Claire
Once meses después
—Estoy deseando enseñarte España —dijo Matías mientras sacaba su maleta vacía para empezar a hacer el equipaje.
—¡Espera, no la pongas ahí! —Corrió hacia su armario y volvió con el portaequipajes que le había comprado—. Es que… ¿recuerdas aquel artículo que leí sobre todos los gérmenes que hay en las ruedas de las maletas? —Puso cara de asco—. Lo siento, pero…
— No tienes que disculparte, churri —replicó Matías, que usó su apodo cariñoso preferido. Se inclinó y la besó en la nariz, que seguía teniendo arrugada por el mohín. Acto seguido, le quitó el portaequipajes de la mano, lo desplegó y colocó su maleta encima.
Claire suspiró. Matías era bueno con ella, de verdad.
Pero, a lo largo de los once meses de su apasionado romance, habían surgido algunas…
diferencias. Matías era caótico, mientras que ella era ordenada.
Aunque él se esforzaba por dejar las cosas en su sitio, no siempre lo conseguía.
Al principio, no le importaba y se reía cada vez que dejaba las llaves en la isla de la cocina en vez de dejarlas en la mesita de la entrada, o cuando ponía las tazas de café en el estante de los vasos de agua.
Sin embargo, esas cosas ya llevaban un tiempo molestándola cada vez más. Quizá porque el huracán de su relación se estaba calmando y convirtiéndose en una suave brisa, y era mucho más fácil detectar los defectos cuando no se estaba en medio de una tormenta.
En ese momento, tuvo que apartar la mirada mientras él metía camisetas mal dobladas en la maleta.
«No seas tan rígida» , se ordenó.
Aun así y para evitar mirar, se acercó a la cómoda situada en el rincón más alejado del dormitorio para sacar los calcetines y los calzoncillos. Si lo hacía antes que Matías, podría enrollarlos bien y evitar que se arrugaran.
Sin embargo, cuando fue a sacar los calcetines, su mano chocó con algo duro en el fondo del cajón. Pero ¿qué…?
Se colocó de manera que Matías no pudiera ver lo que estaba haciendo y sacó el misterioso objeto del cajón.
Era un calcetín, pero dentro había un estuche de terciopelo, la típica cajita de un anillo.
Se le encogió el estómago, aunque no estaba segura de que fuese por la emoción.
«Ha planeado proponerme matrimonio. Durante el viaje a España. Delante de toda su familia y de sus amigos…».
Sin embargo, ella ya sabía que no podía ir. La fusión en la que estaba trabajando era una locura, y todavía no había encontrado el momento adecuado para darle la noticia a Matías.
Además, no estaba segura de querer casarse con él.
Matías y ella eran dos polos opuestos, algo que, a juzgar por las relaciones de sus amigos, normalmente no funcionaba.
Y su relación modelo, la de sus padres, se había cimentado en personalidades similares y ocupaciones compartidas.
Sus padres trabajaban los dos en el servicio postal y, por eso, entendían los altibajos de la vida cotidiana del otro.
Todas las mañanas iban juntos al trabajo en coche.
Su madre trabajaba en la oficina de correos y su padre era repartidor, por lo que se veían durante el día cada vez que él pasaba en busca de un nuevo lote de paquetes y cartas.
Al final del día, se sentaban el uno al lado del otro en el sofá, disfrutando de sus respectivos baños de pies y viendo la tele, y se compadecían entre murmullos cada vez que aparecía un repartidor perseguido por algún perro.
Ambos murieron en un accidente de tráfico justo después de que Claire se graduara en la universidad, pero seguía pensando en ellos todos los días.
Los echaba de menos. Esperaba que se hubieran sentido orgullosos de la vida que se había forjado.
¿Qué habrían pensado de su relación con Matías?
La cajita de terciopelo le parecía cada vez más pesada en la mano.
Una parte de ella no quería mirar, porque eso la haría más real.
Sin embargo, su parte de abogada, a la que le gustaban los hechos claros, quería abrir la cajita para asegurarse de que no se lo estaba inventando.
Porque a lo mejor no era un anillo de compromiso.
A lo mejor eran unos pendientes para más adelante, para Navidad por ejemplo, aunque solo estuvieran en julio.
«Si vas a hacerlo, es mejor que te des prisa», se dijo. Matías podía acercarse en cualquier momento.
Se mordió el labio inferior y abrió la cajita de terciopelo.
En el interior relucía un pequeño sol: un anillo con un diamante redondo, rodeado de delicados topacios que refulgían como llamas. Porque, por supuesto, Matías no se conformaría con otra cosa que regalarle el sol.
Era demasiado.
Volvió a meter la cajita en el calcetín y la guardó en el fondo del cajón donde la había encontrado.
¿Cómo podía sorprenderla Matías con algo así?
¿No sabía que necesitaba tener la vida planificada?
