Capítulo veintitrés
Margaret abrió la puerta al oír llamar a Felix, sonriendo ampliamente, y tiró de él del brazo para meterlo en la casa, sin parecer advertir que algo andaba mal.
—Hemos recibido tu nota y te esperábamos para cenar. Me alegra que hayas venido temprano, ¡porque debo decirte que me siento completamente abandonada! No creí que fueras tan importante como para descuidar a tu propia hermana mientras visita Londres, sin más conocidos ni manera de divertirse.
Lo condujo al salón y se volvió hacia él, pero su sonrisa se desvaneció al verle el rostro.
—¿Qué ocurre, Felix?
—¿Está aquí padre?
—Lo espero en cualquier momento.
El sonido de la llave en la cerradura dio a Felix la respuesta. El señor Harwood entró, con aspecto cansado, aunque sonrió al ver a su hijo.
—Has venido temprano. Margaret, ¿quieres ocuparte de que nos traigan té?
—Sí, padre —dijo ella, pero Felix la detuvo.
—No vayas aún por el té; tengo algo que deciros, y Megs, tú también debes oírlo.
Su padre se quedó inmóvil, observándolo, y luego señaló el sofá.
—Entonces, sentémonos.
Se sentaron frente a frente en los cómodos sillones del salón alquilado, y Felix apenas sabía por dónde empezar. Por lo general era de disposición alegre, y aquella desesperanza, aquella pesadumbre, le resultaba nueva.
—No he tenido ocasión de decíroslo… o, más bien, no me he atrevido a hacerlo. —sonrió débilmente—. Pero he empleado la mitad de mi herencia en comprar una casa en Russell Square.
Su padre asimiló aquello en silencio durante un largo momento antes de responder con cautela.
—Ha sido una decisión apresurada, hijo, pero el dinero era tuyo , y supongo que debes tener una casa propia. Yo había pensado que quizá en Sussex… —dejó la reflexión suspendida en el aire, pero lo hecho, hecho estaba.
Felix prosiguió, a merced de la sensación de estar ascendiendo una cuesta empinada, cada confesión más difícil que la anterior.
—Tenía esperanzas respecto a lady Sophia Rowlandson, hermana del conde de Poole y vecina de lord Chawleigh. No creo que me sea indiferente, y pensaba pedir su mano en matrimonio.
—Oh, Felix —dijo Margaret, con los ojos brillantes—. Ella me agrada mucho.
Su padre estudió el rostro de Felix y pareció leer en él lo que allí había.
—Temo que intentas decirnos que tus esfuerzos no han tenido éxito. No es el momento de recordarte la advertencia que te hice, así que no lo haré.
Aunque la expresión de su padre se había suavizado, Felix sintió igualmente el reproche en sus palabras… y también la injusticia de ellas.
—No me habría abstenido de hablarle de mis sentimientos por ningún respeto filial que le deba, padre.
Mis sentimientos no podían reprimirse, y yo estaba -estoy- seguro de que ella los corresponde.
Además, como propietario de una casa respetable, y teniendo tanto un sueldo anual como una posición honorable a mi nombre, no quise privarla ni privarme a mí mismo de una vida feliz simplemente por considerar una diferencia de rango.
—¿Pero ella dijo que no? —aventuró Meg en voz baja, mirándolo.
Felix suspiró.
—Creo que habría dicho que sí, pero nos interrumpieron.
Robert Cunningworth consiguió de algún modo dar conmigo y soltó toda clase de acusaciones falsas sobre mí delante de ella.
Me llamó hipócrita por predicar la reforma mientras vivía a expensas de dos patronos: lord Chawleigh en mis primeros años y, más recientemente, el almirante.
—No hay nada en eso que él no supiera ya —el señor Harwood frunció el ceño, deseoso sin duda de comprender qué pretendía Robert al hacer daño a Felix, sobre todo cuando lo había tratado como a un hijo mientras vivió con ellos.
—Sacó conclusiones a partir del conocimiento incompleto que tenía.
Acusó al almirante de haber comprado mi complacencia, diciendo que mis ideas sobre la reforma no eran mías.
El secretario del almirante ha estado reuniendo peticiones de viudas para que yo las presente en el Parlamento, y además se ha iniciado un fondo de suscripción para aliviar sus necesidades más urgentes.
Él ha confundido ambas cosas, afirmando que yo me quedo con el dinero a cambio de favores concedidos.
La amargura se alzó en Felix al pensarlo.
—Y me ha acusado de haber empleado ese dinero para comprar la casa de Bloomsbury.
Salvo una mención directa de Russell Square, todo está ya en las hojas de chismes más recientes.
Además… —Felix metió la mano en el bolsillo del chaleco y sacó la carta del barón—.
Padre, perdóneme, pero esto ha llegado hoy de lord Chawleigh.
Parece que las acusaciones falsas van a extenderse también a usted.
Le entregó la carta y aguardó mientras su padre recorría con la vista su breve contenido.
