Claire #2
El siguiente cuadro también era realista a simple vista: un chef español trabajando delante de los fogones con una paellera enorme.
A su alrededor, el personal de la cocina se afanaba en sus labores, sudando la gota gorda.
Los intensos y vibrantes colores del cuadro le recordaron al arte clásico europeo.
Sin embargo, la exposición se llamaba «Delicia surrealista» y, al mirar más de cerca, se percató de que el salero que el chef tenía en la mano no esparcía sal, sino corazoncitos: confeti rojo que caía sobre el arroz con azafrán en una lluvia de amor culinario.
—Lo quiero —dijo en voz alta. No el cuadro en sí, aunque no le importaría tenerlo en su pared, sino esa sensación, ese destello de alegría. Le encantaría tenerlo en su mundo, por lo demás tan ordenado.
La puerta de la galería se abrió a su espalda.
—¡Claire! —exclamó Yolanda Davis, su mejor amiga, compañera de trabajo y esposa del propietario, cuando asomó la cabeza.
Como de costumbre, estaba impecable, con su piel oscura contrastando de forma maravillosa con una blusa de seda de color rosa claro y el pelo suelto—.
Me había parecido verte a través del cristal. ¡Entra! ¿Y dónde está tu acompañante?
—Glenn se ha ido a casa temprano.
—¿Tan mal ha ido la cita?
—No, en realidad no —respondió Claire—. Más bien… no ha sido suficiente.
Siguió a Yolanda al interior y suspiró agradecida cuando la frescura gélida del aire acondicionado le rozó la piel.
Bajo las altas vigas del techo flotaba una melodía compuesta por las notas de un saxofón y de una guitarra flamenca, mientras la elegante multitud de la Quinta Avenida se arremolinaba por la galería, bebiendo sangría y rebujitos , y mirando los cuadros de vez en cuando.
—¡Claire Walker, cuánto tiempo sin verte! —exclamó Jason, el marido de Yolanda, que se acercó para saludarla con un abrazo—. ¿Qué te parece la exposición?
—Solo he podido ver lo que había en el escaparate, pero… es extraordinaria.
—¿Te traigo algo para beber? —le preguntó Yolanda—. La sangría está buenísima, pero el camarero también está preparando tinto de verano , que es parecido a la sangría , pero con gas.
—Sí, por favor. Me vendría muy bien una copa.
Yolanda se alejó con paso rápido en dirección a la barra. Jason empezó a hablarle del cuadro más cercano, pero de repente guardó silencio y dijo mientras miraba hacia un punto situado detrás de Claire:
—¡Ah, ahí está el artista! ¿Quieres conocerlo?
Te lo presentaré. Es de Madrid, pero va a pasar un par de años aquí en Estados Unidos como profesor visitante en la Academia de Arte de Nueva York.
Pinta realismo clásico, con un toque imaginativo.
Tiene un talento y una pasión inmensos, algo muy refrescante en esta era de arte artificial y sin alma, ¿sabes?
—Levantó una mano para saludar a alguien.
Claire se dio media vuelta. Solo medía un metro y sesenta y dos centímetros, así que no podía ver por encima de las cabezas de las personas que tenía delante. Pero no importaba, porque la multitud se apartó y, de repente, allí estaba.
—Matías de León —dijo Jason—, me gustaría presentarte a una amiga, Claire Walker.
Era exactamente igual que sus cuadros, lleno de un realismo visceral e irradiaba calidez. Pelo negro ondulado. Piel morena. Hombros anchos y antebrazos musculosos, prueba de las horas que pasaba trabajando con las manos.
Sin embargo, tal como sugería el título de la exposición, había un delicioso destello surrealista en él: sus ojos eran como charcos de miel a la luz del sol matinal, intensos y dorados, y transmitían la promesa de una profundidad insondable.
— Un placer —dijo Matías en español, y luego lo tradujo para que lo entendiera, usando un inglés con un suave acento.
Claire abrió la boca, pero no le salieron las palabras.
Yolanda reapareció con las bebidas, pero al verla así y sabiendo que, como abogada, Claire nunca se quedaba sin nada que decir, le guiñó un ojo a Jason y dijo:
—¿Y si Matías acompaña a Claire por la exposición y le hace un recorrido personal por algunas de sus pinturas en la parte posterior? En fin, por eso de que ha llegado tarde y se ha perdido el discurso de inauguración.
—¡Qué buena idea! —exclamó Jason al instante y les dio un suave empujón a Claire y Matías para alejarlos de la música, de la barra y de la mayoría de los invitados. Acto seguido, Yolanda y él se fundieron con los asistentes sin mirar atrás.
Claire soltó una risa nerviosa. Yolanda no era precisamente sutil, pero ¿se podía saber en qué estaba pensando? Era imposible que un pintor español tan guapo se interesara por ella, que salía con dentistas calvos y, de vez en cuando, con algún contable.
—Me alegro mucho de que hayas podido venir esta noche —le dijo Matías mientras se adentraban en la Galería Rose. Las cabezas se giraban allá por donde pasaba.
