Un amor secreto (Las Hermanas del Conde 2) Capítulo veintidós
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Capítulo veintidós

El dolor de ver a Felix sufrir un ataque semejante era casi más de lo que Sophia podía soportar, pero no había tenido intención alguna de apartarse de su lado.

Sin embargo, cuando tanto Felix como Robert se volvieron hacia ella insistiendo en que cada uno debía ser quien la acompañara a casa, temió que aquello terminara en una pelea física.

La visión de Marie acercándose a la entrada de Hyde Park llegó en el momento preciso, y no necesitó reflexionar para ir a buscar refugio en la compañía de su amiga.

Aunque el señor Edwards iba con Marie, Sophia no pudo contenerse y vertió en sus oídos toda la historia, consciente de que el señor Edwards lo sabría todo.

Pero, a fin de cuentas, juzgó, ¿acaso no estaba él implicado a su manera, siendo el secretario del almirante?

No creía a Robert. Desde luego, una diminuta duda quería hacerse oír, insinuándole que quizá se hubiera equivocado al confiar en Felix, pero ella se negó a escucharla.

Una y otra vez él había demostrado ser digno de confianza y sincero.

En cuanto Marie estuvo al corriente de todos los hechos, se indignó en defensa de Felix.

También el señor Edwards mostró su preocupación y prometió hacer cuanto pudiera para limpiar su nombre.

Marie y el señor Edwards renunciaron a su paseo por placer para acompañarla a casa, y una vez allí se ofrecieron a entrar y hacerle compañía. Sophia negó con la cabeza.

—Estabais a punto de salir a pasear, y no quiero interrumpir vuestros planes. Gracias por acompañarme —como Marie pareció vacilar, añadió—. Creo que necesito pasar un tiempo sola.

Marie aceptó, prometiéndole que iría al día siguiente para ver cómo se encontraba. Mientras tanto, el señor Edwards le aseguró que hablaría con el almirante, pues nadie mejor que él sabría de qué manera aportar las pruebas necesarias para exonerar al señor Harwood.

Apenas puso Sophia un pie en el vestíbulo de entrada, oyó abrirse la puerta del guardarropa. Turton se acercó a ella con pasos rápidos.

—Lady Dorothea y el señor Shaw están en el salón con lord Poole, milady.

Sophia se quitó el sombrero lentamente, sin deseo alguno de enfrentarse a nadie, ni siquiera a su propia familia.

Quizá bastaría con saludarlos y explicar que estaba cansada y que deseaba descansar un poco en su habitación hasta la hora de la cena.

Antes de que pudiera dar un solo paso, la puerta se abrió y Dorothea asomó la cabeza.

—Sophia, eres tú. Ven, eres precisamente la persona que necesitamos.

Perpleja, la siguió hasta el salón, donde Evo estaba sentado atravesado frente a Miles, inclinado hacia él y explicándole algo con una gravedad insólita en él. En cuanto vio a Sophia, se puso en pie.

—Jamás imaginarás las diabluras en que ha andado Cunningworth.

Oír el nombre de Robert mientras todavía se tambaleaba por lo sucedido fue como presionar una herida. Sophia avanzó hacia la habitación con los ojos fijos en su hermano.

—¿Qué ocurre?

—Está reuniendo acusaciones contra el señor Harwood por celos. Quería casarse contigo, y al parecer tú lo has rechazado. He de decir que has hecho bien.

—¿Cómo… cómo sabes todo eso? —a Sophia le parecía estar avanzando a tientas entre una niebla de confusión.

Miles había esperado a que Sophia se sentara antes de volver a tomar asiento él mismo, y ahora dio un pequeño empujón a Evo.

—Quizá será mejor que empieces por las diabluras.

—Todo ha sido tan espantosamente aburrido aquí que no podía soportar seguir metido en casa, matando el tiempo, así que he estado cogiendo prestada la llave de Grosvenor Park, o colándome cuando otros entraban.

Encontré allí un árbol al que me subí cuando no había nadie a la vista.

No pensaba escuchar conversaciones ajenas, pero las ramas me ocultaban a la perfección y a nadie se le ocurrió mirar hacia arriba.

Así fue como supe que te gustaba el señor Harwood, porque te oí decírselo a Marie.

