Claire
Cuando el camión arrolló a sus padres, murieron en el acto.
Ni siquiera había podido verlos en el hospital, porque no tuvieron posibilidad alguna de sobrevivir.
Había deseado en muchas ocasiones tener la oportunidad de despedirse por lo menos, pero en ese momento, estando allí, en esa situación, no lo tenía muy claro.
No sabía si era peor recibir la mala noticia de golpe o que se filtrara poco a poco como la tortura de la gota de agua, sin saber cómo ni cuándo iba a terminar.
Siguió a Araceli y a Luis por los pasillos, dejando atrás carteles en español que no comprendía y habitaciones llenas de la pesada carga de la espera.
Había pasillos y pasillos llenos de habitaciones con pacientes y, de vez en cuando, una sala de enfermeras.
Tenía la sensación de que estaban caminando a cámara lenta por los círculos del infierno de Dante; el trayecto era interminable.
En realidad, solo tuvieron que cruzar tres plantas y cuatro salas antes de llegar a la de Matías.
En cuanto Araceli, Luis y ella atravesaron las puertas dobles, los De León se le echaron encima. Toda la familia vivía en Madrid, y todos sus miembros estaban allí, en el hospital. Se congregaron a su alrededor en un abrazo colectivo y empezaron a hablar todos a la vez en una tormenta de español.
— ¡Ay, pobrecita!
—Claire, cielo…
—He estado muy preocupado por Matías, pero ahora estás aquí y espero que…
Se sentía impotente, incapaz de comprender el torrente de emociones. ¿Por qué no le había dado más prioridad a aprender el idioma de la familia de Matías?
Claro que llevaban juntos menos de un año. No había tenido tiempo suficiente para estudiar español. Para conocer a su familia como era debido. Para analizar su vida y decidir si de verdad quería casarse con él. Si su conexión era real o solo una ilusión.
Una mujer idéntica a Araceli, pero con más arrugas, le tomó la cara entre las manos. Era Soledad, la madre de Matías.
—Corazón mío… —Eso también lo entendía, era una expresión que había aprendido de Matías—: Eres fuerte. Puedes hacerlo.
—¿Pu-puedo verlo? —preguntó Claire, con un hilo de voz.
—Está descansando —contestó uno de los muchos primos, en inglés.
—La enfermera ha dicho que nada de visitas —dijo otro.
La negativa fue demasiado. A Claire le flaquearon las rodillas. Casi se cayó al suelo, pero Luis la sujetó por los brazos.
—Me da igual lo que haya dicho la enfermera —dijo Soledad—. Claire no es una «visita» normal. Va a ser la esposa de Matías.
Claire sabía lo suficiente de español como para entender esa frase.
Así que sí les había contado sus planes de proponerle matrimonio, aunque no parecían estar al tanto de que ella lo sabía. De lo contrario, Soledad no habría dicho esa parte en español y la habría mantenido en secreto.
Sin embargo, a esas alturas no sabía si Matías viviría lo suficiente como para convertirse en su esposa, con independencia de lo que ella sintiera al respecto.
Debió de escapársele un gemido, porque Araceli se acercó y la abrazó de nuevo.
Soledad se dirigió a la sala de enfermeras y empezó a hablar con ellas en voz baja, señalando a Claire de vez en cuando.
Un minuto después, Claire estaba de pie delante de la puerta cerrada de la habitación de Matías.
Con miedo de abrirla.
—Entra —le dijo Soledad en español, y luego lo repitió en inglés—: Entra, Matías te necesita.
Claire no sabía que alguien pudiera tener tantas vías, tantos tubos, tantos vendajes y tantas escayolas puestas.
Después del accidente, habían operado a Matías de urgencia para detener la hemorragia interna y, en ese momento, estaba conectado a nueve monitores distintos: uno para controlar su respiración, otro para su frecuencia cardíaca y un conjunto de paneles que le administraban un sinfín de medicamentos.
Tenía una sonda de alimentación y un catéter.
La poca piel que se le veía estaba hinchada y cubierta de magulladuras tan moradas que casi parecían negras.
Le habían afeitado parte de la cabeza para acceder al cráneo.
—¡Ay, Matías! —La poca coraza que le quedaba a esas alturas cayó al suelo de la habitación del hospital, y se desplomó junto a su cama mientras lloraba—. Por favor, no te mueras. Por favor, aguanta. Estoy aquí… ¿Me oyes? Estoy aquí.
Ni siquiera podía tomarlo de la mano, porque la tenía cubierta de esparadrapo, cables y una vía intravenosa.
No había ninguna parte de él que pudiera tocar: ni su pelo por debajo de la férula que le inmovilizaba la cabeza, ni su mejilla maltrecha y llena de rasguños, ni esa parte musculosa de su cuello sobre la que le gustaba acurrucarse cuando estaba asustada o estresada.
¿Y si nunca despertaba?
¿Y si lo hacía, pero quedaba con una lesión permanente? ¿Y si no podía pintar, si no podía jugar en su liga de voleibol los fines de semana o bucear con sus amigos? Si no podía participar en todas sus aficiones, y en la vida misma, que tanto amaba…, ¿cómo iba a sobrevivir?
¿Y si se recuperaba, pero le guardaba rencor por no haberlo acompañado a España? Sabía que era una idea irracional, que él no podía culparla por el accidente de la lancha ni porque se estuviese llevando la fusión en la que ella trabajaba en ese momento.
Claro que tampoco podía evitar pensar que, de alguna manera, siempre era culpa suya. Como con sus padres… ¿Y si los hubiera acompañado al cine aquella tarde? Porque entonces habrían estado en el cine con ella y no donde el tráiler había quedado cruzado en la carretera…
Si hubiera acompañado a Matías a España, él no se habría embarcado en aventuras arriesgadas con sus amigos. No habría acabado en una lancha, porque ella se mareaba con el vaivén de las olas. Y Matías, Facu y Leo estarían bien en ese preciso momento, y Diego y Carlos seguirían vivos, y, y, y…
Las lágrimas brotaban más deprisa a esas alturas.
—No quiero hacer esto sin ti, Matías. Vuelve conmigo, ¿sí? Por favor.
La cánula de oxígeno siguió silbando. El panel de monitores no dejó de pitar. Nada cambió.
—Te quiero, Matías. Vuelve. Te estaré esperando.