Un amor secreto (Las Hermanas del Conde 2) Capítulo veintiuno #3
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Capítulo veintiuno #3

—No has dicho más que lo que todo el mundo sabe.

Cualquiera que quiera enterarse de que tu padre posee la presentación del beneficio de mi padre, o de que el barón pagó mi educación, puede obtener esa información preguntándote a ti o a mí.

Nunca lo he ocultado, como tampoco he disimulado el hecho de que mi primer puesto administrativo se lo debí a él.

—Asombroso que lo reconozcas, cuando ahora predicas nombramientos basados en el mérito en vez de en favores dentro del Almirantazgo. Te niegas a ayudar a mi padre en el único favor que te pidió a cambio.

Eso le dolió, porque en ello había algo de verdad, pero Felix había madurado en sus convicciones sobre aquel punto y no iba a retroceder.

—Tienes razón en que tu padre me puso en relación con el funcionario de aduanas que me dio mi primer puesto, pero debes admitir que yo tenía las aptitudes necesarias para ese cargo.

Movió influencias para que yo llegara a llamar la atención del funcionario de aduanas, sí, pero era perfectamente competente para desempeñar ese papel.

Y, además, la evolución posterior de mi carrera se ha debido enteramente a mi propio desempeño y no a ningún otro favor.

—Olvidas el patronazgo del almirante al comprarte tu escaño en el Parlamento.

Felix apretó los puños. Aquella era otra media verdad con la que no se sentía del todo cómodo.

La única razón por la que había aceptado el escaño era el bien que podía hacer en el Parlamento.

Y no había hecho nada ilegal; poco importaba que la villa de Gatton fuera tan pequeña que el almirante pudiera persuadir con facilidad a sus electores para que eligieran a Felix.

Dado lo común de la práctica, ni siquiera su padre había expresado reparos al respecto.

Miró de Robert a Perkins, consciente en todo momento de que Sophia estaba allí, a su lado.

Se estremeció al pensar qué impresión estaría formándose ella de él.

—Eso es lo que andan diciendo todos en White’s: que el almirante simplemente ha comprado a alguien que hable por él. No quiso entrar él mismo en el Parlamento, así que encontró a quien pudiera comprar para que repitiese las mismas necedades que él sostiene.

—No soy la voz de nadie —dijo Felix con firmeza—. Las palabras que pronuncio en la Cámara de los Comunes nacen de mis propias convicciones. Ocupo mi asiento en el Parlamento con el propósito de servir a la Corona y al país, y todo cuanto hago o digo -cada voto que emito- tiene ese fin.

La disputa se prolongó dolorosamente, pero se vio obligado a permanecer allí, pues marcharse solo lo haría parecer culpable. Sophia había permanecido en silencio durante todo el intercambio. Cuánto deseaba poder llevársela de allí y explicarle que no había hecho nada ilegal.

—Entonces, si no te han comprado, ¿cómo explicas tu repentina afluencia de dinero? —exigió Robert, mirando de reojo a Perkins, que asintió—. Te me adelantaste comprando esa casa de Russell Square que yo quería… ¿y con qué fondos?

Todo venía a dar en la casa. Una pesadumbre se asentó en el pecho de Felix, y se preguntó si Robert la habría querido por la misma razón que él: para llevar allí a una esposa.

Desde luego, él no había pretendido arrebatarle la casa directamente a Robert, ni siquiera había sabido que un caballero que respondía a su descripción estuviera interesado en ella hasta después de haber firmado.

Sencillamente, él había sido el primero en presentar una oferta formal.

—No disponías del dinero necesario para comprar esa casa —prosiguió Robert—, pero yo sé de dónde sale el dinero. El almirante te puso al frente de un fondo de suscripciones ligado a alguna pensión para viudas, y tú te quedas con una parte de cada una.

—¡Eso es una calumnia!

—¿Lo es? El nombre del almirante Mowbray aparece el primero en la lista de suscriptores.

Vas recogiendo suscripciones de patronos desprevenidos con el cuento de las viudas, pero todo es para tu propio provecho.

Y lo que es peor —continuó despiadadamente—, tu padre, que aparenta ser el vivo retrato de la piedad, anda ahora enredado en un pleito testamentario en el Tribunal de Canterbury.

¡Los Harwood sois los mayores hipócritas que he conocido!

—Ya he oído bastante de todos estos disparates —dijo Felix entre dientes, y su ira no hacía sino aumentar ante la vista de Sophia, que se había encogido sobre sí misma.

La diatriba de Robert había alcanzado a la víctima equivocada, y las primeras muestras de valor que ella había dado al enfrentársele parecían haberla abandonado—.

Apártate y permíteme acompañar a lady Sophia de regreso a su casa.

—Como amigo más antiguo de Sophia, seré yo quien tenga ese honor —replicó Robert.

Sophia dio un paso atrás y alzó las manos, que, para desaliento de Felix, estaban temblando.

—Os ruego que ambos me dispenséis. Veo a Marie paseando con el señor Edwards, y le pediré a ella que me acompañe.

No les dio ocasión de responder, sino que se apresuró hacia la entrada de Hyde Park, donde la señorita Mowbray la vio acercarse y se detuvo.

La preocupación llenó su semblante, y rodeó a Sophia con un brazo mientras hablaban.

Felix no había sido capaz de protegerla, y aquello fue el golpe más duro. Se volvió de nuevo hacia Robert.

—Puede que tu padre haya pagado mi educación, pero eso no te da derecho a calumniar mi nombre solo porque la mujer a la que amo no corresponde a tu inclinación. Solo puedo esperar que llegues a pensar mejor sobre lo que has hecho hoy.

Y se alejó, resistiendo con todas sus fuerzas la tentación de darle un puñetazo en la nariz.

—Pocas probabilidades hay de eso —lo oyó murmurar a sus espaldas, seguido de la carcajada de Perkins.