Un año atrás en España Claire #3
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Claire #3

Por desgracia, la multitud de admiradores no tardó en dar de nuevo con Matías. Un grupo de señoras de la alta sociedad se abalanzó sobre él y se lo llevó antes de que Claire pudiera siquiera darle las gracias por compartir su obra.

Y se quedó allí sola, con su arte, preguntándose si alguien como ella podría inspirar alguna vez una pasión similar en una persona tan intensa y original como Matías.

Sin embargo, acabó riéndose de sí misma después de unos segundos. Había tenido su breve interludio con lo extraordinario y había llegado la hora de volver a la normalidad.

Él la llamó a su oficina al día siguiente a las nueve de la mañana.

—Hola, Claire. Soy Matías. Le he pedido tu número a Yolanda. Espero que no te importe. Me gustaría invitarte a cenar.

Claire se quedó mirando su teléfono durante un momento. ¿De verdad la estaba invitando a salir?

Su voz sonó chillona cuando respondió:

—Mmm… Quedar para cenar me parece bien. ¿Qué fecha tienes en mente?

—Esta noche si estás libre.

« ¿¡Esta noche!?», pensó. Los abogados nunca estaban libres con tan poca antelación. Normalmente, tenía la agenda completa con un mes de antelación.

—Por desgracia, estoy ocupada toda la semana —contestó.

—¡Ah, vale! Lo entiendo. Si no te interesa, siento haberte molestado…

—¡No, espera! ¡Que sí lo estoy! Interesada, quiero decir. Pero tengo que trabajar hasta tarde.

Matías soltó una risilla.

—De acuerdo. Bueno, ¿y si es una cena tardía esta noche? Tienes que comer, ¿no?

—Sí —contestó—. Pero, la verdad, no sé hasta qué hora estaré trabajando.

Tengo una llamada a las siete que durará por lo menos dos horas, y luego tendré que hacer seguimiento de un tema.

Es posible que esté aquí hasta las once más o menos.

Había pensado comprarme una ensalada en la cafetería antes de que cierren y comérmela en mi mesa después de la llamada.

Matías chasqueó la lengua… ¡en señal de desaprobación!

—Claire, esa no es forma de vivir. En España, las comidas son algo más que alimentarse.

Sin embargo, entiendo que estás ocupada, así que voy a proponerte algo: yo te llevo la comida a la oficina después de tu llamada.

Si haces un descanso de media hora, te demostraré que la cena puede ser eficiente y placentera.

Su forma de decir «placentera» le provocó un cálido estremecimiento en las entrañas.

El bufete Windsor la segunda, una sala de recepción tan elegante como un hotel Four Seasons; la tercera, el centro de copiado y el gimnasio; y la cuarta, la cafetería gratuita para los empleados.

En las plantas quinta, sexta y séptima se encontraban las salas de conferencias con paredes de cristal, y el resto estaba destinado a los despachos.

Todos los abogados de Windsor & Black LLP tenían su propio despacho con una gruesa puerta de roble.

Las secretarias y los asistentes jurídicos tenían sus mesas justo delante de los despachos de sus respectivos abogados, organizados en módulos.

Matías llegó justo después de las nueve, y Claire lo acompañó arriba.

Las plantas, normalmente bulliciosas, estaban vacías a esa hora, salvo por unos cuantos abogados que seguían en sus despachos, con las puertas cerradas para evitar distracciones y poder terminar el trabajo y, con suerte, llegar a casa antes de medianoche.

Ella misma tenía la mesa tan cubierta de carpetas y de pilas de documentos que no había espacio para comer, así que lo llevó a la biblioteca jurídica.

Era un espacio precioso, con techos altos y columnas de mármol, que por desgracia ya nadie utilizaba porque todas las investigaciones se hacían de forma digital.

Cuando ella empezó a trabajar en Windsor & Black, se prometió a sí misma que iría a la biblioteca todos los días para recordar que el derecho y la justicia eran conceptos nobles y venerados, y no solo una pantalla de ordenador reluciente y un sinfín de llamadas telefónicas.

Pero esa promesa había quedado en el olvido, consumida hacía tiempo por las exigencias de sus superiores y de sus clientes.

Sin embargo, soltó un suspiro de satisfacción al entrar en la biblioteca.

—Intimidante —dijo Matías mientras recorría con la mirada las imponentes estanterías, llenas de tomos encuadernados en cuero.

Claire sonrió.

—No. Todo es una fachada. Los abogados solo son unos estudiosos a los que les gustan las palabras rimbombantes, y soltarlas todas juntas.

