Un año atrás en España Claire
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Claire

«Mamá… Papá…».

Debería haberles pedido que se quedaran más tiempo después de su graduación. Así no habrían estado en la carretera cuando aquel camionero perdió el control. Así seguirían vivos.

Si los hubiera acompañado al cine, como ellos querían, sus planes habrían cambiado lo justo. La habían invitado, igual que Matías le había pedido que fuera con él a España. Y en ambas ocasiones ella había rechazado la invitación…

«¡Ay, por Dios!». Un violento sollozo le sacudió el cuerpo. El adolescente que estaba a su lado frunció el ceño y le preguntó:

—¿Está bien?

Claire negó con la cabeza. Se había quedado sola en el mundo cuando murieron sus padres biológicos, y Jim y Sarah habían aparecido como si fueran unos ángeles para abrirle las puertas de su familia.

Pero luego ellos también murieron, y se quedó sola de nuevo.

Había encontrado cierto sentido de pertenencia en la Facultad de Derecho y en su trabajo, pero hasta que conoció a Matías no sintió que por fin había vuelto a encontrar un refugio seguro.

Y, en ese momento, también podía perderlo a él.

Se le escapó otro sollozo. El adolescente rebuscó en su mochila y sacó un paquete de pañuelos de papel.

—Tenga, señora.

—Gracias —susurró ella mientras aceptaba la compasión que le ofrecían.

—Saludos desde la cabina de mando —dijo la capitana Cheasequah—.

Estamos realizando la aproximación final al aeropuerto de Adolfo Suárez Madrid-Barajas y aterrizaremos dentro de unos treinta minutos, por lo que voy a encender la señal para que se abrochen los cinturones.

Por favor, permanezcan en sus asientos durante el resto del trayecto y gracias por volar con nosotros por los cielos del mundo.

Claire se bajó del avión con los ojos hinchados y la nariz enrojecida. Se fue a los aseos sin pérdida de tiempo y se echó agua fría en la cara.

«Tengo un aspecto horrible», pensó al ver su reflejo en el espejo.

Se le había encrespado el pelo y lo tenía alborotado, se le había deshidratado la piel y le había salido un brote de acné durante el vuelo y también tenía unas bolsas entre grisáceas y moradas debajo de los ojos.

Y en ese momento, porque tenía la cabeza hecha un lío por culpa del miedo y la ansiedad, se preguntó: «¿Debería maquillarme para conocer a la familia de Matías?

». Al fin y al cabo, solo había hablado con ellos unas cuantas veces a través de Zoom y esa era su única oportunidad de tener una buena primera impresión.

Sin embargo, se miró de nuevo en el espejo y soltó una carcajada, sobresaltando a la pobre mujer que estaba en el lavabo contiguo.

Era imposible arreglar su aspecto. Tenía mala cara porque ¿de qué otra manera podía estar una persona cuando su pareja, con la que casi está comprometida, se encontraba en un coma, con dos de sus amigos también en estado crítico y otros dos muertos?

Recogió sus maletas y salió del aseo casi arrastrándose.

El aeropuerto era un hervidero de viajeros ansiosos por irse de vacaciones, o con destino a alguna reunión de trabajo, o emocionados por reunirse con amigos y familiares.

En otra vida, Claire podría haber sido una más, pero ese día lo único que oía era una cacofonía de anuncios en español que no entendía, mezclados con el ruido de una versión de la humanidad que no podía comprender y que esperaba con ilusión lo que estaba por llegar.

Debido a su parada en el aseo, todos los pasajeros de su vuelo la adelantaron en el control de pasaportes, y las colas se doblaban sobre sí mismas varias veces.

Se puso la última en la cola con expresión derrotada.

La enorme sala estaba muy caldeada y con la humedad por las nubes, porque era verano y, a diferencia de los derrochadores estadounidenses, los europeos no ponían el aire acondicionado al máximo en cuanto el termómetro alcanzaba los veintidós grados.

En la sala debieron de alcanzarse por lo menos los treinta y cinco grados cuando entraron todos los viajeros sudorosos.

Sin embargo, por una vez, ella no tenía prisa por salir del aeropuerto.