Margaret observaba a su padre, pálida. Felix lamentaba implicarla también a ella, pero ya era lo bastante mayor para no ser resguardada de lo que iba a convertirse en una prueba para toda la familia. Tendrían que afrontarlo juntos.
Su padre dobló la carta y se recostó en la silla. Juntó las yemas de los dedos y alzó la vista al techo, como solía hacer cuando pensaba.
—Parece que pretende someterme retirándome su favor.
—Robert mencionó algo de eso también cuando se enfrentó conmigo. Pero no veo qué podría hacer el barón.
El señor Harwood llevó la mirada hacia Felix y luego hacia Margaret.
—Podría retrasarse en el pago de mis diezmos y negarse a las reparaciones de la casa que se habían prometido. Y también podría insinuar a los miembros más influyentes de la parroquia que no soy hombre digno de confianza.
—¿Cómo puede hacer algo tan cruel? —exclamó Margaret—. ¡Y no hay nada de cierto en esas acusaciones!
Una tenue sonrisa apareció en el rostro de su padre.
—Aunque sé que no necesito defenderme ante ninguno de los dos, permitidme tranquilizaros asegurándoos que el señor Thurlow me nombró albacea de su testamento con el pleno consentimiento de sus herederos.
Mi venida a Londres para la legalización del testamento no tuvo nada que ver con ninguna sospecha de que yo estuviera entrometiéndome en su herencia para mi provecho.
Estaba obligado a venir porque poseía bienes en más de una diócesis.
En estos asuntos es necesario que el albacea comparezca en persona y presente el testamento.
—Yo le creo, padre —dijo Margaret con vehemencia.
—En verdad, no necesitaba vuestras razones para venir a Londres —lo aseguró Felix—. Solo quería informaros de algo que necesariamente nos afecta a todos.
Tras otro breve silencio, a Felix se le ocurrió que también debía limpiar su propio nombre.
—Espero no tener que decir que todas esas acusaciones contra mí son igualmente falsas.
Usted ya sabía del apoyo del barón en aquellos primeros años y de cómo me encaminó hacia un puesto administrativo en Brighton.
Tal como usted me pidió, seguí mostrando a lord Chawleigh todo respeto y haciendo cuanto estaba en mi mano por él, salvo ir contra mi propia conciencia.
El almirante no me ha dado dinero alguno, salvo el necesario para obtener un escaño.
Él y yo pensamos igual sobre la reforma, y por eso represento a Gatton. No es por lucro personal.
—Lo sabemos, Felix —los ojos de Margaret seguían relampagueando de indignación ante la idea de que tanto su padre como su hermano pudieran ser acusados de tales falsedades, y Felix sintió una oleada de afecto por ella.
—Tampoco necesitaba tu justificación para creerte —declaró el señor Harwood.
—Robert ha construido su acusación a partir de medias verdades.
En cuanto al fondo de suscripción para las viudas, el almirante Mowbray fue el primero en poner su nombre en la lista, hecho que supongo habrá sido fácil de tergiversar.
Parece que Cunningworth ha mezclado ambas cosas, omitiendo ciertos hechos y condenándome por las dos.
—Eso está muy, muy mal por su parte —dijo Margaret indignada—. Espero que se arrepienta de esta calumnia —se volvió hacia su padre—. ¿Qué podemos hacer ahora?
El señor Harwood no era hombre que se precipitara al hablar, y se tomó su tiempo antes de responder.
—No había pensado que alguna vez nos mudaríamos.
Me resisto a abandonar el lugar donde descansa tu madre y empezar de nuevo en otra parte, pero quizá haya llegado el momento.
Me encontré con un antiguo compañero de Oxford en Doctors’ Commons, y se ofreció a recomendarme para un beneficio muy conveniente en Kent.
—¡Oh! —los ojos de Margaret se agrandaron.
—Le dije que lo pensaría, pero no tenía intención seria de aceptarlo.
Estoy unido a mi parroquia y a Sussex, y nunca he deseado desarraigar a mi familia —soltó una risa leve—.
Pero quizá esto sea una señal de la Providencia.
Solo espero que Caro, Anne y Mary no se sientan demasiado perturbadas por el cambio.
—Creo que mis hermanas lo tomarán como una aventura —dijo Margaret con una firmeza que revelaba su creciente confianza—. En cuanto a mí, solo puedo pensar que mudarnos más cerca de Felix sería una feliz ventaja para todos.
Y le sonrió.
—Entonces lo pensaré un poco más y buscaré mañana al señor Blackwood —había calidez en la mirada del señor Harwood cuando la volvió hacia Felix—. ¿Y qué plan tienes tú?
Felix se sentía demasiado cansado para pensar.
—Esta noche cenaré con vosotros. Y mañana, creo que debo visitar al almirante y llevar las peticiones y las suscripciones adjuntas a la Cámara de los Comunes como prueba. Tendré que defender mi honor.
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