Un año atrás en España Claire
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Un año atrás en España

Un año atrás en España

Por Evelyn Skye

© inepub.com

Claire

Se besaron como si estuvieran hablando del tiempo. Pero no de los tornados del Medio Oeste ni de los incendios forestales de California. Fue un beso tibio en los labios, tan emocionante como una tarde un poco nublada.

A su alrededor, Manhattan se agitaba como un dragón impaciente, con las aceras brillando como escamas, sudorosas por la humedad. Las farolas resplandecían y los taxis tocaban las bocinas. La ciudad al completo vibraba; febril, incontenible.

Era la tercera vez que quedaba con él y, en ese momento, se encontraban delante del restaurante perfectamente aceptable donde habían comido un plato de pollo perfectamente aceptable con una guarnición de verduras salteadas.

La conversación también había sido perfectamente aceptable; no mala, pero tampoco genial. Simplemente… buena.

Glenn le sonrió. Era tan alto que no podía verle la calva de la coronilla, pero sabía que estaba ahí. Tenía unos dientes bonitos (era dentista, así que más le valía) y parecía llevar siempre uniforme, compuesto por polos en tonos azules apagados, combinados con pantalones chinos de color beis.

Se suponía que iban a ir a la inauguración de la exposición de un pintor español. La mejor amiga de Claire, una de las abogadas con las que trabajaba, estaba casada con el dueño de la galería, que había organizado una fiesta elegante con cócteles y un grupo de música que tocaría en directo.

—¿Pido un taxi? —preguntó Claire, y Glenn siguió sonriendo con la amabilidad que lo caracterizaba—. Mmm… —murmuró mientras miraba a su alrededor para ver si se le había escapado algo que le indicara lo que estaba pasando, pero no vio nada.

Glenn le tomó una mano.

—Me estaba preguntando si te gustaría que nuestra relación fuera exclusiva —dijo él, que alzó un poco la voz para hacerse oír por encima del ruido de la calle.

Claire lo miró parpadeando.

—¿Exclusiva?

—Sí, ya sabes, que no salgamos con otras personas.

Frunció el ceño, pero solo un poco, de manera que solo ella era consciente de que lo estaba haciendo, aunque el resto del mundo ni se enteraba.

—¡Ah! Sé lo que significa tener una relación exclusiva, pero… ¿por qué?

Glenn soltó una breve carcajada.

—Porque se me ha ocurrido que estaría bien que no besáramos a nadie más.

Claire no creía que él estuviera besando a nadie más.

Ella no estaba saliendo con otros, desde luego.

Trabajaba como abogada en uno de los principales bufetes internacionales de Manhattan y estaba a punto de convertirse en socia, lo que significaba que se pasaba casi todo el tiempo en la oficina.

Glenn y ella habían tardado semanas en encontrar una noche compatible en sus agendas para quedar por tercera vez.

—Además —siguió Glenn—, porque estaríamos bien juntos. Somos inteligentes y tenemos nuestras vidas resueltas, algo que, para ser sinceros, ya no es habitual en nuestra generación, aunque tengamos treinta y un años. Somos prácticos y sensatos. Esos son los cimientos para un éxito duradero.

Claire suspiró. Había crecido con historias y películas de amor épicas, como los libros de Forastera y Titanic.

Quería fuego y pasión, un hombre que se quedara con ella no porque fuera sensata, sino porque no podía imaginarse la vida sin ella.

Y el argumento de Glenn no se parecía en nada a la declaración de amor con la que alguna vez había soñado.

Claro que los años iban pasando y él era el tipo de hombre al que nadie se avergonzaría de presentar a la familia, aunque en su caso, ni sus padres estaban vivos ni tenía hermanos.

Sin embargo, si Glenn y ella eran tan insulsos al principio, ¿qué futuro le esperaba a esa relación, además de unas altas expectativas de predecible estabilidad?

Un taxi se detuvo cerca de ellos, vomitando pasajeros a la acera. De inmediato, dos parejas distintas con las caras sonrojadas por el calor y la humedad se abalanzaron hacia la puerta abierta, luchando por subirse al taxi. Conseguir uno un sábado por la noche en Manhattan no era tarea fácil.

Glenn se apartó, pero no hizo nada para protegerla de la refriega. Tampoco necesitaba que un hombre la salvara, pero no le habría importado un poco de caballerosidad.

—¿Qué me dices? —preguntó Glenn después de que una de las parejas se metiera victoriosa en el taxi y dejara a la otra refunfuñando en la acera, tecleando en sus teléfonos en un intento por encontrar otro taxi disponible.

—¿Sobre qué? —replicó Claire, con la mente todavía en el minidrama del taxi.

—Sobre lo de ser exclusivos. Tú y yo. Los dos.

—Creo que… A ver, Glenn, me gustas.

Él le sonrió, dejando a la vista esos dientes tan rectos.

—Pero la cuestión es… —Claire respiró hondo—, ¿no crees que nos merecemos más?

Y lo digo en el mejor sentido posible. Quizá tengas razón y formemos un buen equipo, pero ¿no crees que te mereces algo más que una compañera de equipo que funciona bien a tu lado?