Se quedaría allí, en el control de pasaportes, durante días si eso pudiera ralentizar el tiempo y deshacer la realidad.

¿Cómo era posible que Matías, que rebosaba energía y vitalidad, estuviera inconsciente en una cama de hospital en ese preciso momento?

¿Cómo era posible que alguien así estuviera en silencio, con su creatividad y alegría en pausa, como un programa de televisión, abandonado mientras el resto del mundo seguía adelante?

Claro que acabó llegando al principio de la fila. Le hicieron una foto, le escanearon las huellas dactilares y, cuando el agente de aduanas le preguntó el motivo de su visita, ella solo fue capaz de susurrar mientras contenía las lágrimas:

—Voy a ver a mi novio y a su familia.

El agente asintió con la cabeza, le selló el pasaporte y le indicó que pasara.

Atravesó la aduana y salió a la sala de llegadas.

Allí, un mar de caras la rodeó y el español la golpeó como una ola gigante.

Atrás quedaron los anuncios de la auxiliar de vuelo y del piloto en español e inglés.

Ya solo se oía el idioma que ella acababa de empezar a estudiar, aunque después de seis meses, solo había llegado al capítulo cuatro de su libro de texto porque el trabajo la mantenía demasiado ocupada.

Sentía los latidos de su corazón en la garganta mientras buscaba entre la multitud a la hermana de Matías, Araceli. «Por favor, que me acuerde de su cara», pensó, porque, de repente, era incapaz de recordar su imagen. Nunca había pensado que así sería su primer encuentro en persona.

Había conductores sosteniendo iPads con los nombres de los pasajeros a los que iban a recoger. Amigos con globos y carteles de ¡ Bienvenidos ! Gente ansiosa, con los ojos abiertos de par en par, dando saltos y gritando al ver a quienes buscaban.

Y, en ese momento, los vio. Una mujer de treinta y pocos años y un hombre unos diez años más joven, con expresiones tan serias y los ojos tan enrojecidos como los suyos. Araceli y Luis, los hermanos de Matías, permanecían como estatuas sombrías en medio de la animada sala de llegadas.

—Hola —dijo Claire cuando llegó hasta ellos. Araceli la abrazó con fuerza, en silencio. Era una mujer suave y regordeta, y estar entre sus brazos le resultó reconfortante, aunque solo fuera durante unos segundos—. Gracias por venir a recogerme —siguió después de separarse—. ¿Cómo está?

—Matías está… —Luis titubeó—. Está igual.

Claire cerró los ojos con fuerza durante un momento. Cuando los abrió, encontró el valor para preguntar:

—¿No ha mejorado nada?

Araceli se mordió el labio y negó con la cabeza.

—Tienes que prepararte para verlo, porque… —Se echó a llorar y no pudo continuar.

Luis abrazó a su hermana. Solo tenía veintitrés años, era el benjamín de la familia y todavía tenía el aspecto desgarbado de la juventud, pero tenía el mismo pelo que Matías, negro y ondulado, y aunque sus ojos eran de un marrón oscuro y no dorados como los de su hermano, sí compartían la forma, y el parecido estuvo a punto de dejar también a Claire hecha un mar de lágrimas.

—Matías se rompió treinta y siete huesos —dijo Luis en voz baja—. Iban a ciento ochenta kilómetros por hora cuando chocaron y volcaron. Tiene muchos vendajes. Hay muchas máquinas… Lo siento, no sé cómo se llaman en inglés.

—No pasa nada —replicó, porque todavía no quería saber nada. «Treinta y siete huesos. Coma. Accidente de lancha motora con dos de sus amigos muertos». Solo eso ya era demasiado para asimilar—. ¿Cómo están Leo y Facu? —preguntó.

—Siguen en Valencia, pero también están en la unidad de cuidados intensivos —contestó Araceli, que apartó la cara del pecho de Luis—. Su estado es un poquito mejor que el de Matías. También rezamos por ellos.

—Vamos —dijo Luis, que rodeó a Claire con el otro brazo de forma protectora para guiarla hacia la salida del aeropuerto—. Te llevaremos a ver a Matías.