—¡Everard! —exclamó Sophia, horrorizada, mientras su mente retrocedía atropelladamente a aquella conversación y trataba de recordar con exactitud qué había dicho. Sabía que tenía el rostro encendido, porque sentía el fuego de la vergüenza en las mejillas.

—Le he dado una buena reprimenda —dijo Dorothea con firmeza antes de hacer una seña a su hermano—. Sigue.

—La gente que se sentaba en el banco bajo el árbol nunca imaginó que yo estaba allí —sacudió la cabeza—. Deberías oír algunas de las cosas que dicen esos papanatas cuando intentan cortejar a una dama. Es asombroso que no las ahuyenten desde el primer instante.

—No estábamos hablando de eso —dijo Dorothea, cortándolo con otra mirada de reprensión.

Luego se volvió hacia Sophia—. Por reprensibles que sean las acciones de Evo, en esta ocasión nos ha proporcionado una información muy valiosa.

No perdió el tiempo y envió una nota para que Miles y yo viniéramos. Cuéntaselo.

—Volví a subirme al árbol esta mañana y estaba tratando de ver si podía dejar caer ramitas y dar en el blanco sin que nadie levantara la vista para ver de dónde venían.

Cunningworth pasó por allí con ese tal Perkins.

Y había con ellos otro individuo cuyo nombre no sé.

Se detuvieron bajo el árbol para echar una humareda…

—Cuida tu manera de hablar —dijo Dorothea con suavidad.

—Fue una suerte que se detuvieran, así pude oír lo que decían —prosiguió él, ignorando la interrupción—.

Cunningworth empezó diciendo que jamás se había sentido tan sorprendido en su vida como cuando un tipo de White’s declaró que Harwood estaba aceptando dinero a cambio de favores.

El otro bajo el árbol -no Perkins- dijo que seguramente no era más que un chisme sin fundamento.

Pero Robert dijo que no podía ser. Que él tenía puesto el ojo en una casa de Russell Square y que Harwood, que no debía disponer de dinero para ello, se la había comprado delante de las narices.

—Quizá haya heredado algo de lo que nada sabemos —dijo Sophia.

Su defensa fue automática, pero su corazón se debatía entre el placer de que él se hallara en situación de comprar una casa y el temor de que Robert dijera la verdad.

—El otro individuo dijo lo mismo… Grantly, creo que asó lo llamó Perkins.

No parece considerar a Harwood un villano.

Pero Cunningworth no quiso oír hablar de eso.

Dijo que te había hechizado —Evo volvió los ojos hacia Sophia— para que no escucharas su pretensión.

Que hasta el padre de Harwood andaba metido en escándalos.

Dijo que iba a arruinar a toda la familia, pero a mí me agrada mucho más Harwood de lo que jamás podría agradarme Robert.

Miles intercambió una mirada con Dorothea, y ella giró en su asiento para mirar a Sophia.

—Es la primera vez que oímos hablar de tu confesión a Marie —comenzó con delicadeza—. Pero, después de enviarnos Evo una nota para que viniéramos, sí pareció pensar que existía algún entendimiento entre tú y el señor Harwood. No deseo entrometerme, pero ¿hay algo que quieras decirnos sobre ello?

Sophia se quedó inmóvil mientras lo pensaba cuidadosamente. ¿Debía decir delante de todos los presentes que amaba a Felix? No, no podía hacerlo, ni tampoco existía aún un entendimiento entre ellos. O, al menos, aunque estuvieran a punto de tenerlo, él no había podido terminar lo que iba a decirle.

—Tengo en gran estima al señor Harwood. No creo que sea capaz de ninguna de las cosas de que se le ha acusado. Si hay algún modo de limpiar su nombre, contad con todo mi apoyo.

Miles asintió con una expresión que dejaba ver que se daba por satisfecho.

—Hablaré con Rock. Tiene más influencia de la que yo tendré jamás, sobre todo en la Cámara de los Lores, donde lord Chawleigh ocupa un escaño. Quizá pueda averiguar algo más sobre el asunto, pero, desde luego, sí puede empezar a sembrar semillas de verdad hasta que echen raíces.

—Gracias —Sophia entrelazó las manos y luego miró a Evo, que estaba examinándose las puntas de las botas—.

Y gracias a ti también —añadió, haciendo que él alzara los ojos hacia ella con sorpresa—.

A pesar de tu comportamiento reprensible, que de verdad espero que superes con los años…

me alegra que quieras defender al señor Harwood. Lo considero un hombre honorable.