¿No crees que te mereces a una mujer en la que sigas pensando cuando no la tienes junto a ti?

¿A una mujer a la que quieras enviar un mensaje cada vez que tengas un descanso en la agenda del trabajo?

¿Y con la que después de un largo día solo quieras acurrucarte a su lado y escuchar todo lo que le ha pasado?

Porque, siendo sincera, dudo de que sientas eso por mí, ¿verdad?

Y yo… Yo te respeto, Glenn, pero tampoco siento esa chispa contigo.

Glenn cruzó los brazos por delante del pecho del polo, cuyas axilas estaban empapadas de sudor a esas alturas, y cerró los ojos un instante.

Claire se preguntó si se habría pasado de la raya.

Sin embargo, él había dicho que apreciaba su lucidez, ¿no?

Como la abogada que era, había expuesto un argumento bien pensado para lograr la felicidad. Solo que no implicaba estar juntos.

Glenn abrió los ojos y asintió despacio con la cabeza, como si acabara de considerar la descripción de un paciente sobre un dolor de muelas.

—Lo que has descrito es, efectivamente, la fantasía.

Pero solo es eso, una fantasía. Y, Claire, ¡venga ya!

, a ti te importa más la practicidad que la pasión.

Mira tu vida. Eres abogada. Y decidiste salir conmigo , un dentista.

Somos personas responsables. Un poco aburridas, poco interesantes, quizá, pero estables.

Las fantasías son para gente soñadora, no para dentistas y abogados como nosotros.

Por segunda vez en pocos minutos, Claire se encontró mirándolo fijamente en silencio.

Si Glenn se hubiera enfadado o se hubiera marchado ofendido o hubiera hecho algo dramático, lo habría aceptado.

En cambio, había respondido a su cuidadoso razonamiento con un argumento lógico propio, que acababa de darle un puñetazo en el estómago mucho más fuerte que si la hubiera mandado a la mierda.

—¿Claire?

Meneó la cabeza para salir de sus pensamientos.

—No —dijo.

—Lo siento. ¿Qué?

—No —repitió, mirándolo a los ojos—. Eres muy amable, Glenn. Y quizá tengas razón, pero todavía no estoy lista para rendirme. Todavía quiero…

—¿Lo imposible?

Se mordió el labio y asintió con la cabeza mientras decía:

—Sí.

Glenn soltó una carcajada carente de humor, pero era un hombre demasiado sosegado como para enfadarse.

—Pues muy bien. Mucha suerte, Claire. Espero que encuentres el amor de tu vida.

—Lo mismo digo, Glenn.

Él asintió una vez con la cabeza y se alejó en dirección a la boca del metro.

Claire se permitió soltar otro hondo suspiro, tras lo cual dio media vuelta y puso rumbo hacia la galería donde la esperaba su amiga Yolanda.

Claire caminó despacio por Greenwich Village, casi ajena a la gente y los escaparates, mientras las palabras con las que Glenn la había descrito resonaban en su cabeza.

« Aburrida».

«Poco interesante».

« Te importa más la practicidad que la pasión » .

¿Era cierto?

Su vida era muy predecible. Se levantaba todas las mañanas a las 5:30; salía a correr por Central Park; volvía a casa, se duchaba y se preparaba el mismo desayuno: avena con pasas, nueces y canela.

Salía de su apartamento a las 7:25 para subir al tren, que la dejaba delante de la puerta del bufete de abogados a las 7:47, tiempo suficiente para tomarse un café en la sala de descanso y leer los mensajes de correo electrónico que habían llegado durante la noche antes de empezar con las llamadas a los clientes a las 8:30.

Lo único impredecible era el fin de la jornada laboral, porque a veces había llamadas con clientes de la Costa Oeste o incluso de Asia.

« Pero mis clientes me aprecian precisamente porque soy fiable», pensó Claire en un intento por tranquilizarse.

Y ser fiable no era incompatible con querer esperar hasta encontrar un amor más grande, ¿verdad?

Además, las historias de amor épicas con las que había crecido siempre implicaban grandes dosis de espontaneidad y sobresaltos: viajes en el tiempo, naufragios y renunciar a todo lo conocido.

Era mucho pedir.

¡Ay, por Dios! ¿ Y si Glenn tenía razón sobre ella?

Esquivó algunas de las apestosas bolsas de basura que habían dejado pudrirse en las aceras. Absorta en sus pensamientos, estuvo a punto de pasar sin darse cuenta por delante de la Galería Rose y su exposición «Delicia surrealista » .

Sin embargo, justo pasó por debajo de una farola apagada que se encendió de repente e iluminó el escaparate, momento en el que contuvo el aliento, sorprendida, al ver el gran cuadro pintado al óleo del horizonte de Manhattan en un día lluvioso.

De entrada, solo era una imagen realista más de la ciudad, resaltando el acero y el gris.

Hasta que sus ojos se desplazaron a la mitad inferior, donde había una niña pequeña con un impermeable amarillo, agachada junto a un charco enorme que se extendía a lo largo de Manhattan.

En el reflejo invertido del agua, había un mundo muy diferente; un mundo en el que los rascacielos eran girasoles gigantescos y la niña, un abejorro eufórico.