Matías
Once meses antes
—No te preocupes —le dijo Jason, el dueño—. La inauguración de esta noche va a ser un éxito. La cantidad de confirmaciones de asistencia ha sido excelente y tu trabajo es increíble.
«Por lo menos uno de los dos se siente así», pensó mientras observaba el espacioso interior de la galería.
Dentro de media hora, se abrirían las puertas y entrarían desconocidos para juzgar su obra con el acompañamiento de las burbujas del champán y un grupo de música español.
Por supuesto, ya había llevado a cabo exposiciones en galerías con anterioridad, pero entre el público desconocido siempre veía las sonrisas de sus familiares.
El clan De León en Madrid era numeroso y sociable, y siempre lo apoyaba, por lo que no solo sus padres y sus hermanos iban a todas las inauguraciones, sino también su abuela y un montón de tías, tíos o primos.
Por no hablar de sus amigos de la escuela de arte.
Sin embargo, allí, en Nueva York, era… nuevo.
Se acababa de mudar a su apartamento (su única silla de momento era un cubo de pintura del revés) y esa misma mañana había recibido la llave de su despacho en la Academia de las Artes de Nueva York.
No conocía a nadie, salvo los contactos profesionales con los que había estado intercambiando mensajes de correo electrónico antes de llegar, la gente de la administración de la universidad y Jason, aquí, en la Galería Rose. Y nadie lo conocía a él.
—¿Te importa si hago una llamadita rápida? —le preguntó a Jason.
—Claro que no —contestó él con un gesto cordial de la mano—. De todos modos, tengo que comprobar algunas cosas de última hora antes de que abramos las puertas.
Mientras Jason se alejaba hacia la parte delantera de la galería, donde el grupo y los camareros estaban preparándolo todo, Matías llamó a su hermana. Era medianoche, pero Araceli contestaría. Sabía lo nervioso que estaría antes de la exposición.
Araceli descolgó al primer tono.
—Lo harás bien — dijo ella sin preámbulos.
—Siento llamarte tan tarde —replicó Matías. Le reconfortaba hablar en español.
—Todavía no me he dormido —dijo Araceli—. Hace nada que he terminado de cenar.
Matías sonrió por ese recordatorio de su hogar.
El horario de la cena en Estados Unidos lo había sorprendido un poco.
En España, no se sentaba a comer hasta las diez de la noche, y casi siempre era con sus amigos o con su familia, por lo que la comida no terminaba hasta las once y media.
En Nueva York, muchos restaurantes cerraban a las diez, y los que cerraban a las once dejaban claro que no les gustaba que los clientes entraran por la puerta a la que habría sido una hora normal para cenar en España.
—¿Cómo es la galería? —le preguntó Araceli.
—Te mando una foto. —Matías hizo una foto de la pared más cercana, en la que colgaban dos de sus obras más grandes. Le mandó esa y otra del escaparate de la galería a su hermana.
—¡Oh, es preciosa! —dijo ella con voz cantarina—. Tu cuadro del horizonte de Nueva York es impresionante. Seguro que atraerá a los transeúntes.
—¿Crees que alguien comprará algo esta noche? —preguntó Matías, que se puso a pasear de un lado para otro de nuevo.
—Yo creo que sí —le contestó Araceli—. Pero tampoco importa.
Esta noche solo es la inauguración; es tu entrada en el mundo del arte neoyorquino.
La gente te conocerá y, aunque hoy no compren nada, tu obra es tan impactante que permanecerá en sus mentes mucho después de que termine la fiesta, se lo contarán a sus amigos y más gente irá a la galería durante el horario habitual, y te convertirás en una estrella, Matías.
Así que no te preocupes. Esta noche no es el final. Esta noche es un comienzo.
—Esta noche es un comienzo —repitió él.
—Sí —convino Araceli mientras bostezaba—. Te quiero y eres increíble, ¿vale? Ahora ve a impresionar a esos estadounidenses, hermanito.
Dos horas después, se le habían marcado los hoyuelos de tanto sonreír, pero no es que fuera realmente un problema. La asistencia, tal como Jason le había prometido, era excelente, aunque la mitad de los invitados no entenderían del todo el trabajo de Matías.
—¡Es muy divertido! —le dijo efusivamente una mujer de unos cincuenta años, mientras su grupo de amigas murmuraba en señal de acuerdo.
—Tus cuadros me recuerdan a la revista Highlights —añadió otra de las mujeres.
—Lo siento —dijo Matías—. No me suena esa revista .
—¡Ah, claro, por supuesto! —exclamó ella—.
Seguramente no la publiquen en España. Es una revista muy popular para niños.