—Al menos no se pone a echarle discursos a uno —repuso el conde.

***

Después de su enfrentamiento con Robert, Felix abandonó la idea de visitar la casa que acababa de comprar y se retiró a sus aposentos alquilados.

En vez de celebrar la esperada victoria de haber conquistado el corazón de Sophia, se hallaba en sus habitaciones lamiéndose las heridas.

No se sentía en absoluto tranquilo ante la amenaza de Robert de haber enviado sus supuestas pruebas a las hojas de chismes.

Felix iba a sufrir las consecuencias en la sociedad a causa de aquellos rumores, aun siendo falsos.

Su único consuelo era saber que su conducta estaba por encima de todo reproche.

Sin embargo, saber que estaba libre de culpa no aliviaba la decepción de haber tenido que ver marcharse a Sophia sin haber podido convencerla antes de su inocencia.

El episodio la había afectado, y por eso él no quiso imponerle su presencia.

Tampoco podía ir a verla ahora, por mucho que lo anhelara; primero tenía que limpiar su nombre.

Aquella noche no estaba en condiciones de hacerlo.

Necesitaba evaluar el alcance de lo publicado en las hojas de chismes y la naturaleza exacta de lo que tenía delante.

A la mañana siguiente bajó al comedor público, donde cogió un ejemplar del Morning Post y se sentó a enfrentarse a lo peor. ¿Lo imaginaba, o la gente lo estaba mirando? Pasó a la última página y recorrió los párrafos con la vista hasta dar con el que no quería ver.

Un cierto joven miembro del Parlamento ha adquirido recientemente su asiento gracias a la influencia de cierto almirante partidario de la reforma.

Aclamado como una estrella ascendente dentro del Ministerio de Todos los Talentos, pronuncia emotivos discursos sobre la necesidad de nombramientos basados en el mérito y sobre el apoyo a las viudas de los marineros que han participado en la reciente acción heroica en España.

Sin embargo, uno no puede convencerse de que todos sus esfuerzos sean desinteresados, pues sus recientes muestras de opulencia desmienten tal ingenuidad.

Esperemos que el dinero recaudado llegue a su debido destino…

La sangre abandonó el rostro de Felix cuando dejó el periódico sobre la mesa.

Era peor de lo que había imaginado. Apenas la semana anterior había hablado de las peticiones de las viudas en una comisión, prometiendo presentarlas ante la Cámara aquella misma semana.

Ahora nadie le creería. El ruido a su alrededor se convirtió en un murmullo incomprensible, aunque reconoció las risas y los cuchicheos que se dirigían hacia él.

Tenía que salir de allí. Lo único que se le ocurrió fue ir a ver a su padre, aunque les había dicho a él y a Megs que iría a cenar. Felix se puso en pie justo cuando se acercaba un criado con una carta.

—Acaba de llegar para usted, señor.

—Gracias.

Felix bajó la vista y vio que el sello pertenecía a lord Chawleigh, así que se resignó a lo inevitable. Rompió el sello y desplegó los papeles.

Harwood:

No te sorprenderá recibir noticias mías.

Robert me ha contado todo aquello en lo que estás envuelto, y él mismo lo oyó en White’s.

Comprendo ahora mejor por qué no quisiste ayudarlo.

Estabas demasiado ocupado ayudándote a ti mismo.

Debo decir que me siento profundamente decepcionado de que, después de todo lo que he invertido en tu familia, se nos pague de este modo.

No puedo expulsar a tu padre de su beneficio, pero ya no me es indiferente que lo conserve.

Haré cuanto esté en mi mano para disuadirlo de permanecer en él.

Y si es tan terco como para desoír mis deseos, haré su estancia allí tan incómoda que pasará sus años en la miseria.

Puedes tenerlo por seguro, porque quienes intentan tomarme por un necio no lo lograrán.

Chawleigh

La carta no sorprendió a Felix, pero sí consiguió hacerlo sentir peor.

No le quedaba otra que ir a Searle Street y esperar que su padre y su hermana se hallaran en casa.

Lamentaba no poder ser buena compañía para Megs, pero no había nada que pudiera hacer al respecto.

Por una vez, era él quien necesitaba de su presencia y de los profundos vínculos familiares, como un bálsamo contra la herida que acababa de recibir.