—Te subestimas —replicó Matías—. Pero hay una cosa que tengo en común con los abogados: ambos trabajamos hasta tarde. —Levantó la nevera portátil y la bolsa de lona que llevaba—. Los españoles también cenamos a las nueve o las diez de la noche.

Claire se rio y lo llevó al fondo de la biblioteca, a una mesa en el rincón más alejado.

Matías sacó un mantel. Era de colores alegres, como azulejos de cerámica azules y amarillos, y lo levantó en el aire como el juego del paracaídas que hacen los niños, manteniéndolo suspendido durante un momento antes de dejarlo caer con suavidad sobre la mesa, por lo demás corriente.

Luego sacó platos de verdad, no de papel, cubiertos pesados y servilletas de tela.

—Tres platos en media hora —dijo, y Claire se rio.

—¿Dónde has pedido?

Él frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—¿La comida? ¿Dónde la has comprado?

—¡Ah! Bueno, vamos a ver. El queso manchego lo he comprado en Murray’s Cheese.

Las aceitunas y las almendras las he comprado en Despaña, en el SoHo.

La fruta y la verdura son del mercadillo de productos ecológicos que montan cerca de donde vivo, y el vinagre y el aceite de oliva los compré el primer día que llegué a Nueva York, en el Mercado Little Spain.

Claire lo miró boquiabierta.

—Espera. ¿Quieres decir que me has preparado la cena tú?

Matías puso una cara rara.

—Por supuesto. ¿Por qué no iba a hacerlo?

Claire no quería que se diera cuenta de que muchos neoyorquinos nunca cocinaban. Se limitaban a pedir comida a domicilio a través de aplicaciones, que les llevaban a la puerta de casa un poco pasada, pero todavía bastante caliente.

Para empezar, Matías había preparado una artística ensalada de manzana rallada con rúcula, queso manchego, almendras marcona y una ácida vinagreta de sidra.

Claire se quedó pasmada por el crujiente dulzor de la fruta, que contrastaba con el picante de la rúcula y la intensidad de los frutos secos y el queso.

—Es imposible comparar esta ensalada con la de la cafetería —afirmó.

—Eso espero.

Aunque no solo estaba mucho más rica que las ensaladas normales. Le gustaba porque la había preparado… ¡para ella!

A continuación, Matías le sirvió empanadillas de atún (unas empanadas pequeñas con forma de media luna, rellenas de atún y aceitunas verdes), acompañadas por una salsa de tomate, cebolla, ajo y pimiento, sofrita hasta dejarla bien caramelizada.

—¿Tengo que usar cuchillo y tenedor? —le preguntó Claire, que no quería cometer un error cultural en su primera cena.

—Si quieres, hazlo —respondió Matías—. O puedes usar los dedos así… —Y se llevó una empanadilla a la boca.

«¡Por Dios! —pensó Claire—. ¡Qué boca!».

Al morderla, la masa se desmoronó en una lluvia de deliciosas láminas, y ella sintió el impulso de arrastrarse por la mesa y lamer la mancha de sofrito que se le había quedado en las comisuras de los labios.

Pero se contuvo porque (a) era Claire Walker, que no hacía ese tipo de cosas, y (b) estaban en una biblioteca, ¡por el amor de Dios!

Aunque estuviera desierta después del fin de la jornada laboral.

Y luego Matías sacó un tarrito de cristal lleno de lo que parecía caramelo moteado.

—Esto es bienmesabe canario —anunció—. Un postre de almendras de las islas Canarias, de donde eran mis bisabuelos. Es una antigua receta familiar y mi preferida desde que era pequeño. —Metió una cuchara en el tarro y luego se inclinó hacia ella, ofreciéndosela—. Pruébalo.

Claire separó los labios.

La punta plateada de la cuchara le rozó la lengua. El dulzor le invadió las papilas gustativas y gimió.

Todas las mujeres tienen sus límites.

Apartó los restos de la cena, se subió a la mesa y lo besó, fundiendo sus bocas como si fueran azúcar.

Nunca se había acostado con nadie antes de la sexta cita, pero con Matías no se aplicaban las mismas reglas.

Él la tumbó sobre la lujosa moqueta y le desabrochó el traje, primorosamente planchado, botón a botón. Ella le quitó la camisa por la cabeza y le desabrochó la bragueta como pudo.

Pese al aire acondicionado de la sobria biblioteca, sus cuerpos se fundieron como el calor que hace brillar el aire en pleno verano.

Cuando llegó al clímax, Claire contuvo un grito, pero los libros temblaron en las estanterías a su alrededor.

Cuando le tocó a él, Matías susurró su nombre.

El silencio pleno y satisfactorio que siguió lo dijo todo.

Y así fue como Claire Walker se enamoró de Matías de León.