Cada número incluye un juego de imágenes ocultas, que parecen ilustraciones normales, pero que siempre tienen dibujos extravagantes e inesperados.
Por ejemplo, puede ser una escena de dos niños jugando a un videojuego delante de la televisión, pero cuando te fijas bien, descubres que la niña tiene el contorno de una espátula dibujado en el pelo o que los cables que hay sobre la alfombra se enroscan hasta formar un pulpo.
¡Era una de mis cosas favoritas de la revista cuando era niña!
—Parece… simpático —replicó Matías, con una sonrisa un poco más forzada.
—Igual que tú —dijo otra de las mujeres—. Estoy segura de que todos los que están aquí estarían encantados de llevarte a casa después de esta fiesta.
Matías se rio por educación.
—Bueno, por desgracia para esas personas, lo único que alguno de los presentes va a llevarse a casa de esta galería son mis cuadros.
Las mujeres soltaron risillas, pero, por lo menos, eso las llevó a puntuar sus obras.
Era una conversación en la que Matías no quería participar, porque ningún artista quiere oír cómo se califica su trabajo según una escala. Ponía todo su empeño en cada cuadro, y todos eran distintos. Por supuesto, los mecenas podían tener sus opiniones, pero él no necesitaba oírlas.
Por suerte, Jason le estaba haciendo señas desde la puerta principal.
—Ha sido un placer charlar con todas ustedes —le dijo Matías al grupo de mujeres—, pero el dueño de la galería me está llamando, así que me temo que debo marcharme. Espero que disfruten del resto de la velada.
Se abrió paso entre la multitud, que era más densa en esa parte de la galería porque estaba cerca del bar y del grupo. La mayoría de los invitados ya había recorrido los pasillos mirando sus cuadros y, a esas alturas, se limitaba a disfrutar de las bebidas gratis.
Un chico joven se puso a hablarle a gritos a su compañero, un rubio de veintitantos años, para hacerse oír por encima de la música flamenca, justo delante de él.
—La elección del artista por parte de la galería es una sorpresa. El realismo clásico está pasadísimo de moda.
—A lo mejor el dueño está intentando ser atrevido —sugirió el otro hombre.
—O estúpido —replicó el primero—. Nadie va a comprar esta mierda anticuada. El arte abstracto es mucho más elevado.
El segundo hombre vio a Matías y se quedó paralizado. Luego dijo, como si siguiera conversando:
—¡Ay, cariño, qué gracioso eres cuando te pones sarcástico! Oye, ¿por qué no vamos a por otra copa? —Y le susurró algo de forma apresurada a su acompañante antes de echar a andar hacia la barra.
Matías se limitó a encogerse de hombros.
Estaba más que familiarizado con la difícil tarea de pintar con un estilo clásico, aunque le añadiera un elemento imaginativo.
Lo que decían no era del todo incorrecto; los gustos globales se inclinaban hacia lo contemporáneo.
Pero, como siempre le decía su madre, Soledad: «Así es como destacas, Mati. Porque eres diferente al resto».
Su arte no era para todo el mundo. Matías solo tenía que encontrar el tipo de persona que lo apreciara, que entendiera lo que intentaba decir.
Los músicos terminaron su canción y, mientras el público aplaudía, la multitud se abrió.
Allí, delante de él, estaba Jason, junto a una mujer con una blusa blanca y una falda de tubo de color beis.
Llevaba el pelo castaño peinado en un pulcro moño, con unos cuantos mechones sueltos que le enmarcaban la cara como una cinta de raso.
Su sitio parecía más entre los sagrados pasillos de una biblioteca universitaria que en la extravagante inauguración en una galería en pleno apogeo.
Destacaba porque era distinta del resto.
—Matías de León —dijo Jason—, me gustaría presentarte a una amiga, Claire Walker.
— Un placer —dijo Matías en español, antes de repetirlo en inglés e inclinarse un poco mientras le tendía la mano.
Claire abrió la boca, pero no le salieron las palabras.
Yolanda, la mujer de Jason, salió de la multitud con dos copas en las manos. Pero cuando vio a Claire allí de pie (y lo miró a él para comprobar cómo se encontraba, algo que no le pasó desapercibido), le guiñó un ojo a Jason y dijo:
—¿Y si Matías acompaña a Claire por la exposición y le hace un recorrido personal por algunas de sus pinturas en la parte posterior? En fin, por eso de que ha llegado tarde y se ha perdido el discurso de inauguración.
—¡Qué buena idea! —exclamó Jason. Con delicadeza, guio a Claire y a Matías a través de la multitud de invitados y los dejó cerca del pasillo que los adentraría más en la galería.
Pero, antes de marcharse, Jason se inclinó hacia Matías y le dijo—: Lo siento.