Y, en los tiempos que corrían, ¿quién seguía sorprendiendo a la gente con anillos de compromiso?
Todas sus amigas abogadas habían hablado con sus parejas del tema del matrimonio antes de que se plantearan siquiera la pregunta e, incluso entonces, era una conclusión inevitable, porque habían comprado juntos los anillos y se habían asegurado de que las tallas fueran las correctas.
Además, Matías debería saber que a la larga lo suyo no funcionaría.
La proposición de matrimonio era demasiado precipitada, demasiado apresurada.
Si esperaba un año más, acabaría dándose cuenta de que ella era demasiado sosa para él.
Siempre llevaba blusas blancas y pantalones de pinzas, mientras que él era un torbellino de colores con una imaginación desbordante.
Durante los últimos once meses, había intentado disfrutar de todos los momentos con él porque, en el fondo, sabía que no durarían.
¿Cómo iba a aceptar una proposición de matrimonio a sabiendas de que solo sería un lastre para él durante el resto de su vida?
Todavía aturdida, se volvió hacia la maleta de Matías, que no contenía ni calcetines ni calzoncillos.
Solo se había alejado unos minutos, pero él se las había arreglado para cubrir su cama con unos cuantos cables enredados, varios papeles aparentemente aleatorios, su pasaporte, chicles y artículos de aseo.
Así era Matías. Si había algún espacio disponible, su entusiasmo se extendía al instante y cubría todas las superficies.
Claire le echó un vistazo a la estantería que Matías tenía al lado de la cama.
A diferencia de las que ella tenía en su casa, llenas de libros ordenados por género, la de Matías mostraba sus diversas aficiones: un ukelele y las partituras correspondientes; una caja llena de bloques de madera y cuchillos para tallar; un tablero de ajedrez; una baraja de cartas para practicar trucos de magia; un cuaderno de dibujo y un juego de lápices de carboncillo.
Por no hablar de las cartas semanales de su abuela de noventa y dos años, enviadas durante los últimos once meses.
Los montones de sobres con su preciosa letra se habían volcado y habían derribado a las demás como una cascada de fichas de dominó.
—No tardo nada y luego vamos a tu casa para que puedas hacer el equipaje —le dijo, sonriendo, mientras levantaba la mirada de su maleta.
Se le encogió el corazón. Estaba emocionadísimo con un viaje al que ella pensaba decirle que no podía ir.
Y, a esas alturas, no acompañarlo a España le parecía todavía peor.
Antes, solo se trataba de trabajo. Pero descubrir la cajita del anillo había hecho que ese viaje dejara de ser unas simples vacaciones para convertirse en un acontecimiento importante en sus vidas, así que el hecho de que lo cancelara podría suponer el final de su relación.
Sin embargo, no quería cortar con él.
Los últimos once meses habían sido los más emocionantes de su vida.
Era como un palo bien clavado en el barro hasta que apareció Matías y la liberó.
Seguía practicando sus rutinas y horarios; pero cuando había un hueco oportuno en su agenda, él lo aprovechaba y la llevaba a un pícnic improvisado en Central Park o a una cata de vinos en una bodega pop-up .
Las noches que ella trabajaba hasta tarde, él se pasaba a veces por el bufete cuando ya estaba lista para irse a casa y, en vez de usar el coche que le pagaba la empresa, caminaban juntos por Midtown.
Si las calles estaban vacías, Matías bailaba con ella y la hacía dar vueltas sin motivo alguno.
Y el sexo… ¡Por Dios, el sexo! No era como el que practicaban los abogados y los contables estrictos.
En la cama, Matías era como su arte: le prestaba una atención exagerada a cada centímetro de su cuerpo y se movía con una confianza elegante y segura.
A veces, hacían el amor con languidez por las mañanas, todavía aturdidos por el sueño, mientras se espabilaban.
En otras ocasiones, tenían que hacer una pausa en medio de la cena y hacerlo en la cocina, abrumados por los intensos y sensuales sabores de la comida que él había preparado e incapaces de mantener las manos y las bocas alejadas el uno del otro un segundo más.
Quería a Matías y todavía no estaba preparada para dejarlo marchar. Lo que necesitaba era ralentizar las cosas, ganar tiempo para pensar. Pero tenía que decirle que no podía ir a España.
—Matías…
Sin embargo, al pronunciar su nombre, él sonrió.
Aunque se sentía cohibida al intentar hablar bien el español, también quería respetar sus raíces, por lo que siempre le salía una mezcla porque, al principio, pronunciaba las palabras con acento español y, al final, le salía el acento estadounidense.
Matías había decidido que eso le encantaba.
Se ablandó al recordar lo mucho que él la adoraba, con sus defectos y todo.
—Sé lo que estás pensando —dijo ella, con una sonrisa renuente en los labios. Levantó una almohada y se la tiró.
Matías se rio.
—Di « guacamole» para mí. Con acento español.