Un año atrás en España Matías
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Matías

Once meses antes

Ella captaba su esencia.

Y había aceptado cenar con él. Llevaba años sin quedar con una chica (su última relación había sido bastante larga y había terminado hacía poco) y no sabía si había diferencias entre Estados Unidos y España a la hora de hacer las cosas, pero una cosa sí tenía clara: la comida era un lenguaje universal.

Así que se había pasado toda la mañana y la primera parte de la tarde visitando diferentes tiendas de Nueva York.

Había visitado cuatro queserías distintas para probar sus productos antes de volver a Murray’s en busca del queso manchego que más se pareciera a su preferido en casa; con notas de nuez y un toque picante, y con la textura perfecta.

Luego había echado un vistazo a Despaña en busca de aceitunas y de almendras marcona, y había estado charlando un rato en un mercadillo de frutas y verduras ecológicas, tomándose su tiempo para hablar con cada uno de los agricultores para saber de dónde eran, qué cultivaban y por qué.

Era lo que le habían enseñado su madre, Soledad, y su abuelita, Gloria.

Las comidas no eran solo alimento, eran cartas de amor al sol y a la tierra en la que se cultivaban las verduras, a los agricultores que cuidaban la fruta y a los productores que prensaban el aceite de oliva y, sobre todo, a las personas a las que se les servía la comida.

Si ponías amor y cariño en tu cocina, se notaba en cada bocado.

No se diferenciaba mucho de su forma de abordar la pintura.

Echó un vistazo al cuaderno abierto sobre la encimera, una recopilación de recetas familiares que su madre le había preparado antes de mudarse al extranjero.

Le preocupaba que sintiera nostalgia, sobre todo por no poder asistir a las cenas familiares de los sábados, así que ella y su abuelita habían escrito a mano con mucho esmero más de un centenar de las recetas favoritas de los De León.

Araceli había plastificado cada receta para protegerlas, ya que su personalidad en la cocina se podía describir como la de un chef caótico, y luego las había encuadernado todas juntas para que no perdiera ninguna.

Estaba preparando empanadillas de atún con sofrito .

Ya tenía las empanadillas con forma de media luna en el horno (algunas familias las freían, pero la suya siempre las había horneado) y, en ese momento, estaba preparando la salsa de tomate, cebolla, ajo y pimiento.

Las cebollas ya se estaban dorando en la sartén con aceite de oliva español, de modo que inundaban el apartamento con su rico aroma mientras troceaba los tomates.

Gracias al mundo del arte, sabía que las primeras impresiones eran muy importantes, así que estaba poniendo todo su empeño en cocinar para Claire.

Esperaba que esa cena le revelara tanto sobre él como lo hicieron sus cuadros la noche anterior, y que le gustase lo que esos sabores transmitían.

El mundo de Claire era muy distinto del suyo.

Dentro de la torre de acero y cristal había toda una industria de la que Matías no sabía nada: abogados corporativos de alto nivel que ayudaban a impulsar la economía mundial.

Mientras él creaba obras de arte de una en una, Claire y sus colegas ayudaban a crear nuevas empresas y a cerrar acuerdos históricos para todo tipo de proyectos, desde tecnología eólica de vanguardia hasta piscifactorías, fusiones de hoteles de lujo o derechos de distribución de cerveza para la Super Bowl.

«Increíble», pensó mientras Claire lo guiaba por las oficinas de Windsor & Black. La mujer que lo guiaba tenía el poder de cambiar cómo funcionaba el mundo, solo con sus palabras.

Lo llevó a la biblioteca jurídica, donde dijo que tendrían más espacio para extender la cena que él había llevado. Claire escaneó su tarjeta de identificación en la puerta de cristal de doble hoja. Matías la sostuvo para que pasara, y ella se quedó parada un momento mientras lo miraba y sonreía.

—Hace mucho tiempo que nadie me abre la puerta —dijo—. Es muy agradable.

—Necesitas que te mimen más —replicó él.

Claire soltó una carcajada y encendió las luces de la biblioteca.

—En realidad, no. Solo tienes que ver dónde trabajo.

—¡Guau! —A su alrededor había relucientes columnas de mármol y un sinfín de estanterías de roble pulido llenas de preciosos tomos encuadernados en cuero.

Vio un mostrador circular, supuso que para los bibliotecarios, y sobre él, en la pared y con letras doradas, se podía leer una cita de Jorge Luis Borges: «Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca».

Claire meneó la cabeza, aunque seguía sonriendo.

—No estoy segura de que esa cita se aplique a una biblioteca jurídica… Pero la verdad es que me gusta.