Hazle el favor a mi esposa. Es su mejor amiga.
—Y, luego, Yolanda y él desaparecieron entre la multitud.
Claire se rio por lo bajo de un modo que le indicó a Matías que seguramente creía que no iba a oírla.
Sin embargo, y aunque no lo hubiera hecho, habría sabido que estaba nerviosa solo por su forma de morderse con disimulo el labio inferior (clavándose los dientes, pero solo un poquito, en la parte interna de esa boca rosada y carnosa) y por el ligero rubor en la base del cuello, justo donde descansaba un sencillo collar de perlas.
Era todo lo contrario a las mujeres de antes, que querían llevárselo a casa y devorarlo.
—Me alegro mucho de que hayas podido venir esta noche —dijo Matías mientras se adentraban más en la Galería Rose. Por supuesto, no sabía nada de ella salvo que era amiga de Yolanda, y lo poco que podía interpretar de su lenguaje corporal, pero sí sabía que no quería que Claire estuviera nerviosa.
—¿De verdad? ¿Por qué? —le preguntó ella, sin cortarse ni un pelo.
—Me preocupaba que no asistiera nadie a la inauguración de mi exposición —contestó Matías con sinceridad.
No le gustaban los hombres que proyectaban una fachada de falso valor; prefería dejarse llevar por el corazón, tanto en su arte como en su vida—.
Pero Jason ha hecho un trabajo maravilloso. ¿Te lo estás pasando bien?
—Hasta llegar aquí, no.
Su descaro lo tomó desprevenido, y sonrió.
Ahí estaba ella. Había sospechado nada más verla que Claire no era de las calladas.
Tal vez su sitio estuviera más en una biblioteca universitaria que en la inauguración de una exposición, pero no tenía el carácter para ser un reservado ratón de biblioteca.
Se parecía más a una joven profesora que se sabía una estrella en ciernes.
Era una mujer consciente de su propio potencial, pero no se lo restregaba a nadie…
Quizá porque comprendía que el talento por sí solo no conseguía garantizar el éxito.
Matías siguió caminando hasta la pared del fondo de la galería.
Solo había otros dos invitados más en ese pasillo, por lo que Claire y él tenían esa parte de la exposición para los dos solos.
Le sacaba una cabeza, y cuando le llegaron las notas del ligero aroma cítrico de su champú, se quedó sin aliento.
Naranja de Sevilla.
Como las famosas naranjas de su hogar, España.
El corazón empezó a latirle un poco más rápido y, durante unos segundos, olvidó cómo habían llegado a estar solos allí. Pero luego recordó que Yolanda intentaba emparejarlos y que debía hablarle de sus cuadros a Claire.
Sin embargo, tuvo la sensación de que empezaba a olvidar todo el inglés que sabía. Una cosa muy rara, porque llevaba casi treinta años hablándolo con fluidez.
Carraspeó antes de hablar.
—Mmm… Jason me pidió que preparara un discurso para esta noche, aunque no me gusta mucho hablar de mi trabajo. Todo lo que tengo que decir lo vuelco en mi arte, ¿sabes? Así que, por favor. —Señaló con la mano los cuadros que colgaban a su alrededor.
¿Había sido demasiado torpe? Se suponía que debía ser el guía de Claire y se había embarcado en esa aventura para que ella no se sintiera nerviosa, pero acababa de sumergirla en su obra sin darle una explicación sobre el realismo clásico y sin ni siquiera ofrecerle un resumen de sus años formativos.
Claro que, tal como había supuesto, Claire no era tímida, el problema era que no estaba acostumbrada al mundo del arte.
Mientras la veía absorber su trabajo (tomándose su tiempo con cada obra y valorándola como se merecía), se dio cuenta de que había acertado al dejarla explorar sus cuadros sin la carga de sus comentarios.
Y vio el instante en el que Claire descubrió la magia de cada pieza.
No se reía a carcajadas ni la señalaba como casi todos los demás habían hecho esa noche.
Más bien, se limitaba a sonreír en silencio y guardaba el detalle en su interior un momento, como si le estuviera dando vueltas en la cabeza o contemplara no solo la imagen, sino también el porqué de su existencia.
Sin embargo, cuando llegaron al cuadro del monje que ofrecía el planeta Tierra dentro de una cáscara de naranja, Claire no pudo contener su reacción.
—¡Dios mío, Matías! —susurró. Y con esas tres palabras, supo que había entendido todo lo que él intentaba decir.
Matías sonrió en ese momento, una sonrisa más radiante que cualquiera de las que había esbozado esa noche, y ni siquiera fue forzada.
«Esta noche es un comienzo».