—¿De verdad? ¿Por qué? —No había pretendido añadir la segunda pregunta, pero era pasto de los nervios.
—Me preocupaba que no asistiera nadie a la inauguración de mi exposición —confesó él—. Pero Jason ha hecho un trabajo maravilloso. ¿Te lo estás pasando bien?
—Hasta llegar aquí, no. —Claire sintió de inmediato que se ponía tan colorada como la bebida que tenía en la mano.
Matías sonrió, y ella descubrió que era una sonrisa torcida, lo que aumentaba su encanto. Nada que ver con la sonrisa simétrica y perfecta de Glenn.
«¿Qué está pasando aquí?», pensó. Ella nunca hablaba sin pensar. Era algo que se aprendía durante el primer año en la Facultad de Derecho.
Llegaron al fondo de la galería, donde solo había un par de invitados, de manera que tenían esa zona prácticamente para ellos solos. Matías estaba tan cerca que podía oler la nota a pino y especias de su colonia, y el corazón empezó a latirle un poco más rápido.
—Mmm… Jason me pidió que preparara un discurso para esta noche —dijo Matías—, aunque no me gusta mucho hablar de mi trabajo. Todo lo que tengo que decir lo vuelco en mi arte, ¿sabes? Así que, por favor. —Señaló con la mano las pinturas que colgaban a su alrededor.
A Claire se le aceleró el pulso todavía más, pero por una razón diferente.
En público, fingía que le gustaban las pinturas, las esculturas y demás porque era el tipo de cosas sofisticadas que parecían gustarles a todos los socios de su bufete.
Ser amiga de Yolanda también significaba que sabía bastante sobre el mundo del arte.
Sin embargo, ella no era de las personas que se emocionaban especialmente con el arte, no como la gente que tenía pases anuales para el MoMA y que podía pasarse horas delante de un lienzo hablando de su complejidad.
Para ella, los cuadros solo eran imágenes.
Así que empezó a prepararse mentalmente para inventarse alguna mentira elocuente que contarle a Matías.
No obstante, de repente, volvió a encontrarse cara a cara con su obra, y fue como intentar caminar durante un terremoto mientras el suelo seguía temblando. Soltar un comentario insustancial ya no era tan sencillo.
Cada una de sus obras estaba pintada en un estilo que recordaba a los maestros clásicos europeos, realizada sobre tablas de madera en vez de lienzo, lo que parecía otorgarles a los colores una textura más intensa, casi brillante.
El estilo de Matías era muy realista, aunque en todos sus cuadros había un elemento incongruente e imaginativo.
En uno de ellos había un hombre y una mujer en casa.
Él, encorvado y con cara de aburrimiento en el sofá, viendo la tele sin pensar en nada, ajeno por completo a la mujer sentada a su lado, leyendo encantada un libro del que ha surgido un simpático extraterrestre rojo del tamaño de un dedal y que la está saludando desde las páginas.
Claire soltó una carcajada y recordó su propio asombro cuando, después de mudarse a Nueva York y verse obligada a hacer algo durante el tiempo que pasaba en el metro, redescubrió el placer de la lectura.
A continuación, se quedó mucho tiempo delante del cuadro de un niño pequeño que estaba en el campo, soplando un diente de león, pero en vez de semillas, de la planta salían pequeños drones que se alzaban obedientes hacia el cielo azul, portando sus deseos.
Una oleada de felicidad recorrió a Claire.
Era una visión contraria a todos los titulares alarmistas que afirmaban que los ordenadores y los robots serían el fin de la h umanidad.
Matías, en cambio, había encontrado una forma de mostrar un camino en el que la tecnología se mezclaba con la esperanza.
Sin embargo, fue un cuadro en un rincón tranquilo de la galería el que la dejó sin aliento.
En él, un monje sonriente de dientes separados le ofrecía una naranja a medio pelar a la persona que contemplaba la pintura.
Pero lo que asomaba por debajo de la cáscara que quedaba no era una naranja, sino el planeta Tierra.
La paz, recogida en sus manos y ofrecida a cada persona que se detenía a mirar.
—¡Dios mío, Matías! —susurró.
Él se había mantenido en silencio a su lado mientras ella recorría la exposición, consciente de que, a veces, la mejor visita guiada es la que el visitante realiza por sí mismo. En ese momento sonreía, y sus ojos dorados brillaban bajo los focos de la galería.
Si era posible conocer el alma de alguien sin conocer a la persona en absoluto, sería así.
El arte de Matías era su pureza, su exuberancia optimista, su creencia en la promesa del mundo.
Y, tal como le pasó cuando vio su pintura del horizonte de Manhattan reflejado en un charco como un bosque de girasoles, en ese momento pensó:
« Lo quiero».
«¡Lo quiero a él!».
Sin embargo, la gente corriente solo puede mezclarse con lo extraordinario durante breves interludios antes de verse obligada a regresar al mundo normal. Claire sabía que debía saborear esos momentos porque no volvería a tenerlos una vez que saliera por la puerta de la Galería Rose.