar la situación.

Su ordenador volvió a sonar, pero a esas alturas estaba demasiado sumida en el dolor como para que el trabajo la salvara. Cerró de golpe el portátil y apretó los puños, como si pudiera aferrarse a la esperanza y a Matías solo con la fuerza de sus manos.

Se le clavaron las uñas en las palmas.

Empezó a hormiguearle la mano izquierda y, de repente, lo recordó.

A Matías, con los cálidos labios contra su piel.

«Este beso es para que lo guardes hasta que vuelva a casa. Para que puedas llevarme contigo mientras estoy fuera. Si me echas mucho de menos, solo tienes que presionar los labios contra la palma e imaginar que tu beso se encuentra con el mío, y estaré aquí contigo».

A través de las lágrimas, Claire extendió los dedos y se quedó mirando la palma de su mano.

Quería pegar los labios a ella y, al mismo tiempo, pensó en la posibilidad de que eso eliminara el beso.

Presa del pánico, cerró la mano, como si así pudiera conservar el beso de Matías, y su cerebro empezó a disparar hipótesis irracionales.

«Si Matías muere, ¿me acompañará siempre este beso y podré tenerlo a él para siempre?

¿O va a ser lo último que tendré de él? Y si lo uso, ¿qué me quedará entonces? ».

Al final, fue incapaz de resistirse. Le temblaba todo el cuerpo por el anhelo (por la necesidad de contacto con él, por insignificante que fuera) y abrió la mano. Antes de cambiar de idea, posó los labios en el mismo lugar donde habían estado los suyos.

«Matías», pensó.

El mundo entero se estremeció.

Sintió su boca contra la suya, el beso que le había dado con tanta ternura y suavidad, una caricia aterciopelada.

El recuerdo de su contacto disolvió su tensión, y sus músculos se relajaron en la seguridad de Matías, en la seguridad de saber que tenía a su compañero al lado, a alguien que la protegía, no porque lo necesitaba, sino porque juntos eran más fuertes.

El tiempo se detuvo, o tal vez retrocedió, porque todo volvía a parecerle seguro, firme y normal. El beso la unió a Matías y, durante ese largo momento, todo fue perfecto.

No quería abrir los ojos. No quería apartar la mano de sus labios y enfrentarse a la dura realidad.

Sin embargo, no le quedó más remedio que hacerlo, porque muy pronto empezó a desvanecerse la sensación de Matías. Se le enfrió la palma, se le secó la boca y se sintió sola.

Con un repentino vacío en el pecho, levantó los párpados a regañadientes.

La puesta de sol estival se reflejaba en las ventanas tintadas de un rascacielos cercano, casi cegándola. Chilló y se dio media vuelta.

Luego, el destello desapareció y, en el lugar que había sido demasiado brillante para mirar solo un segundo antes, estaba… Matías.

Contuvo el aliento.

—No, te lo estás imaginando —se dijo con severidad.

Aunque era él. Lo reconocería en cualquier parte.

Esos hombros anchos con la chaqueta azul de loneta y la salpicadura de pintura verde en la manga derecha.

El pelo negro y ondulado, siempre alborotado porque se pasaba las manos por él cada vez que veía algo que lo inspiraba, cosa que, dada la curiosidad de Matías, ocurría a menudo.

Y, sobre todo, el brillo de esos ojos dorados, más intensos y hermosos que cualquier puesta de sol española.

Era imposible. Hacía solo un par de horas, lo había visto vendado, magullado y conectado a todas esas máquinas.

Sin embargo, allí estaba. Era él de verdad y estaba sano, sin heridas y vivo, ¡y debía de estar buscándola!

Claire soltó un gritito y salió corriendo hacia la entrada del hotel.

—¡Matías! ¿Qué haces aquí? El hospital… se supone que deberías estar…

Él ladeó la cabeza y esbozó una sonrisa, como si ella fuera otra de las cosas del mundo que le resultaba fascinante y que podría usar en un futuro cuadro.

—Lo siento —replicó él, y Claire pensó que se desmayaría al volver a oír el tono melodioso de su voz—. ¿Nos conocemos?

Se le tensaron todas las células del cuerpo. No había reconocimiento alguno en sus ojos. Nada de nada. ¿Estaba alucinando? ¿Estaba viendo a su novio en un desconocido? Pero no, era él, hasta el mínimo detalle, desde su porte hasta su voz.

—So-soy Claire.

—Claire. Un placer —dijo en español, antes de repetirlo en inglés—. Matías. —Le regaló una de sus preciosas sonrisas torcidas—. Bueno, ¿qué decías sobre un hospital?

El sol poniente volvió a reflejarse en el rascacielos y el haz de luz atravesó a Matías.

Él seguía allí, pero, durante una fracción de segundo, se volvió transparente.

«¡Dios mío!», pensó Claire. Un fantasma.

Lo que debía significar que…

Matías estaba muerto.

—No… —susurró—. No puedes… Yo…

Y, por segunda vez ese día, le flaquearon las piernas.

Pero, en esa ocasión, no había nadie para atraparla.