Un amor secreto (Las Hermanas del Conde 2) Capítulo veintitrés #2
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Capítulo veintitrés #2

Al día siguiente, Marie acudió, como había prometido, e informó a Sophia de que su padre y el señor Edwards creían que los murmuradores andaban sembrando malicia y que no había fundamento alguno para sus acusaciones.

O bien estaban leyendo a propósito de manera torcida la cuestión -o bien confundiendo involuntariamente- el fondo de suscripción vinculado a las peticiones de las viudas, convirtiéndolo en uno del que el señor Harwood desviaba dinero a sus propios bolsillos.

Pero una falta así no se cometía con facilidad, no sin arriesgarse a quedar expuesto y desterrado de la buena sociedad, además de que ninguno de los dos creía al señor Harwood capaz de semejante cosa.

En cuanto a la casa que había comprado en Russell Square, su padre nada sabía del asunto, aunque juraba no haber dado al señor Harwood ni un penique más de lo necesario para el escaño.

—Desde luego que no lo hizo —dijo Sophia—. Aunque no conozca al señor Harwood tan bien como conozco a tu padre, no puedo persuadirme de que ninguno de los dos sea capaz de algo tan egoísta.

—Y Bartholomew… —Marie adoptó un aire cohibido—, quiero decir, el señor Edwards, ha prometido reunir toda la documentación necesaria para exonerar al señor Harwood, de modo que pueda presentarla en la Cámara de los Comunes.

—Es muy generoso por su parte. Me alegra mucho oírlo —Sophia empezaba a sentirse esperanzada otra vez—. Gracias, Marie.

Su amiga la abrazó y no permaneció mucho más tiempo. Tenía una cita con la señorita Edwards para ponerla al corriente de las novedades.

Cuando quedó sola, Sophia intentó aquietar la mente, pero el silencio no le sentaba bien.

Quería hacer algo para ayudar. El recuerdo de que Felix le había hablado de lady Henry volvió a su memoria; aquel pequeño dato había quedado olvidado entre todo lo demás que había sucedido el día anterior.

Aunque no tenía una idea precisa de cómo lady Henry podría ayudar en favor del señor Harwood, al menos estaría haciendo algo bueno por el asilo.

Y necesitaba hacer algo, cualquier cosa que estuviera en su mano.

Le resultaba intolerable quedarse sentada sin hacer nada.

Fue en busca de Turton.

—Has que uno de los lacayos averigüe dónde vive lord Henry Ashford, y luego que preparen el carruaje. Debo hacer una visita a su esposa, lady Henry.

—Muy bien, lady Sophia.

El mayordomo fue a cumplir la orden, mientras ella subía a llamar a Margery para que fuera a ayudarla a cambiarse y ponerse su mejor vestido de mañana.

El cochero estuvo listo para partir antes de una hora, y Sophia subió al carruaje con su doncella.

Lo que antes le había parecido imposible -la idea de visitar a una mujer con la que no estaba relacionada para pedirle una suscripción anual con fines benéficos- ahora le parecía insignificante comparado con lo que estaba atravesando el señor Harwood.

Apenas habló durante el trayecto y, cuando llegaron a Cavendish Square, George One la ayudó a bajar.

Se quedó mirando la puerta principal, notando de pronto la garganta seca.

No había más remedio que cumplir su cometido.

Seguida por su doncella, Sophia avanzó con determinación y entregó su tarjeta al lacayo de la puerta, que regresó con la grata noticia de que lady Henry la recibiría.

El lacayo hizo una seña a Margery para que siguiera a una de las doncellas de la casa a las dependencias de servicio, y luego se volvió hacia Sophia.

—Si gusta seguirme, milady…

Con el corazón latiéndole de manera irregular en el pecho, Sophia lo siguió escaleras arriba y, cuando fue conducida al salón de lady Henry, descubrió que había otras visitas.

Al ver a dos mujeres mayores, desconocidas y de posición, le falló el valor.

No había imaginado que pudiera tener que hacer su petición ante más audiencia.

—Lady Sophia, por favor, entre —lady Henry avanzó para recibirla, sonriendo con cordialidad mientras la invitaba a tomar asiento—.

Su llegada no ha podido ser más oportuna, pues acaban de servir el té y mi cocinera es una experta haciendo scones.

Permítame presentarle a la señora Wright y a lady Lockwood.

—Es un placer —murmuró Sophia, haciendo una reverencia.

—Y ella —prosiguió lady Henry, dirigiéndose a sus otras visitas— es lady Sophia Rowlandson, hermana del quinto conde de Poole. Estaba esperando su visita a propósito del Asilo Naval Real.