—A mí también me gusta —coincidió Matías, pero no estaba mirando la cita, sino a ella. Al igual que la noche anterior, mientras examinaba sus cuadros, había mucho detrás de esos ojos. Su inteligencia era palpable, y quería conocer cada uno de sus pensamientos.

—En fin —dijo Claire—, vamos a adentrarnos más.

Al fondo, hay unas mesas donde podemos sentarnos y cenar como es debido.

Habría sido horrible intentar comer entre todos los montones de documentos que hay en mi despacho.

—Enfiló un pasillo situado a la derecha, pero antes de salir del vestíbulo, apagó las luces—.

Para ahorrar en la factura de la luz —le explicó al verlo mirar por encima del hombro hacia la zona a oscuras que habían dejado atrás.

Le gustó que ella se preocupase, aunque fuera la empresa la que pagaba la luz.

Cuando Claire encontró la mesa perfecta en un rincón al fondo de la biblioteca, él vació la bolsa y la nevera portátil que había llevado consigo.

Sacó un mantel que su hermano Luis le había dado como regalo de bienvenida a Nueva York.

Un juego de platos y de cubiertos, que pareció sorprender a Claire, seguramente porque estaba acostumbrada a comer en platos de papel o en recipientes de plástico desechables.

Y, por supuesto, la comida: una ensalada ácida de manzana con el delicioso queso manchego, las empanadillas y el sofrito.

Claire comía con la misma expresividad silenciosa que él estaba empezando a adorar. Daba un bocado, cerraba los ojos para dejar que los sabores se deslizaran por su boca, tragaba y después una sonrisilla aparecía en su cara.

—Es imposible comparar esta ensalada con la de la cafetería —dijo ella.

—Eso espero —replicó Matías con una sonrisa. Le gustaba su comida. Estaba seguro de que Claire era capaz de saborear la pasión que había puesto al prepararla. Y pensó que quizá él también le gustaba.

Claire le preguntó sobre la pintura y España, pero en su opinión ya habían hablado mucho de su trabajo la noche anterior en la galería, así que le preguntó sobre su vida y su trabajo.

Se mostró entusiasmada mientras le hablaba del subidón de orquestar acuerdos multinacionales, de reunir equipos de diferentes empresas y países.

Él también entendía su entusiasmo por el trabajo, esa emoción de perderse en algo apasionante.

Sin embargo, mientras comían las empanadillas de atún, Claire pareció perder el hilo de lo que estaba diciendo. Se quedó inmóvil un momento, mirándole fijamente los labios. El pequeño hueco de la base de su garganta adquirió un rosa más intenso.

Matías se limpió la salsa de tomate que tenía en una de las comisuras de los labios.

La vio tomar aire con brusquedad antes de salir de ese trance momentáneo y luego frunció el ceño, como si estuviera discutiendo consigo misma. El rubor se le extendió por el cuello y floreció en sus mejillas.

«Sí. Le gusto», pensó Matías.

Le había prometido que solo le robaría media hora de su noche, ya que a Claire todavía le quedaba mucho trabajo por delante, pero le iba a costar marcharse.

Cuando le explicó lo que era el postre y le dio de comer el dulce de almendras con una cuchara, ella gimió. Acto seguido, se mordió el labio, reflexionó durante un segundo y, antes de apartar los platos que tenía delante, se subió a la mesa y lo besó.

Sabía a azúcar y a calor, a almendras y a anhelo.

La sentó sobre su regazo y la besó con más pasión, separándole los labios para rozarle la lengua con la suya. Y eso le habría bastado, abrazarla allí, sentir su cuerpo contra él, mientras el placer de la comida que le había preparado corría por las venas de Claire.

Sin embargo, ella se subió la falda hasta los muslos y se pegó con más insistencia contra él.

—Hazme tuya —susurró.

«¡Por Dios!».

—¿Estás segura? —le preguntó Matías, porque, aunque estaba dolorido bajo ella, Claire no le parecía la clase de mujer que hacía el amor en un lugar público, por más que dicho lugar fuera un rincón apartado de una biblioteca cerrada al público.

—Hay personas por las que vale la pena romper las reglas —respondió ella.

La levantó con un rápido movimiento y la tumbó sobre la mullida moqueta entre las estanterías. La ropa voló por los aires y, durante la siguiente hora, hicieron el amor con tal pasión que a Matías le sorprendió que las páginas de los libros no se incendiaran.

Después, la acunó contra él, con el cuerpo y la mente más relajados que nunca desde que llegó a Nueva York.

Ella soltó una risilla nerviosa.

—En fin… Bienvenido a la Gran Manzana. Soy Claire, tu guía turística.

Matías la atrajo hacia él y le besó la coronilla.

—No querría más guía que tú.