Sophia cobró ánimo al oír estas palabras y se sintió aún más aliviada cuando la señora Wright dijo:

—Conozco a lady Dorothea. Como sin duda sabrá, es amiga íntima de Anne Kensington, que recientemente se ha comprometido con mi hermano menor.

—No lo sabía, pero me alegro muchísimo por ella —consiguió decir Sophia.

—Oh, es muy reciente. Creo que solo se anunció en el periódico de esta mañana —la señora Wright aceptó una taza de té de manos de un criado.

—¿Cómo toma el té, lady Sophia?

—Con leche y azúcar, si es tan amable.

Lady Henry levantó un dedo y ordenó a la doncella que preparara el té, aguardando hasta que todas hubieron recibido su taza y los célebres scones de su cocinera.

Después de una pausa apropiada para que todas disfrutaran del refrigerio, la dueña de la casa se volvió hacia Sophia.

—Aunque creo conocer el motivo de su visita, quizá querrá ilustrar a las demás damas.

Las manos de Sophia empezaron a temblar y dejó la taza antes de derramar el té.

—He venido a pedir apoyo para el Asilo Naval Real. Soy amiga de la señorita Mowbray, cuyo padre es el almirante Mowbray, y él siente un vivo interés por las viudas y los hijos de los marineros que han perecido en cumplimiento del deber.

El corazón le golpeaba con fuerza en el pecho.

—Me preguntaba… quiero decir, esperaba que pudiera sentirse inclinada a hacer una donación a esta causa.

Puede ser una suma única, o quizá una suscripción anual para sufragar las necesidades de uno de los huérfanos que se forman en el asilo.

En ese caso, su cama sería conocida como “la cama de lady Henry”, en agradecimiento por su generosidad.

—¿Usted misma ha aceptado una suscripción anual? —preguntó lady Lockwood con curiosidad.

Sophia ni siquiera había pensado en ofrecer una suscripción de su propio bolsillo. Apenas consideraba su dinero como algo suyo y nunca lo pedía, pues tenía pocas necesidades. Pero, naturalmente, debía hacerlo y lo haría, así que respondió con sinceridad.

—No se me había ocurrido, pero me gustaría hacerlo. Debo hablar con mi tío, que es nuestro tutor, pues no se me ocurre causa más digna.

Lady Henry dejó su taza de té y entrelazó las manos con resolución.

—Accederé a su petición y haré una suscripción anual —sus ojos centelleantes la hacían parecer más joven—. El señor Harwood hizo bien en dirigirse a mi esposo, porque me resulta difícil decir que no.

Sophia sonrió.

—Creo que el señor Harwood se dirigió a su esposo porque se le conoce por su benevolencia y bondad, no porque sea presa fácil.

—¡El señor Harwood! —lady Lockwood arqueó una ceja—.

He estado esta misma mañana en casa de la señora Simpkin, y, al parecer, su señor Harwood es culpable de embolsarse el dinero procedente de otras suscripciones destinadas al auxilio de viudas.

Como administra él mismo los fondos, no le resulta difícil meter la mano en la caja para su propio provecho.

No estoy segura de que su causa salga beneficiada al asociarse con semejante hombre.

—El señor Harwood ha sido acusado injustamente —dijo Sophia con seguridad, antes incluso de medir sus palabras. Sintió las miradas combinadas de las tres damas y el rubor de haber hablado con tanta vehemencia.

—¿Y cómo lo sabe? —preguntó lady Henry con dulzura.

—He tenido tiempo de llegar a conocerlo —respondió, deteniéndose en seco al darse cuenta de que incluso aquella confesión revelaba más de lo que desearía—.

El padre de mi amiga, el almirante Mowbray, ha ayudado al señor Harwood a obtener su asiento en la Cámara de los Comunes.

El almirante es un caballero honorable y no se dejaría corromper.

Lo mismo puede decirse del señor Harwood.

—Esos rumores rara vez se sostienen sobre una inocencia completa —insistió lady Lockwood, claramente poco convencida.

Sophia guardó silencio un instante, preguntándose si de verdad podría persuadir a aquellas mujeres de la inocencia de Felix. Aunque le costaba hablar de ello, había un argumento que bastaría para limpiarle el nombre.

—Es que… la persona que está propagando esos rumores no me es desconocida —dijo—. Creo que obra por celos.

—¿Celos de qué? —preguntó lady Lockwood, pero Sophia no respondió a eso.

—Solo sé que, en este caso, el nombre del señor Harwood ha sido arrastrado injustamente por el barro, y confío en que la verdad acabará saliendo a la luz.

Lady Henry asintió.

—Ya lo veremos.